En este domingo, 28 de diciembre, el calendario litúrgico celebra el día de la Sagrada Familia, una festividad que subraya el valor teológico de la familia como ámbito en el que Dios entra en la historia. Prevalece esta conmemoración sobre la de los Santos Inocentes, una fiesta-memoria de carácter martirial que, sin embargo, adquiere un significado especial en esta época, cuando uno de los ataques más persistentes contra la institución familiar incide precisamente en lo esencial: su razón de ser. Sin hijos, la familia queda hueca, sin proyección ni futuro, del mismo modo que la propia sociedad, dado que la familia constituye su núcleo primigenio.
Como viene ocurriendo desde hace algunos años en esta fecha, las asociaciones provida organizan actos en recuerdo de los niños que no nacen, los inocentes que eufemísticamente se ‘interrumpen’ en una pausa trágica y definitiva que concluye con la muerte en el seno materno.
El aborto, como atentado a la vida humana que es, no solo se ha expulsado del debate público, sino que además ha sido promovido, blindado legalmente —hasta el extremo de pretender su reconocimiento como derecho constitucional— y convertido en bandera de una libertad prostituida, que sitúa el cuerpo de la mujer como fin último y alimenta un negocio —siempre el dinero está de por medio— que da cobertura a toda una industria oscura, amparada en valores disfrazados de progreso.
Ayer, este periódico dedicaba varias piezas a quienes luchan por defender no solo la vida de los niños que no nacen, sino también la dignidad de las mujeres a las que se les arrebatan deliberadamente las alternativas —¿eso es libertad?—, mujeres en muchos casos condicionadas por su entorno social, procedentes de otros países o de barrios deprimidos, y que encuentran más facilidades para quitarse el problema de en medio —valga la expresión— que para recibir el apoyo necesario para el proyecto de vida y de familia que siempre implica un nacimiento.
Resulta llamativo, además, que exista tanta preocupación por la llamada ‘España vaciada’, demográficamente deprimida, mientras se sigue blindando y fomentando la ‘interrupción’ del embarazo. Una contradicción que retrata la hipocresía casi estructural de una clase política que utiliza los asuntos verdaderamente importantes como temporales cantos de sirena con los que rellenar un discurso puramente electoralista. La última estadística demográfica disponible muestra que España acumula un saldo vegetativo negativo de casi 100.000 personas, con más muertes que nacimientos desde 2019, una tendencia que se ha agravado tras la pandemia y que duplica la diferencia de entonces.
Desde la Plataforma Córdoba por el Derecho a la Vida se hablaba esta semana, sin ambages, del aborto como un fracaso social, apoyándose en las alarmantes cifras ofrecidas por el Ministerio de Sanidad —oxímoron, en este caso—, que tristemente continúan aumentando cada año, también en nuestra provincia.
Es cierto que Red Madre abría un rayo de esperanza al recordar la existencia de una numerosa red de personas dispuestas a ayudar y la acción de la providencia, que siempre provee. Pero se trata de una lucha titánica y profundamente desigual. Uno de los signos más trágicos de nuestro tiempo es que defender la vida humana y su dignidad desde el comienzo hasta el final se haya convertido, para una mayoría manipulada, en un retroceso y en un atentado contra la libertad, sancta sanctorum laico y aconfesional de hombres y mujeres que, desde un egoísmo nihilista, apuestan por un mundo sin futuro, porque en él no habrá más vida que la de un fracaso en el que espuriamente se ha insistido.