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Familia y EscuelaMarta Oporto-Alonso

Una psicóloga despide a su hijo que se va de campamento y desvela una de las claves más duras de la educación

Marta Oporto-Alonso, doctora en Psicología y profesora adjunta de Psicología y Educación en la Universidad San Pablo CEU, reflexiona sobre la «justa distancia»: acompañar a hijos y alumnos sin invadir el espacio donde aprenden a crecer solos, en libertad propia

Una madre despide a su hijo al pie de un autobus

Una madre despide a su hijo al pie de un autobusGetty Images / iStock

En estos días en los que los padres corremos, casi sin aliento, preparando maletas para los campamentos de verano de nuestros hijos, hay preguntas que, de pronto, detienen todo. «Mamá, ¿tú cómo vives este momento?», me dijo Matteo, mi hijo mayor, de 11 años, pocas horas antes de salir.

No es una pregunta solo de hijo. Es también, en el fondo, una pregunta dirigida a cualquier educador. Porque lo que está en juego –aunque no siempre se nombre– es una cuestión central de la tarea educativa: la justa distancia. Un concepto formulado por la psicoterapeuta italiana Mariolina Ceriotti Migliarese que, sin constituir una teoría cerrada, atraviesa una idea esencial: educar es saber situarse entre la cercanía que vincula y la distancia que libera.

Ayer me separé físicamente de Matteo. No voy a engañar: fue difícil. Verle subir al autobús con su mochila –demasiado grande para su espalda, demasiado pequeña para todo lo que empieza a vivir– remueve algo hondo. Pero, al mismo tiempo, pensaba que es precisamente en esa separación donde puede producirse un crecimiento real.

Y esto, más allá del ámbito familiar, interpela directamente a la escuela. Porque también allí –en el aula– la relación educativa se juega en ese equilibrio frágil: estar lo suficientemente cerca para acompañar, pero lo suficientemente lejos para no invadir. En nuestro caso, además, el contexto añade un matiz significativo: es un campamento parroquial.

Once días sin móviles. Solo dos momentos de comunicación en todo ese tiempo. Desde fuera, puede parecer excesivo. Desde dentro, es profundamente elocuente.

Porque introduce una dimensión que a veces olvidamos también en la escuela: para que algo verdaderamente personal suceda–sea un aprendizaje profundo o una experiencia espiritual– el educador debe saber retirarse a tiempo. En este caso, para dejar espacio a Dios. En el aula, para dejar espacio al alumno.

La tentación –como padres o como profesores– es la misma: controlar, anticipar, supervisar cada paso. Estar siempre presentes, incluso cuando no lo es necesario. Pero esa presencia continua, aunque bien intencionada, puede ocupar un espacio que no nos corresponde. El espacio del descubrimiento. El espacio de la iniciativa. El espacio –en última instancia– de la libertad.

Nuestra presencia continua, aunque bien intencionada, puede ocupar un espacio que no nos corresponde. El espacio del descubrimiento. El espacio de la iniciativa. El espacio –en última instancia– de la libertad

La justa distancia no es desinterés ni desentendimiento. Tampoco es frialdad. Es una forma más exigente de presencia: estar sin invadir, acompañar sin sustituir, sostener sin ocupar todo. Lo comprendía mientras preparábamos la mochila. Hubiera sido fácil revisar cada detalle, evitar cualquier olvido, anticipar cualquier necesidad. Pero también entendía que ese pequeño margen de error –no encontrar algo a la primera, tener que organizarse, pedir ayuda– forma parte del aprendizaje.

En la escuela ocurre exactamente lo mismo. Cuando el docente explica todo, resuelve todo, estructura todo, corrige todo de forma inmediata, quizá está facilitando el proceso… pero también puede estar reduciendo la posibilidad de que el alumno se enfrente a la realidad, piense por sí mismo y crezca en autonomía.

Educar no es evitar el tropiezo; es enseñar a que el otro aprenda a caminar por sí mismo. Hay aquí una clave profundamente pedagógica: el alumno no es una prolongación del profesor. Como el hijo no es una prolongación de sus padres. La familia, como el aula, es un sistema de diferencias. Y educar consiste precisamente en reconocer y acoger esa alteridad.

Si eliminamos toda distancia, corremos el riesgo de una fusión que anula la singularidad del alumno. Si exageramos la distancia, caemos en la indiferencia o el abandono. El reto –tanto en casa como en la escuela– está en ese punto medio. Quizá por eso esta experiencia aparentemente doméstica –un campamento de verano– encierra una lección de fondo para los educadores: no todo depende de nosotros.

Ni el crecimiento del hijo.

Ni el aprendizaje del alumno.

Ni, en último término, su proceso interior.

Al despedirnos, no hubo grandes discursos. Solo un abrazo largo, un «disfruta» y un «rezo por ti» casi susurrado. El resto –intuyo– ya no nos corresponde. Y algo semejante ocurre en el aula cuando el docente, tras haber sembrado, explicado, acompañado, sabe dar un paso atrás para que el alumno haga suyo el proceso.

Porque educar, en el fondo, es un ejercicio progresivo de desapropiación. Y tanto padres como maestros estamos llamados a aprender una tarea difícil, poco reconocida y, sin embargo, decisiva: saber retirarnos a tiempo.

No por ausencia, sino por respeto.

No por desinterés, sino por confianza.

Y, en algunos contextos –como este– también por fe en que hay Alguien que puede actuar precisamente cuando nosotros dejamos espacio.

* Marta Oporto-Alonso es doctora en Psicología y profesora adjunta en los Grados de Psicología y Educación de la Universidad San Pablo CEU.

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