«El cansancio invisible de las familias aumenta al final de curso», la alerta de una psicoterapeuta
«En una cultura que valora la eficacia y el resultado, frustra no recibir agradecimiento, no ver mejoras claras o tener la sensación de no estar haciendo 'lo suficiente'», afirma la doctora Cristina Noriega, psicoterapeuta y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia
«El cansancio invisible de las familias se nota más al final de curso» alerta Cristina Noriega
Hay momentos del año, como el tramo final del curso, en los que no ocurre nada y, aun así, las tareas y responsabilidades habituales parecen pesar más.
No hay una crisis concreta ni un conflicto inesperado. Es, sencillamente, el peso acumulado de meses sosteniendo horarios, resolviendo imprevistos domésticos y gestionando esa «logística del cariño» que no entiende de pausas. Es la sensación de estar continuamente respondiendo, resolviendo y sosteniendo, y aun así sentir que no se llega.
Con frecuencia, ese cansancio tiene un nombre: el cuidado. Cuidar es acompañar a otros a lo largo de distintas etapas de la vida, en vínculos desiguales o recíprocos, cuando alguien necesita más, o cuando uno mismo atraviesa momentos de fragilidad.
El cuidado es el tejido invisible que sostiene la vida compartida y nos pone en contacto directo con nuestra propia vulnerabilidad. Ninguno de nosotros habría llegado hasta aquí sin la atención constante y silenciosa de otros, sin esa red que permite que la vida continúe incluso cuando es frágil. Algo que se ve de forma especial en la familia.
Como ocurre en cualquier relación (también en la que uno mantiene consigo mismo), el cuidado está atravesado por ambivalencias. No siempre es un camino de rosas ni un acto de entrega heroica y serena. A menudo aparecen tensiones entre lo que se espera de nosotros (o esperamos de nosotros mismos) y lo que realmente podemos dar.
Hay días en los que la paciencia se agota ante pequeñas escenas cotidianas que se repiten, o en los que pesa sostener conversaciones que parecen no avanzar.
Reconocer estas sombras no es un signo de que algo vaya mal ni de que hayamos dejado de querer; es, simplemente, la prueba de que somos seres finitos. Poner nombre a esas emociones no elimina el cansancio, pero ayuda a que el cuidado no se viva desde la culpa o desde la exigencia de una perfección imposible.
A todo ello se suma una realidad incómoda: con frecuencia, la recompensa del cuidado no es inmediata ni llega de la forma esperada. En una cultura que valora la eficacia y el resultado, frustra no recibir agradecimiento, no ver mejoras claras o tener la sensación de no estar haciendo «lo suficiente». Esa experiencia puede resultar especialmente desgastante si el cuidado se mide solo por resultados.
Sin embargo, no todo lo valioso se sostiene sobre el éxito o la respuesta del otro. Hay tareas humanas cuyo sentido no depende de lo que se obtiene, sino de la fidelidad a lo que uno considera importante.
En este contexto, reconocer los límites (propios, ajenos y de la propia realidad) forma parte también del cuidado. No podemos hacerlo todo, ni llegar a todo, ni sostener indefinidamente el mismo ritmo. Aprender a decir «hasta aquí puedo hoy» no es un gesto de retirada ni de egoísmo, sino de madurez y humildad. Cuidar no implica hacerse omnipresente ni asumir una responsabilidad sin medida, sino aceptar una presencia posible, humana y limitada. Solo desde esa aceptación puede el cuidado sostenerse sin quebrar a quien cuida.
Cuando el cuidado se vive desde este lugar, deja de apoyarse únicamente en la exigencia y puede sostenerse mejor en el tiempo. El cansancio quizá no desaparece (porque la vida cansa y el amor, a veces, también), pero encuentra un lugar distinto. Ya no se vive como una prueba de incompetencia personal, sino como parte de un compromiso con algo que tiene sentido.
En ese «seguir estando presente», incluso cuando no hay gratificación inmediata, el cuidado se convierte en una forma de coherencia profunda: recordar el «para qué» cuando el «cómo», a veces, se vuelve pesado, y permitir que la entrega siga siendo humana y verdadera.
* Cristina Noriega García es psicoterapeuta y profesora Titular del Departamento de Psicología de la Universidad San Pablo CEU, y colaboradora del Instituto CEU de Estudios de la Familia.