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La psicopedagoga Tania Ruiz

La psicopedagoga y directora del centro Anda Conmigo, de Valdemoro, Tania RuizAnda Conmigo

Tania Ruiz, psicopedagoga: «En niños pequeños, Halloween puede ser una experiencia angustiosa o amenazante»

No es necesario huir, ni someter a los niños a la estética terrorífica de zombis y brujas, pero un buen acompañamiento adulto puede convertir el miedo en un aprendizaje, según la psicopedagoga Tania Ruiz, directora del centro Anda Conmigo

Más allá de cuestiones religiosas u objeciones de tipo cultural, son muchos los padres que –nunca mejor dicho– temen la llegada de Halloween por el impacto que genera en sus hijos: miedos, pesadillas, nervios, llantos...

Porque, incluso aunque no se desee participar de esta celebración de origen pagano y promoción estadounidense, es más que difícil sustraerse por completo a ella: fiestas escolares, cumpleaños infantiles, tiendas, grandes superficies, restaurantes, cines... la decoración de telarañas, brujas, esqueletos y monstruos cada vez está más asentada.

No obstante, un gran número de padres consideran también santamente divertido sumarse a estas actividades, a partir del componente lúdico de los disfraces, los sustos y las chucherías, o que incluso tratan de buscar su enfoque educativo, animando a sus hijos a enfrentar el miedo. ¿Cuál es la opción más sensata? Se lo hemos preguntado a Tania Ruiz, psicopedagoga y directora del centro Anda Conmigo, de Valdemoro.

–Sin trucos, ni tratos: ¿influye Halloween en la forma en que los niños viven el miedo?

–Sí, las celebraciones como Halloween pueden influir significativamente en cómo los niños viven y afrontan sus miedos, porque actúan como una experiencia de aprendizaje emocional o como un factor de ansiedad, según el modo en que se gestionen.

Cuando están adecuadamente acompañadas por los adultos, suelen ofrecer un contexto seguro y simbólico en el que el miedo se transforma en juego: los disfraces, la risa y la teatralización permiten desdramatizar lo temido, y eso favorece la exposición gradual, la autoeficacia emocional y el desarrollo de la resiliencia. Sin embargo, si el niño se ve sobre estimulado o sin contención emocional, ese tipo de celebración puede generarle confusión, angustia o evitación, sobre todo en edades tempranas, cuando aún no se distingue claramente entre fantasía y realidad.

–Entonces, ante la estética de Halloween, ¿sería recomendable que, en lo posible, los padres eviten participar de ese tipo de actividades para evitar miedos y terrores?

–En principio, no es necesario apartar a los niños de celebraciones como Halloween, pero sí es recomendable que los padres actúen con prudencia y sensibilidad. Como decía, el impacto de Halloween depende sobre todo del acompañamiento adulto: explicar o validar el miedo, respetar los límites del niño, y ayudarle a reinterpretar lo que ha vivido son algunos aspectos claves para intentar convertir la experiencia en un ejercicio de afrontamiento emocional positivo, y no en una fuente de ansiedad. No obstante, esta celebración, con su estética de miedo y misterio, puede tener efectos muy distintos según la edad, el temperamento y el acompañamiento emocional del niño.

–¿Por ejemplo?

–En los niños y niñas más pequeños –especialmente antes de los 6 años–, el pensamiento mágico y la dificultad para distinguir entre fantasía y realidad hacen que ciertos disfraces, los sonidos o la decoración de terror puedan vivirse como experiencias angustiantes o amenazantes.

En cambio, en edades mayores, cuando el niño ya comprende que se trata de un juego simbólico, Halloween puede ser una oportunidad para afrontar y elaborar los miedos dentro de un contexto seguro. Por tanto, insisto, el papel del adulto es fundamental.

–Entonces, ¿qué deberían hacer los padres?

–Los padres deben adaptar la intensidad del estímulo al nivel de desarrollo del niño, anticiparle lo que va a encontrar, ofrecerle explicaciones claras y contención emocional, y permitir que participe solo si se siente cómodo. Si la experiencia es demasiado intensa o el niño presenta alta sensibilidad o antecedentes de ansiedad, conviene optar por alternativas más lúdicas o creativas, sin elementos de terror. Pero no hay que olvidar que, a través del juego, los disfraces y el humor, el niño aprende que puede sentir miedo sin quedar atrapado en él.

Sin la correcta mediación de un adulto, o con sobreexposición, la experiencia de Halloween puede derivar en ansiedad, pesadillas o evitación

En cambio, sin mediación adulta o con sobreexposición, la experiencia puede derivar en ansiedad, pesadillas o evitación. Así que no se trata de prohibir Halloween (ni de imponerlo), sino de modularlo y acompañarlo.

Porque cuando el niño vive sus sentimientos de manera guiada, incluso el miedo se transforma en un espacio de aprendizaje emocional y fortalece la resiliencia, y le ayuda a conocerse, a confiar en sí mismo y a desarrollar más seguridad ante lo incierto.

–Si en una actividad infantil, como un cumpleaños ambientado en Halloween o una reunión con amigos en el parque o en la urbanización, un niño empieza a sentir miedo o a mostrar incomodidad por los disfraces o la decoración, ¿Qué es recomendable hacer?

–Es importante no forzar al niño a exponerse ni insistir en que «mire» o «toque» lo que le asusta. Al revés, es recomendable darle espacio, permitirle observar a distancia y acompañarlo hasta que él mismo recupere la sensación de control. Una vez tranquilo, el adulto puede ayudarle a reinterpretar lo vivido a través del humor o el juego, por ejemplo, mostrando el disfraz, dibujando lo que asustó o inventando una historia divertida. Cuando un niño siente miedo o incomodidad ante disfraces o decoraciones de Halloween, lo fundamental no es evitar la situación, sino acompañarle con calma y contención emocional.

Cuando un niño siente incomodidad ante disfraces o decoraciones de Halloween, lo fundamental no es evitar la situación, sino acompañarle con calma para superar sus miedos

–Así que lo del «no pasa nada», sin más, no es la mejor de las opciones...

El adulto debe actuar siempre como un referente de seguridad para el niño: tiene que mantener una actitud serena, acercarse con empatía, ofrecer contacto físico si el niño lo necesita y evitar minimizar su emoción con frases como esa de «no pasa nada».

El miedo es una de las emociones básicas universales, junto a la alegría, la tristeza, la ira, la sorpresa y el asco, así que es importante validar lo que siente y ponerle nombre al miedo, por ejemplo diciéndole «te has asustado porque no sabías quién estaba debajo del disfraz». Eso permite al niño comprender su reacción y empezar a calmarse.

Y al final, el papá o la mamá debe cerrar la experiencia reforzando la seguridad y la valentía del niño, con mensajes como «te asustaste, pero has sabido pedir ayuda y tranquilizarte», sin ridiculizarle ni compararlo con otros niños. Esta actitud convierte el miedo en una experiencia de aprendizaje y no en una fuente de ansiedad. Y eso ayuda al niño a desarrollar su confianza, su autorregulación de las emociones y su resiliencia.

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