Fundado en 1910
Inés Serrano Fernández

Sí, hay casos en los que pedir perdón (y perdonar) hace daño al matrimonio

La psicoterapeuta Inés Serrano explica que en un matrimonio sano, el perdón es un elemento reparador que fortalece el vínculo. Sin embargo, hay parejas tan heridas que requieren otros caminos de terapia porque el perdón inmediato es sólo «una tirita emocional» que no soluciona el conflicto y perpetúa los malos hábitos.

El perdón en el matrimonio conlleva el deseo de cambiar y la intención de reparar el dañoGetty Images/iStockphoto

En el matrimonio es natural que se produzcan desencuentros. La convivencia, el estrés cotidiano, los defectos de cada uno… pasan factura en forma de conflictos que generan malestar.

Existe la posibilidad de hacer el camino de vuelta a través del perdón. Se trata de una herramienta útil, que facilita la reconciliación, y aumenta el bienestar psicológico. No obstante, no ocurre así en todos los casos. Para algunos matrimonios se ha mostrado contraproducente.

¿Cómo es esto posible? McNulty, psicólogo social especializado en relaciones de pareja, ha encontrado en diferentes estudios resultados tan claros como contraintuitivos: el perdón funciona bien en relaciones suficientemente sanas, pero puede ser perjudicial en relaciones marcadas por comportamientos dañinos persistentes.

¿Cuál es la diferencia entre una relación sana y otra que no? Minuchin, padre de la Terapia Familiar Estructural, describe al matrimonio como un sistema estructurado, con unos límites claros y flexibles, con roles definidos y negociables, donde al aparecer conflictos pueden ser discutidos, y con capacidad de adaptación al cambio.

Traducido al día a día, en un matrimonio sano que se sabe equipo, hay acuerdo sobre qué puede ocurrir y dónde están las líneas rojas, cada uno sabe quién es y qué aporta de sí mismo en cada momento, cuando no se llevan bien, saben cómo discutir sin dañarse, y pueden afrontar las contrariedades o exigencias que plantea la vida.

En un matrimonio sano, que sabe discutir sin dañarse y sabe dónde están las líneas rojas, quien hace daño reconoce la ofensa y hace lo posible para reparar y cambiar.

Un matrimonio de estas características es capaz de hablar de lo que ha pasado. Quien hizo el daño reconoce la ofensa, valida el malestar del otro, aclara desde dónde actuaba, asume su responsabilidad, y hace lo posible por reparar y por cambiar, para que no vuelva a ocurrir.

En cambio, en relaciones con altos niveles de conflicto o agresión, que no reúnen estas características, McNulty encontró que perdonar se asocia con más agresión futura, peor satisfacción marital y mayor sufrimiento psicológico. No porque el perdón sea dañino per se, sino porque se concede en ausencia de los requisitos clave: sin reparación, sin responsabilidad y sin cambio real.

El perdón, en estos casos, actúa como una «tirita emocional» sobre una herida que sigue abierta. Estamos ante el conocido como «lado oscuro del perdón».

La persona dañada pasa de página demasiado rápido, haciendo un cierre en falso con tal de quitarse el malestar de encima. Y quien daña interpreta que «puedo hacer daño y aun así, no hay consecuencias», por lo que se reduce la motivación para cambiar.

Las aportaciones de estos autores nos plantean algunas cuestiones interesantes para crecer: ¿Reúne mi matrimonio las características que permiten un perdón verdadero? Si me dolió: ¿Puedo sostener la dificultad y pedir reparación, responsabilidad y cambio, sin tener que saltar impulsivamente a un cierre en falso? Si he hecho daño: ¿Soy capaz de reparar, asumir mi responsabilidad y proponerme cambiar?.

Para los creyentes, que hemos sido educados en perdonar «hasta setenta veces siete» (Mt. 18, 22) es importante entender que el Evangelio nos anima a ser personas de perdón, y que ello no significa un perdón inmediato, impulsivo e instantáneo.

Tomemos por tanto el tiempo necesario para hacer de verdad el camino de vuelta cuando nuestro matrimonio lo necesite.

Inés Serrano Fernández es psicoterapeuta y profesora del Departamento de Psicología de la Universidad CEU San Pablo, y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.