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La adolescente «de sobresaliente» que llegó a mi juzgado porque su novio filtró un video suyo desnuda

Los padres de Jenifer, de 17 años, denunciaron ante la magistrada Miriam García que su novio, Marcos (de 22), había filtrado imágenes pornográficas que ella le había enviado

El Debate (asistido por IA)

Es jueves de una semana cualquiera y de un mes cualquiera. Como cada día, llego al juzgado a las nueve de la mañana. Desde la planta baja, donde guardo mi coche, oigo sollozos y llantos que provienen de la sección penal, en el piso primero. Subo las escaleras a prisa y en el pasillo veo a una joven en la que apenas reparo. Está cabizbaja y con los brazos cruzados. Entro en la sección penal: todas las caras se vuelven hacia mí y me hacen pensar que está sucediendo algo grave.

—Señoría —dice Ester, una de mis funcionarias—. Estos padres vienen a contarle un problema muy grande que tienen. Ya lo han denunciado en el cuartel de la Guardia Civil, pero no pueden esperar y han decidido venir aquí.

Sin poder esperar por la intriga de qué habrá sucedido, les atiendo allí mismo y les pregunto en qué puedo ayudarles. Tras unos instantes de silencio, toma la palabra Ana, la madre. Antes de empezar a hablar, me entrega unos papeles donde puedo leer: «Calificaciones de 2º de Bachillerato».

—Señoría, tengo una vergüenza muy grande dentro —me dice Ana. Mi cabeza sigue sin encontrar la relación entre las notas del instituto y la vergüenza.

—Hace dos noches, mi hija, Jenifer, mandó un vídeo a su novio, Marcos… Ahora el vídeo está en todas partes.

—¿Qué tipo de vídeo? —pregunto sabiendo de antemano cuál va a ser la respuesta.

Sale enseñando todo… Ya lo verá usted. El caso es que el video está por todas partes y queremos que usted lo retire cuanto antes. No sé qué va a ser de ella después de esto.

Mientras me sitúo en toda esta historia, miro a Luis, padre de Jenifer. Pese a que su mujer habla sin parar, él parece sentir mayor vergüenza y es incapaz de levantar los ojos más allá de mis rodillas.

—Y dígame, ¿para qué me ha traído estas calificaciones? —pregunto. En ese momento Luis toma la palabra y me dice:

—No queremos que piense que mi hija es una cualquiera y que somos gente que no exige responsabilidades a sus hijos. Como puede ver, Jenifer es una alumna de sobresaliente. Su madre trabaja en el hospital y yo me deslomo de sol a sol en la empresa para la que trabajo. No entendemos qué le ha podido pasar. Siempre ha sido una niña responsable, quizás se haya tomado alguna droga o él le haya obligado…

Luis no tiene razón. En absoluto pienso que su hija sea una cualquiera o que ellos sean malos padres. El lema «Con mi cuerpo hago lo que quiero» y la presión sexual a la que están sometidas hoy las niñas, les lleva a una percepción equivocada de la sexualidad, con consecuencias que jamás habrían imaginado. Según la revista científica JAMA Pediatrics, uno de cada tres niños entre 12 y 17 años ha recibido un mensaje con contenido sexual explícito en su teléfono móvil.

La pregunta que no para de rondarme la cabeza es siempre la misma: ¿Qué hace una chica de 17 años con un futuro prometedor enviando varias fotos y vídeos de su cuerpo desnudo a un chico al que conoce hace apenas a unos meses? La banalización del sexo está al orden del día.

¿Qué hace una chica de 17 años, con un futuro prometedor, enviando fotos y vídeos de su cuerpo desnudo a un chico al que conoce hace apenas a unos meses?

A los pocos minutos, suena el teléfono de la guardia para comunicarme que Marcos ha sido detenido.

Jenifer tiene 17 años y está cursando Bachillerato de Ciencias. Sus notas son realmente buenas. Marcos tiene 22 años y estudia Biología. Empezaron a salir hace unos pocos meses, aunque ya se conocían de vista porque viven en el mismo municipio.

