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La generación que nació con Instagram está volviendo a los walkman y las cámaras Polaroid

La generación que nació con Instagram está volviendo a los walkman y las cámaras PolaroidPeter Aprahamian / iStock

«Antes todo era más simple»: por qué la Generación Z es cada vez más nostálgica

Series, canciones y marcas de hace diez o quince años se han vuelto refugio para millones de jóvenes. La generación que nació manejando Instagram mira atrás para calmar la ansiedad, reforzar su sentido de pertenencia y ordenar un presente incierto

Canciones, series y recuerdos cotidianos se convierten en ayuda para organizar sus emociones y sostener la sensación de seguridad frente al presente acelerado. Para millones de jóvenes, esos recuerdos no son sólo nostalgia pasajera, sino un refugio emocional constante.

La Generación Z, la misma que nació con Internet y que sabe usar Instagram con los ojos cerrados, es también la que más mira hacia atrás. Vuelven una y otra vez a su infancia y adolescencia como si allí estuviera la última versión estable de sus vidas, y no sólo añoran lo vivido, sino que idealizan y persiguen ese pasado.

Lo que podría parecer un simple «extrañar el ayer» es, en realidad, un fenómeno emocional, cultural y social mucho más profundo.

Una generación de nostálgicos

Diversos estudios psicológicos coinciden en que la nostalgia no es una simple añoranza melancólica. Investigadores como Constantine Sedikides, profesor de Psicología en la Universidad de Southampton, ha demostrado en su artículo Nostalgia: contenido, desencadenantes y funciones que la nostalgia funciona como un regulador emocional: calma, estabiliza, reduce el estrés y mejora el sentido de pertenencia. Él la define como «una mezcla reconocible: calidez afectiva, conexión, autoestima y un leve dolor por lo perdido».

Pero en la Gen Z la nostalgia ya no actúa sólo como respuesta a un mal día, sino como un estado recurrente que estructura cómo se interpreta el presente. Así lo vive Salomé Velasco, estudiante universitaria colombiana de 20 años, que se mudó a Madrid hace cuatro años para estudiar Gastronomía. Como estudiante internacional, su día a día está marcado por la distancia con su familia y por una sensación permanente de estar creciendo lejos de casa.

Salomé extraña su infancia, no sólo por los recuerdos, sino por lo que representaban: la calma, la rutina y la sensación de seguridad. «Extraño llegar del colegio, acostarme en mi cama y ver Violetta. Extraño cómo se sentía la familia, como si todo fuera mágico. No me quejo del ahora, pero ya no se siente como antes».

Sus palabras muestran una característica generacional: medir y comparar el presente con alguna cosa que nos haya pasado.

Para muchos jóvenes este sentimiento está vinculado a un presente que perciben como acelerado e incierto. La presión académica y laboral, la hiperexposición a estímulos digitales y la sensación de que todo cambia demasiado rápido, generan un desgaste emocional que hace que etapas recientes de la vida se recuerden como más estables o significativas. Para esta generación, ese regreso al pasado funciona como una forma de orden.

La pandemia como punto de inflexión

Varios psicólogos coinciden en que este fenómeno se intensificó tras la pandemia. No porque antes no existiera la nostalgia, sino porque el COVID-19 actuó como un punto de inflexión emocional.

Clay Routledge, psicólogo social especializado en nostalgia y profesor de la Universidad Estatal de Dakota del Norte, explica en su libro Nostalgia: un recurso psicológico que la añoranza aumenta cuando las personas sienten que han perdido control o estabilidad y que «la nostalgia ayuda a restaurar un sentido de significado cuando el futuro se vuelve incierto». La pandemia generó exactamente eso: incertidumbre, interrupción, miedo y aislamiento.

Este fenómeno también lo confirma Guillermo Andrés Cano, psicólogo especializado en la intervención con adolescentes vinculados al Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes, un programa que atiende a jóvenes que han cometido delitos y se encuentran en procesos de acompañamiento judicial y psicosocial.

«Para muchos, la niñez es el único momento en el que no había nada que resolver, donde otros se encargaban de todo. Esa sensación de seguridad es lo que se extraña», revela. Según Cano, lo que hoy suele interpretarse como nostalgia es, en realidad, un intento de recuperar un lugar emocional que se percibe como perdido frente a un presente cargado de exigencias e incertidumbre.

Jóvenes vulnerables y el negocio del ayer

Este interés por el pasado se intensifica por la vulnerabilidad emocional de la Generación Z.

Jean M. Twenge, psicóloga estadounidense experta en generaciones, la define como «la generación físicamente más segura, pero mentalmente más frágil». En su libro iGen, advierte que la exposición prolongada a pantallas se asocia con menos felicidad y más depresión. En un presente marcado por teléfonos que no dejan sonar y comparaciones constantes, aferrarse a recuerdos del pasado no es sólo un escape, sino una forma de recuperar estabilidad emocional y sentido de pertenencia. Esta generación añora a las Polly Pocket o los Hot Wheels, sí, pero también una forma de estar en el mundo que parecía más simple y amable.

Ese apego se refleja en nuestro consumo. Plataformas como TikTok, Instagram y YouTube muestran cómo la nostalgia se traduce en contenido: maquillajes «como en Tumblr 2013», filtros de 2015 y playlists con títulos como «Cuando éramos felices y no lo sabíamos».

Las cámaras digitales, incluso las de tipo Polaroid, compiten con los últimos modelos de smartphone; las cintas de casete, los reproductores de doble pletina y hasta los walkman ya pueden conseguirse en Amazon... Según estudios del Journal of Consumer Research, este uso de la nostalgia fortalece la conexión social y reduce la sensación de aislamiento, lo que explica por qué marcas y medios recurren sistemáticamente a ella como modelo de negocio.

El peligro de idealizar el pasado

Sin embargo, los especialistas advierten de que la nostalgia tiene un límite. Si se convierte en un lugar en el que uno vive, en vez de uno que se visita ocasionalmente, puede transformarse en un freno. Cano insiste: «Si uno se queda demasiado en ese refugio, el presente se vuelve paralizante. Es cómodo, pero no mueve».

Si uno se queda demasiado en el refugio de la nostalgia, el presente se vuelve paralizante»

Lo que empieza como un mecanismo para protegernos termina afectándonos: se compara todo con un pasado idealizado que no va a volver y la vida presente parece siempre insuficiente. «Hace falta conciencia y, a veces, acompañamiento terapéutico. La nostalgia no es mala, pero si domina, necesitamos herramientas para avanzar», confiesa Cano.

Ninguna generación puede vivir mirando el pasado, por lo que el desafío está en aprender a tomar de la nostalgia lo que nos hace más fuerte, porque, aunque el ayer nos dé seguridad, el único lugar donde se puede hacer un cambio es en el presente.

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