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Una niña llega al colegio el primer día, en Madrid

Una niña llega al colegio el primer día, en MadridEP

Por qué lloran los niños al volver al cole y cómo ayudarles sin montar un espectáculo

Los expertos recuerdan que el llanto de los primeros días, incluso en niños que ya llevan varios años en el colegio, es una respuesta normal, que da pistas del tipo de apego que tienen nuestros hijos

Como cada año, también la vuelta al cole de este nuevo curso ha estado regada por el llanto de los pequeños que no quieren regresar a la escuela.

¿Quién no ha visto –o protagonizado en su niñez– una llantina más o menos ruidosa a las puertas del colegio, en ese primer día de clase que llega como un mazazo de realidad después de unas vacaciones de casi tres meses? ¿Y quién no ha visto –o protagonizado, ya de adulto– a padres azorados por no saber cómo consolar al niño, que se queda en brazos de una profesora no menos agobiada por el «efecto contagio» que ese espectáculo lacrimógeno pueda provocar en los niños que están tranquilos?

En realidad, y como recuerdan los expertos, en la mayor parte de los casos, ese llanto infantil más o menos contenido es, en realidad, una señal de apego sano, no de debilidad, y tiende a desaparecer en pocos días.

¿Por qué lloran? Pura supervivencia

La terminología específica para este tipo de conductas es la de «ansiedad por separación». Y, aunque puede variar mucho de unos niños a otros, tiende a expresarse en forma de llanto o tristeza antes de entrar en el aula, o irritabilidad y gritos una vez que salen del colegio y regresan a casa. En el peor de los casos, puede ser el pack completo: llanto a la entrada y peleas a la salida.

El origen, como apunta un estudio publicado por el Centro de Desarrollo Infantil de Harvard, está en el miedo innato del niño a separarse de sus padres y las reacciones emocionales que esto desencadena. Un miedo cerval del que depende su supervivencia habitual, y de ahí que estas reacciones disminuyan cuando el niño confirma –día tras día– que sus padres vuelven a por él a la salida.

De hecho, el Centro de Desarrollo Infantil de Harvard explica que las interacciones serve and return, ese toma y daca entre adulto y niño, «desempeñan un papel clave en la arquitectura cerebral».

Guiar el llanto sin alimentar el miedo

Como los consejos varían mucho de un experto a otro, nos quedamos con la psicóloga Rachel Busman, especialista del reputado Child Mind Institute (una referencia internacional en el ámbito de la neuroeducación), que en la web oficial de la entidad recuerda cómo, aunque los primeros días sean más duros, hay que evitar dramas porque «la mayoría de los niños son bastante resilientes» y conviene «no reforzar» el sentimiento de desagrado, sin evitarlo por completo.

Así, si por ejemplo el niño ha entrado en clase montando una zapatiesta, pero luego participa, el mensaje en casa debe ser «¡Buen trabajo hoy!», sin reabrir la angustia con interrogatorios dignos del FBI.

Consejos para familias (que funcionan)

Busman da, además, una serie de consejos prácticos para que los padres puedan ayudar a sus hijos en ese tránsito de ir rompiendo el cordón umbilical afectivo que se refuerza en vacaciones:

Despedidas breves y ritualizadas. Crear rituales de despedida rápidos, pero cariñosos y constantes, es mejor que esas pautas recomendadas por algunos psicólogos y maestros, de desaparecer rápido de la vista; algo que sólo genera mayor ansiedad. Por ejemplo, un beso, una frase-puente («vuelvo después de la merienda»), un saludo especial... y salida decidida.

Visitas previas y «mano amiga». El Child Mind Institute (CMI) sugiere pasear por el centro un ratito antes del momento de entrar, y sugerir un «hand-off» con algún docente o monitor, para enganchar al niño en una tarea al llegar. Por ejemplo, «saluda a los compañeros cuando vayan llegando» o «coloca la mochila», etc.

Lenguaje de equipo. Usar palabras como «juntos» o «nosotros», o decirles «yo también te voy a echar de menos, así que vendré corriendo a por ti después de comer» puede ayudarles a sentirse acompañados emocionalmente.

Rutinas de sueño y mañana visuales. Anticipar horarios, cuidar el sueño y usar un organigrama horario (por ejemplo, fijándolo en la nevera), o bien pictogramas si son muy pequeños (con signos para levantarse, vestirse, desayunar, lavarse los dientes, coger la mochila...) reduce fricciones por la mañana y evita el agotamiento, que es el peor enemigo de la vuelta al cole.

Coherencia y firmeza entre los padres. Es importante no jugar al poli bueno-poli duro, sino transmitir un mensaje único, con tanta firmeza como cariño: «Ahora vas a clase y mamá/papá vuelve luego a por ti». El amor firme –sin gritos, llantos de los adultos ni chantajes emocionales– educa mejor que ceder al drama.

Cuándo puede esconder algo más

No obstante, si la angustia se prolonga durante toda la jornada y dura semanas, se da de forma prolongada en edades más avanzadas, o incluye somatizaciones (dolor de tripa, cefaleas, picores...) puede tratarse de lo que el CMI denomina «school refusal», es decir, «rechazo al colegio».

Algo que, sin caer en la patologización de la infancia, sí que puede esconder otro tipo de problemas más serios (un apego demasiado ansioso por problemas en el hogar, conflictos en el aula o en el patio, o incluso bullying) que pueden hacer necesaria la evaluación del orientador escolar o de un psicólogo pediátrico.

En todo caso, si los padres no saben cómo gestionar la situación, lo mejor es pedir ayuda al equipo docente para evitar que ese llanto consolide el miedo.

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