Una noche, Marcos le pide que le envíe una foto. Son las 00:15 de la noche. Luis y Ana han llegado a casa agotados y aunque se imaginan que Jenifer y sus hermanos están viendo programas de televisión que no aprueban, están tranquilos, pues al fin y al cabo están en casa. Los padres están muy cansados para intervenir. Jenifer está en su habitación y, atendiendo a la petición de Marcos, le manda una foto desde la cama donde sólo se podía ver su cara. Pocos segundos después Marcos le dice:

—Eres una sosilla. Venga, mándame una foto o un vídeo para animarme la noche.

Los siguientes fotos y vídeos que salen del móvil de Jenifer ya se los pueden imaginar.

Jenifer, por desgracia, es una más de esas chicas adolescentes que son académicamente brillantes pero cuya formación humana es prácticamente nula. Se ha criado en la era de una educación sexual en la que lo más importante es prevenir las enfermedades de transmisión sexual, evitar el embarazo y que exista consentimiento (según la propia LOMLOE). Una educación sexual reduccionista que transmite a nuestros hijos la siguiente premisa: hazlo con quien quieras, pero ponte el preservativo.

Desconozco si estas políticas y saberes son reduccionistas por ignorancia o por ideología, o si por error involuntario omiten informaciones que harían que sus teorías saltaran por los aires. Por ejemplo, ¿sabían ustedes que las chicas preadolescentes pueden contraer enfermedades tan graves como el papilomavirus porque la membrana que recubre el cuello del útero es todavía inmadura, y ello pese a usar preservativos?

Ya en mi despacho, los padres de Jenifer siguen sin salir de su abatimiento.

—¿En qué hemos fallado? Todo nuestro empeño ha sido inculcar a Jenifer que sea responsable en sus estudios.

Esto que cada cinco minutos repiten Luis y Ana es parte del problema. Los padres vivimos empeñados en creer que la felicidad de nuestros hijos se encuentra al final de una carrera académica brillante que les proporcionará una carrera profesional exitosa, que a su vez le reportará grandes beneficios y les permitirá –así se llama ahora– vivir bien y disfrutar. Vivimos enfocados en este objetivo y descuidamos lo que como padres debería ser nuestra prioridad.

Han de saber que cada semana desfilan por mi juzgado personas con grandes éxitos profesionales que tiran sus vidas por la borda por no tener una buena educación afectivo-sexual. Inteligentes en lo profesional, ignorantes en lo personal.

Cada semana desfilan por mi juzgado personas con grandes éxitos profesionales que tiran sus vidas por la borda por no tener una buena educación afectivo-sexual.

Como padres, tenemos la obligación de formar a nuestros hijos en esta materia. Si nosotros no lo hacemos, únicamente recibirán mensajes televisivos e instragrameros donde el sexo se identifica únicamente con el coito. Y si me permiten un consejo, les diré que los padres debemos poner especial cuidado en la educación afectivo-sexual de las niñas, más que en la de nuestros hijos.

Esta frase, que será tachada de machista, es a mi entender una idea basada en el conocimiento de la propia naturaleza humana. Nos empeñamos en luchar contra la naturaleza levantando la bandera del progreso, como si quienes nos hubieran precedido en la vida tuvieran menos entendimiento que nosotros, y como si el actuar responsable de las mujeres durante tantos años no obedeciera a su propia naturaleza digna y femenina. No seamos ingenuos y dejemos de educar a nuestras hijas como si fueran las protagonistas de un reality.

Si nos detenemos a pensar qué ha cambiado en los últimos 60 años para que cada día me encuentre con situaciones como las descritas, hallaremos la respuesta: ha cambiado, principalmente, el comportamiento de la mujer.

En el sexo masculino existe un 1% de hombres al que podríamos llamar: hombre-orangután. Se trata de un porcentaje pequeño de la población que no se conduce como debería en su relación con la mujer. Estos hombres existieron, existen y existirán y las políticas feministas les traen sin cuidado, motivo éste por el que con ellas (con esas políticas) no podemos proteger a nuestras hijas de ellos, sino que con ellas (con esas políticas) las lanzamos a los brazos de los hombres-orangután. Sin embargo, el 99 % de los hombres son NO-orangutanes y respetan el NO de la chica que tiene delante. Incluso me atrevería a decir que saben a qué chicas no les pueden pedir ciertas cosas.

Díganme ustedes, ¿qué piensan que Marcos habría hecho si, después de pedirle fotos de contenido sexual, Jenifer le hubiera dicho que NO se las manda? Me parece que habríamos conseguido que Marcos no se convirtiera en hombre-orangután. Y, en el peor de los casos, si se convirtiera en ello y volviera a pedirle ese tipo de cosas a otra mujer, Jenifer tendría a salvo su dignidad y confirmaría que Marcos no es digno de ella.

Aunque no les guste a las feministas de la revolución de 1968, la dignidad y los límites han estado siempre en manos femeninas: somos nosotras quienes marcamos los límites y por lo tanto quienes hacemos que los hombres se comporten como caballeros. Todas las escenas sexuales que entran hoy por los ojos de nuestros hijos preadolescentes y que provocan que niños de 10 años sepan qué es una felación, les han hecho olvidar algo que ha hecho que el mundo sea un lugar mejor desde el principio de los tiempos: la dignidad de la mujer.

Hace unos días leía en un medio cómo una psicóloga de reconocido prestigio decía: «Contra el sexting no hay que abroncar a nuestros hijos, debemos explicarles que es normal que quieran sentirse sexualmente apetecibles». Creo que tan infeliz cita no requiere explicación alguna.

—Me arrepiento de lo que hice, yo nunca pensé que él mandaría esas fotos a sus amigos. Pensé que nunca saldrían de su móvil, yo confiaba en él. Mis amigas también lo hacen con sus novios. Yo he tenido mala suerte. Tengo mucha vergüenza por lo que ha pasado y quiero que sea condenado —me dice Jenifer—. No quiero volver a las clases ni salir: todo el mundo lo ha visto.

Este episodio no va a ser una anécdota que Jenifer cuente algún día a sus hijos, nietos o amigos. Con total certeza lo hablará con un psicólogo que refuerce su aniquilada autoestima. Es una historia que ha cambiado su vida por completo y que llevará en silencio el resto de su vida. Sentirse sexualmente apetecible le ha salido caro.

Creo que no les desvelo nada si les digo que Marcos será condenado a una pena de prisión y que se le obligará a pagar una indemnización a la víctima. Sin embargo, pensemos si el puñado de euros que el culpable entregará a Jenifer va a borrar lo que ya ha pasado. No leo en la ley ningún artículo que por arte de magia vuelva a restablecer lo que Jenifer ha perdido para siempre.

Sin embargo, terminemos con esperanza: lideremos una auténtica revolución cultural desde nuestras casas. Las familias son soberanas. Piensen que la familia es el único grupo donde las personas viven y se desarrollan como lo que son: seres libres y dignos. Es esta soberanía la que debe hacer que las instituciones se sometan a la familia y no está a aquéllas. Por ello, enseñemos a nuestras hijas su auténtico valor, lo sagrado de su cuerpo y lo especial de su feminidad.

Reparemos en que como padres no sólo debemos educarlos en sacar buenas notas y –sobre todo– no igualemos en el plano sexual al varón y a la mujer. Aunque lleguemos cansados a nuestros hogares, saquemos fuerzas de donde no las hay. Sentémonos con nuestros hijos, veamos lo que ellos ven y después eduquemos y expliquemos lo que sus ojos han visto. Marquemos los límites del sendero por el que nuestros hijos deben andar y hagamos de ellos personas dignas por el mero hecho de ser personas.

Aristóteles lo tenía claro: «Educar la mente sin educar el corazón no es educación en absoluto».

Miriam García es magistrada, madre de tres hijos y máster en orientación familiar