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Leopoldo Abadía, a la izquierda, en una de sus visitas a El Debate.

Leopoldo Abadía, en una de sus visitas a El Debate.Paula Argüelles

Leopoldo Abadía (91 años): «He llegado a la conclusión de que ser padre ahora es más difícil que antes»

El escritor y economista habla con El Debate sobre Todo lo que te hace feliz (Espasa), un catálogo de píldoras cargadas de optimismo, sensatez y reflexión, sobre cuestiones como la familia, la economía, la amistad o el paso del tiempo

A tres meses de cumplir 92 años, Leopoldo Abadía dice que ha reducido su productividad «porque, chico, para sacar el trabajo que antes hacía en dos horas, ahora necesito tres o cuatro». Y lo dice mientras charla de la reciente publicación de su libro número catorce (Todo lo que me hace feliz, Espasa), de que está a punto de lanzar un videopodcast para hablar de Dios «con mis amigos de la farándula, que me hace muchísima ilusión», y de cómo no falta, ni a su cita con el artículo semanal que publica en La Vanguardia, ni a sus desayunos habituales con sus amigos, o con sus nietos, o hasta con los amigos de sus nietos.

Si cabía alguna duda de que mantiene intactas la lucidez mental y la cercanía humana que le hicieron famoso allá por 2008, cuando publicó su best-seller La crisis ninja, bastan dos pinceladas: antes de responder a El Debate, pregunta al periodista por un miembro concreto de su familia, y cuenta con detalle dos anécdotas sucedidas desde la última charla en común. Dos píldoras de esa «esencia Abadía» de la que rebosa su último libro.

— Ha titulado la obra Todo lo que te hace feliz. Y a usted, ¿qué es todo lo que le hace feliz?

— Ahora te digo: «Cómprate el libro y así lo sabes. Y acabamos la entrevista» (ríe). En realidad, lo que me hace feliz está en la dedicatoria, que para mí es lo fundamental. Porque se le dedico a mi mujer, con la que llevo 67 años muy felizmente casado; a mis 12 hijos; y a mis yernos y nueras, porque con ellos acertamos (bueno, acertaron mis hijos, pero la cosa es que se puede acertar o no, y nosotros acertamos). También a mis nietos, y a los cónyuges de mis nietos, y a mis biznietos, que suman 49. Porque en total, somos 92 de familia. También están mis amigos y mis editores. Y eso es lo que me hace feliz. Porque cuando uno acierta en lo fundamental de la vida, la felicidad es la consecuencia natural.

Lo que pasa es que eso de «lo fundamental» no es fácil saber qué es, porque unos dicen que es el éxito profesional, otros, la fama en las redes, o la libertad financiera…

— Yo siempre digo que lo fundamental de una persona es que sea maja. O sea, que sea noble, sincera, leal, honrada, que trabaje, que ayude a los demás, que siga remando a pesar de que todo vaya en contra. Y si me dices, «pues yo tengo un máster, y tengo dinero, y un buen trabajo», pero luego eres desleal o traidor... chico, has tirado el dinero en ese máster que no te ha servido para nada, y serás un desgraciado toda tu vida, aunque te forres, y harás desgraciados a los demás. Porque una persona traidora, egoísta, desleal o mentirosa, lo mismo te rompe un país, que una empresa, una peña de amigos o una familia.

Una persona traidora, egoísta, desleal o mentirosa, lo mismo te rompe un país, que una empresa o una familia

Dice en el libro que «la familia debe ser una fábrica de criterio». Mire que se fabrican cosas hoy, pero, ¿cómo se fabrica el criterio en una familia?

— Yo soy un maniático de dos cosas: del optimismo y del criterio. El criterio lo explico con lo que le pasó a Julio Iglesias un día que le preguntaron qué quería dejar a sus hijos. Y él contestó: «Yo, con que sepan distinguir el bien del mal, tengo bastante». No sé si lo consiguió, pero eso es el criterio en una familia: ayudar a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Sobre todo ahora, que la cosa está bastante revuelta. Porque yo hablo con mis hijos, con mis yernos, con mis nueras, y mis nietos. Y, por lo que me dicen, he llegado a la conclusión de que ser padre ahora es más difícil que antes.

— ¿Por qué?

— Porque hay más lío. Y porque mucha gente ya no sabe distinguir el bien del mal. Han aceptado el relativismo: todo depende de lo que sientas. Luego hay cosas, como las redes sociales o la inteligencia artificial, que en mi época no existían, y que dan más trabajo a los padres. Pero lo más grave es que está triunfando la idea de que las cosas no son buenas o malas, sino que depende de lo que sientas. Por eso hace tanta falta la formación.

Mucha gente ya no sabe distinguir el bien del mal. Han aceptado el relativismo: todo depende de lo que sientas

¿En qué sentido?

— En que necesitamos detectar qué cosas en la vida son importantes, para hacernos un criterio bien fundado de ellas. Yo recomiendo coger una cuartilla y hacer tres columnas. En un extremo, apuntamos las cosas importantes que sabemos que están bien, en el otro, las que sabemos que están mal. Y en el medio, esas en las que no lo tenemos claro o no tenemos ni idea. Por ejemplo, cosas de bioética, o de inteligencia artificial. Y de esa columna, elegimos un tema para formarnos y pasarla a las otras columnas.

Ahora que habla de la IA, ¿ha usado chat GPT?

— No, aunque me parece divertido. Pero el otro día me pasó una cosa curiosa. Me invitaron a un sitio y me hicieron preguntas varias personas: un chavalín, un catedrático… Y al acabar, me pidieron que les dijese algo que nunca hubiese dicho antes. Y se me ocurrió decirles que no hay cosa peor que un tío sin sentido común y con inteligencia artificial. Eso es lo peor del mundo. Y añadí que eso es lo que antes se llamaba un tonto motivado. Pero parece ser que eso ya no se puede decir, porque no es políticamente correcto.

Un tío sin sentido común y con Inteligencia Artificial es lo que antes se llamaba un tonto motivado

Dice en su libro que «en casa debes estar con la ventanilla constantemente abierta, sabiendo que los ritmos de los demás no son los tuyos». ¿Qué es eso de la ventanilla?

— Es lo que un amigo mío decía de otra forma: que en el mundo y en la familia hacen falta menos charlatanes y más «escuchatanes». En una familia tienes que estar siempre dispuesto a escuchar a la gente, aunque te distraigan de lo que estás haciendo o tardes más en hacerlo. Yo sigo trabajando en casa, en un pequeño despachito, y raro es el día que no aparece algún hijo o algún nieto para contarme algo. No es que vengan a contármelo, pero pasan a saludar, y si les echo, pues no me cuentan nada. Pero si les pregunto qué tal van las cosas, pues te acaban contando.

Después de 67 años casado, ¿cómo cuida su matrimonio?

— El matrimonio es el pilar de mi familia. Yo llevo 67 años casado. Mis suegros llegaron a los 72. Malo será que no les cojamos. Pero claro, estar casado con una señora de 90 años, y ella con un señor de 90, es totalmente distinto que estar casado con un chaval o una chavala de 25. Ahora somos más de televisión que de cine, más de salón que de viajes. Como mi mujer sale muy poco, pues yo también salgo poco. Y además, hay que preparar un poco mejor las cosas.

Si vives todo el día recordando, te vuelves viejo de repente

¿A qué se refiere?

— Pues a que yo antes, cuando cenaba con mi familia, no preparaba los temas de los que hablar, porque siempre había muchos. Ahora, si te quedas solo con tu mujer, hay que preparar los temas, y si hace falta, te los apuntas: ¿Qué te ha parecido tal cosa? ¿Qué piensas de eso otro? A mi mujer ahora le ha dado, y a mí me hace muchísima ilusión, por ayudarme con los artículos. Ya llevo tres que me ha preparado ella, que de repente se pone a escribir y me hace dos o tres páginas. Y el otro día, uno lo utilicé para un artículo que publiqué, y se quedó muy contenta. A esta edad, además, tienes que respetar más al otro, que tiene sus cosas como tú tienes las tuyas. Y recordar poco, porque si vives todo el día recordando, te vuelves viejo de repente. Hay que buscar algo que le dé gracia la vida, porque echar gracia a la vida a los 91 años tiene más mérito que a los 24.

— ¿Qué quiere decir para terminar esta entrevista?

— Primero, que el optimismo es obligatorio. Eso no significa decir que en España no pase nada, porque lo que pasa aquí es muy feo y muy grave. Y lo que nos rodea es todavía más feo y más grave. Pero el optimismo consiste en luchar con uñas y dientes ante una situación concreta. En el país, en el mundo o en tu casa. Hace 20 años, hubo una situación concreta, y dentro de 20 años, habrá otra. Siempre habrá situaciones concretas ante las que luchar con optimismo. Lo segundo, no quejarse como norma. Un viejo no puede ser un diagnóstico andante: que si la cadera, que si las pastillas, que si los dolores. Eso no puede ser. Yo ahora, cuando me preguntan qué tal estoy, contesto: «Preocupantemente bien». Y por último, usando una palabra castellana que en Aragón se usa mucho, que es «reblar», o sea, rendirse, que cuando vas cumpliendo años, está prohibido reblar. ¿Qué la cosa está muy mal? Pues sí, pero no hay que reblar. Hay que seguir haciendo cosas: desayunar con mis nietos, escribir, leer, cada uno lo que le guste. Y así la vida, se acorta muy bien.

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