Confluencia entre las calles San Fernando, Cardenal González y Cruz del Rastro, en una imagen de archivo

Confluencia entre las calles San Fernando, Cardenal González y Cruz del Rastro, en una imagen de archivoLuis A. Navarro

Contra crónica

Una bulla, una señora y una silla

No son pocas las personas (no todas) que muestran sus carencias cívicas cuando llega una bulla

La realidad, al menos, es doble: hay unos hechos y una interpretación de los mismos. Con ese concepto -difuso para muchos- arrancó el Martes Santo. De nuevo con un día primaveral y preveraniego; de nuevo con visitas protocolarias a las hermandades de políticos y cargos cofrades que actúan como los primeros.

Entre foto y foto delante de los pasos (y recorrido de templo a templo en furgoneta con los cristales tintados), la jornada discurrió llena de luz, de pasos y de gente en la calle para verlos. La explosión de la primavera ha dado paso a la cofrade, aunque la realidad es doble y a ese hecho positivo hay que acompañarlo, de otro, menos edificante.

Y es que no son pocas las personas (no todas) que muestran sus carencias cívicas cuando llega una bulla. Y, aunque ante el caminar de las imágenes hay bastante más respeto, no es menos cierto que dentro de la bulla en sí hay un submundo.

Así, en la calle Cardenal González, por ejemplo, se forma una carrera oficial alternativa y, en esa tribuna de los pobres, se ve de todo. Una señora llega con varias niñas a la bulla y pide paso para que las chiquillas puedan ver la procesión. Pese a la aglomeración y al tiempo de espera, la gente les hace hueco, hasta que la señora (que además de las niñas trae detrás a los padres) llega a la primera fila. Las niñas se quedan atrás y llega un momento en que se van de allí con los padres, pero la señora se queda en primera fila y con una silla plegable que nadie advirtió, sentadita viendo procesiones y, seguramente, riéndose de quienes la dejaron pasar con la excusa de las niñas.

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