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Varios de los estudiantes del programa iGen de Canadá

Varios de los estudiantes del programa iGen de CanadáiGen

Un programa experimental canadiense demuestra los beneficios de hacer convivir a niños y ancianos

Un programa canadiense ha reunido durante todo el curso a alumnos de sexto y ancianos de una residencia y los resultados vinculan estas relaciones con un mayor bienestar, facilidad de aprendizaje y menor soledad, tanto en mayores como en pequeños

En una residencia de larga estancia de Saskatoon, en Canadá, un grupo de niños de sexto de Primaria no ha pasado el curso escolar en un aula convencional. Lo han hecho entre mayores.

Durante diferentes momentos, han conversado con ellos, han escrito juntos, les han enseñado nuevas nuevas tecnologías, han cultivado un huerto, han participado en proyectos artísticos y han descubierto, en suma, que la vejez no es un mundo aparte, sino una etapa de la vida que también puede enseñar.

El programa se llama iGen, Intergenerational Classroom, y nació de la colaboración entre Saskatoon Public Schools y el Sherbrooke Community Centre, un centro donde viven personas mayores, muchas de ellas con demencia u otras condiciones asociadas a la edad.

Aulas junto a los ancianos

En concreto, y durante todo un año escolar, cerca de 25 alumnos de sexto han compartido espacios y actividades con los mayores residentes del centro.

La propia descripción del programa habla de «contacto cercano y continuado» entre niños y ancianos durante todo el curso.

Es decir, que no se trata de una visita navideña, ni de una actividad puntual de voluntariado, sino que los alumnos tienen allí su aula, trabajan el currículo oficial de Saskatchewan de forma integrada y aprenden «a través de las relaciones» en la casa de los mayores.

El aprendizaje de la vejez

La experiencia canadiense buscaba romper una de las fracturas más lacerantes de las sociedades contemporáneas: la separación casi completa entre generaciones, y la falta de contacto entre niños y ancianos.

Ahora, los estudios para evaluar los resultados del programa han revelado que el impacto de la experiencia ha superado las expectativas, que se ceñían al ámbito emocional.

En concreto, un estudio publicado por Jason D. E. Proulx y otros investigadores ha analizado el programa, haciendo un seguimiento a 25 estudiantes, tres mayores y ocho trabajadores del centro.

En detalle, durante diez días al inicio del curso y de nuevo en junio, los participantes valoraron la calidad y el sentido de sus interacciones, su bienestar social, sus emociones, su salud física percibida y sus conductas sociales.

Bueno para niños y ancianos

Y los resultados han probado que, en los días con «interacciones más significativas» entre generaciones, los participantes tendían a sentirse mejor, más conectados, más sanos y más dispuestos a ayudar. Un sentido de responsabilidad que ha impactado también de forma positiva en los resultados académicos generales de los pequeños estudiantes.

Además, para los ancianos, la presencia de los niños les devolvía el sentimiento de utilidad y las ganas de vivir. Una de las residentes, Jodi Grant, llegó a afirmar que iGen cambió su vida, y pasó de levantarse con la sensación de seguir viva un día más, aburrido y doloroso, a esperar una jornada «llena de vida y alegría».

Una muestra más de los beneficios que supone la convivencia entre niños y ancianos, cada vez más respaldados por la ciencia.

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