Fundado en 1910
Gema Sáez Rodríguez*

Estas son las dos preguntas que debes hacer a tu hijo después de un partido (y tu papel en la grada)

«La grada no es un espacio neutro. Padres y madres no son meros espectadores. Su presencia, sus gestos y sus palabras influyen decisivamente en la forma en que el niño vive el deporte», explica Gema Sáez, madre y profesora titular del Grado en CAFyD de la Universidad Francisco de Vitoria

La grada no es un espacio neutro para los padres

La grada no es un espacio neutro para los padresGetty Images / iStock

Hay un gesto que se repite en casi todos los partidos de niños y que, sin embargo, rara vez se analiza con detenimiento. El niño tira a canasta, defiende, pierde un balón o marca un gol… y, casi de inmediato, levanta la vista hacia la grada. No busca el marcador. Busca una mirada. Una señal que le confirme que, más allá del acierto o del error, sigue siendo valioso.

Ese instante, aparentemente trivial, es profundamente educativo.

La grada no es un espacio neutro. Padres y madres no son meros espectadores. Su presencia, sus gestos y sus palabras influyen decisivamente en la forma en que el niño vive el deporte. Si tras un fallo aparece el gesto de decepción –un suspiro exagerado, una expresión de reproche– el niño no solo registra un error técnico; puede sentir que ha defraudado a quien más quiere. En cambio, cuando encuentra una sonrisa serena, un aplauso sincero, un «bien intentado», aprende que su valor no depende del resultado, sino del esfuerzo.

No siempre es fácil sostener esa actitud. La emoción del partido empuja a corregir, a dirigir desde la grada, a decir lo que «debería haber hecho». Sin embargo, asumir el propio lugar forma parte de la responsabilidad educativa. El entrenador tiene una función y una autoridad que conviene respetar. Invadir ese espacio no solo genera confusión, sino que transmite al niño un mensaje implícito: que las normas son relativas cuando la emoción aprieta.

En la infancia, el deporte es ante todo juego, relación y aprendizaje. Los niños quieren pasarlo bien, compartir con sus amigos, sentirse parte de un equipo. Ganar y perder forman parte del proceso, pero no lo agotan.

Por eso, al terminar el partido, las primeras preguntas no deben girar en torno al marcador, sino a la experiencia vivida: «¿Te lo has pasado bien?» y «¿lo has hecho lo mejor posible?». En esas dos cuestiones se condensa una pedagogía clara: disfrutar y esforzarse son criterios más hondos que el resultado.

Invadir el espacio del entrenador no solo genera confusión, sino que transmite al niño un mensaje implícito: que las normas son relativas cuando la emoción aprieta.

Desde una perspectiva antropológica más amplia, el deporte puede entenderse como una expresión genuinamente humana. En él se ponen en juego el cuerpo, la inteligencia, la voluntad y la relación con los demás. No se trata solo de rendimiento físico ni de gestión emocional, sino de la persona en su unidad. Cuando el resultado ocupa el centro absoluto, el niño corre el riesgo de convertirse en medio para la satisfacción ajena. Cuando la persona es el centro, el resultado pasa a ser circunstancia.

Además, vivimos en una cultura marcada por la lógica del rendimiento: todo se mide, se compara, se expone. Las redes sociales amplifican éxitos y fracasos, y el deporte infantil no queda al margen. Existe el peligro de convertir cada partido en una evaluación constante, en una antesala del éxito futuro. Frente a esta tendencia, la grada puede optar por otra lógica: la del acompañamiento sereno, el respeto a los procesos y la celebración del esfuerzo compartido.

El deporte, bien vivido, promueve valores como la cooperación, la lealtad y el respeto. Pero esos valores no se transmiten solo en el terreno de juego. También se modelan en el clima afectivo que rodea la competición. Una grada que anima sin humillar, que sostiene sin presionar y que celebra el esfuerzo más que el marcador contribuye decisivamente a esa formación.

El deporte infantil no es un ensayo para el profesionalismo, sino una escuela de humanidad. Y en esa escuela, la mirada de los padres tiene un peso determinante. Tal vez la próxima vez que un niño falle un tiro y levante la vista hacia la grada convenga recordar que, en ese segundo, no se juega un punto, sino una confianza. Y esa confianza –si se sabe cuidar– vale mucho más que cualquier victoria.

Gema Sáez Rodríguez es profesora titular del Grado en CAFyD de la Universidad Francisco de Vitoria y directora del Grupo de Investigación «Deporte y Hecho Religioso» de la UFV

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas