Fundado en 1910
Pablo H. Breijo

La eutanasia quiere ser la dueña del amor

«Después de que los sanitarios y el poder legislativo que aprobó la ley la hayan matado –sin paños calientes y sin eufemismos–, la joven se ha encontrado con Dios»

Hay una canción bellísima del gallego Andrés Suárez que se titula Rosa y Manuel. En ella, el cantante dedica unos versos a sus abuelos. Él, Manuel, a causa de la enfermedad de Alzheimer, olvida dónde vive y quiénes son los que le rodean. Ella, Rosa, cuida de su esposo y aplica con entrega aquel compromiso que hizo hace años.

Ese dulce contrato que hoy es cada vez más vilipendiado por cristianos y profanos. Ese sello verbal que reza: «Me entrego a ti y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida». De eso va la vida, de la entrega a los demás. Del amor.

La eutanasia busca adueñarse del amor. En las últimas fechas ha saltado a la palestra mediática, política y social a causa de la decisión de la joven Noelia. Hay quienes ya han mentado a la antigua Grecia para definir la eutanasia, afirmando que esta es la «acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él».

Por supuesto que ni usted, ni yo, ni ningún académico somos quién para decidir sobre la vida de otra persona. ¡Solo faltaría! Pero, ¿y decidir sobre la muerte?

Me pondré la toga de falso académico y mentaré también a la vieja cuna de la democracia. La palabra eutanasia tiene origen en el término griego euthanasía, que significa «buena muerte». Gran paradoja que llama con otro nombre a un asesinato.

Creo que si una persona está enferma terminal o parapléjica y pide la eutanasia por voluntad propia, lo que está solicitando es que la maten. Si, en otro caso, usted o yo acudimos a un notario e incluimos en el testamento que nos apliquen la eutanasia en caso de perder la voluntad para decidir sobre una enfermedad propia, estamos firmando nuestro suicidio. Asistido, pero suicidio.

La joven Noelia ha querido matarse. Lo quiso una primera de manera directa en 2022 arrojándose desde un quinto piso, y Dios en su infinita misericordia le dio una segunda oportunidad que no ha querido aprovechar, atizada por la desesperanza. Me apena, pero Dios sabe más. Sabe todo.

Después de que los sanitarios y el poder legislativo que aprobó la ley la hayan matado –sin paños calientes y sin eufemismos–, la joven se ha encontrado con Dios. Nuestro Señor le ha explicado todo. Somos humanos y la joven se habrá arrepentido de su decisión. O eso deseo y eso rezo.

No soy teólogo pero me parece complejísimo negar a Dios en su propia cara y sin intermediarios mientras estamos siendo abrazados y desbordados por su amor misericordioso. Debe ser estremecedor, aunque seguramente esa palabra se quede ínfima. Porque, como dijo Paul Claudel, «Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento, ni siquiera a explicarlo. Ha venido a llenarlo de su presencia».

La vida nos fue dada y no tenemos derecho –ni siquiera nosotros mismos, ni siquiera Noelia– a acabar con ella. El amor entregado y la vida son lo más bello que tenemos. Que el sufrimiento y el dolor no acabe con nadie. Que la muerte no se adueñe del amor. Que Noelia descanse en la Paz del Señor.

  • Pablo H. Breijo es periodista.
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas