Así está el Estado aniquilando la familia
El Estado está consiguiendo que la familia, como refugio de libertad, amor, generosidad y servicio, se enfrente al refugio estatal como lugar donde no nos falta de nada, y sin esfuerzo ni trabajo, dan de comer y facilitan lo mínimo para vivir
La familia es el último refugio de libertad para la persona. Es el hábitat natural donde la persona es concebida, donde nace, crece, se desarrolla, es acompañada en las diferentes etapas de la vida y finalmente es acogida en su último momento.
La familia es la cuna donde se nace y la cama donde se muere. Desde la concepción hasta la muerte natural.
Hace pocos años, una ministra socialista del Gobierno de España, de cuyo nombre no quiero acordarme, dijo que los hijos no son de los padres. No es verdad, pero están consiguiendo que se crea que es verdad, construyendo una realidad ficticia que se acomoda al relato que ellos (el Estado) quieren que se crea que es la verdad, la realidad.
A través de diferentes organismos estatales, como los servicios sociales, el Estado muchas veces consigue desgajar a los hijos de sus padres, sacar a los hijos de su hábitat natural para ponerlos bajo la «protección estatal».
Desvinculan así a los hijos de la familia, dejándolos vulnerables y solos. Y no hablo de casos extremos, lógicos e inasumibles.
La justificación, casi siempre de asistentes o trabajadores sociales, es que la familia no protege, no acompaña, no educa, no forma, no ayuda, no está… porque, claro, la familia heteropatriarcal oprime, impone y discrimina.
Así se deconstruye a la familia y se convierte en diferentes circunstancias, que se denominan «tipos de familia».
Para que estos tipos de familia sean reales, deconstruyen la sociedad, cambian los valores que la conformaban y la sustentan y la alimentan con «nuevos derechos», «nuevos valores», «nuevos principios».
Para ello promueven las rupturas familiares, la desprotección jurídica/social/cultural del matrimonio, la separación en las relaciones sexuales de la procreación frente al deseo/impulso sexual, la opción de no tener hijos, el derecho de matar al hijo concebido no nacido, o el derecho también de acabar con la vida del que sufre.
Se acaba con la persona, ofreciendo la «muerte digna». Pero no se acaba con el sufrimiento, dolor, angustia, soledad. El Estado suprime a la persona, pero no la acompaña, ni ayuda, ni sostiene.
El Estado está consiguiendo que la familia, como refugio de libertad, amor, generosidad y servicio, se enfrente al refugio estatal cómo lugar donde no nos falta de nada, y sin esfuerzo ni trabajo, dan de comer y facilitan lo mínimo para vivir. Pero reducen la libertad, manteniendo la dependencia estatal, para mantener la pobreza y la soledad, desvinculando de la red que sostiene: la familia.
Lo hemos visto esta semana. Una joven sacada de las «garras» de su familia, de sus «padres opresores», para llevarla bajo la «protección estatal». Allí encontró violencia sexual frente al afecto familiar, opresión frente a la libertad, orfandad frente al cobijo y protección de sus padres y familiares, soledad frente al acompañamiento y atención familiar. Y finalmente, como respuesta a este «infierno», el Estado ofrece la eutanasia, la muerte digna.
Han franqueado las líneas rojas fundamentales: la libertad, la vida, la familia y la dignidad humana.
¿Estamos vencidos? ¿Qué límite queda? «Para que el mal avance, solo se necesita que los buenos no hagan nada».
María Menéndez de Zubillaga es impulsora de la plataforma Siempre Seremos Familia y presidenta de la Asociación de Familias Numerosas de Madrid.