Camposanto o campomundano
«¿Qué dirían nuestros antepasados sobre esta mansedumbre para acatar como ordinaria la miseria moral?»
Esta misma semana, pocos días antes del Día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos, el Ayuntamiento aprobaba la prórroga para continuar con las exhumaciones de la ley de memoria histórica en las fosas comunes de los cementerios de San Rafael y Nuestra Señora de la Salud. La fecha de este anuncio no es casual, y sitúa ya sobre tan señaladas celebraciones católicas la advertencia velada sobre la profanación del cementerio. Sepa usted que si va a llevar flores a sus seres queridos y a rezar por ellos se encontrará, como siempre desde hace ya lustros, incluso décadas, con la zona convertida no en un lugar sagrado de recogimiento, oración y descanso, sino más bien en una zona de guerra donde investigadores, albañiles y funcionarios parecen más empeñados en mantener al descubierto todo tipo de trincheras, zanjas, agujeros y hoyos que en concluir unos supuestos estudios que parecen no tener fin.
Según el diccionario de la Real Academia, se entiende prórroga como «continuación de algo por un tiempo determinado». A la última palabra de la oración parece que le han insertado un «in» previo, pues jamás se habían conocido prórrogas incesantes o perpetuas, un nuevo concepto del espacio-tiempo gracias al cual lo transitorio se torna indefinido y sempiterno lo breve. Y así, el plazo se convierte en plaza fija con el único objeto de prolongar el sacrilegio. Ni el mismísimo Mr. Fantástico logró nunca estirarse tanto. Pero hay algo capaz de alargarse hasta el infinito y más allá: las decisiones de una comisión mixta de seguimiento. Allá donde hay una, se disuelven o derriten los relojes como en el reverso tenebroso de un cuadro de Dalí.
En toda España se han normalizado estas profanaciones, que no cuentan con oposición alguna, ni siquiera dentro de la Iglesia que debería velar por estos asuntos. Gobiernos de izquierdas y derecha liberal apoyan indistintamente, como vemos en el caso de Córdoba, una tendencia a vulnerar el ámbito espiritual del camposanto, al que se quiere disfrazar, como si de la noche de Halloween se tratase, de campomundano. Para ello hay que enmascarar previamente al ultraje de burocracia, legislación o derecho. El agravio permanente a todos los muertos y sus familias se maquilla con la inocente firma en un papel de un técnico que nada sabe y las palabras grandilocuentes de un político escritas por un asesor mal pagado.
En un país capaz de triturar bebés en el vientre de sus madres por cientos de miles, no es de extrañar que la parte final de la vida y su trascendencia se ensucien igualmente con porquería procedente de la misma fuente. Sí resulta triste que apenas se oigan o lean voces que planten cara a la infamia. En un extremo los embriones tirados al contenedor, en el otro la profanación de todos los cementerios posibles: el ciclo de la vida, y hacia la vida eterna, se entierra bajo toneladas de basura de una punta a otra. ¿Qué dirían nuestros antepasados sobre esta mansedumbre para acatar como ordinaria la miseria moral?
Mientras el camposanto mira hacia el cielo, el campomundano lo hace hacia el suelo. El próximo fin de semana habrá que rezar por nuestros difuntos, pero quizá también pedirles a aquellos que nos precedieron que nos insuflen valor para alzar de nuevo esa mirada.