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Una experta de la Universidad de California explica por qué el perdón mejora la salud de toda la familia

Una experta de la Universidad de California explica por qué el perdón mejora la salud de toda la familiaGetty Images/iStockphoto

Los rencorosos enferman más: aprender a perdonar mejora la salud de toda la familia, según un estudio

Emiliana R. Simon-Thomas, directora científica del Greater Good Science Center de la Universidad de California, explica la relación entre perdón, salud física, descanso y bienestar en el entorno familiar

Practicar el perdón en la familia y enseñar a los hijos a perdonar tiene un impacto positivo en la salud física y emocional, incluso en situaciones muy duras, según un reciente trabajo de Emiliana R. Simon-Thomas, directora científica del Greater Good Science Center de la Universidad de California, Berkeley.

Tras revisas algunos de los trabajos internacionales más punteros y recientes sobre la llamada Psicología del Perdón, y su impacto en la salud, Simon-Thomas explica que guardar rencor no se queda en el ámbito de las decisiones intelectuales, sino que también tiene un impacto fisiológica, tanto en la persona como en su entorno familiar.

Y en concreto, la autora recuerda que mantener durante mucho tiempo la ira, el resentimiento o el deseo de revancha puede activar de forma sostenida el sistema de estrés, alterar el descanso, aumentar la tensión arterial y dificultar la recuperación emocional. Una puerta abierta para patologías, incluso muy severas.

La cuestión no es menor para la vida familiar. Pocas relaciones acumulan tantas heridas pequeñas –y a veces grandes– como el matrimonio, la convivencia entre padres e hijos o los vínculos entre hermanos. Porque en el hogar se aprende a amar, sí, pero también se sufre y es, por ese motivo, el lugar necesario para aprender a pedir perdón, a reconocer el daño causado y a no convertir cada ofensa en una deuda permanente.

Qué es, y qué no es, perdonar de verdad

Simon-Thomas insiste en un matiz insoslayable: perdonar no significa excusar, ni justificar, ni minimizar el mal, ni reconciliarse obligatoriamente con quien nos ha herido. Tampoco implica renunciar a la justicia, ni dejar de poner límites cuando una relación resulta dañina.

Una precisión que resulta fundamental en el matrimonio y en la familia. Porque, como recuerda, enseñar a un hijo a perdonar no consiste en decirle que «no pasa nada» cuando sí ha pasado algo, sino más bien en ayudarle a nombrar el daño, comprender lo que siente y no quedar prisionero de la rabia. Porque el perdón no borra la verdad, pero impide que la herida gobierne la vida.

En el matrimonio, apunta, ocurre algo parecido. Hay discusiones que terminan en pocas horas, pero dejan un poso que puede durar años. Y si nadie pide perdón y todo se archiva en silencio, la relación se llena de cuentas pendientes. Pero, como recuerda la experta, una familia no puede crecer sana si cada conversación acaba resucitando agravios antiguos.

La ciencia dice que el rencor enferma

El artículo de la experta de Berkeley explica que el cuerpo humano «alterna entre sistemas de activación y de calma». Así, cuando percibe una amenaza, se prepara para defenderse. Pero el problema se agrava «cuando una ofensa pasada sigue encendiendo esa alarma durante semanas, meses o años».

En esos casos, el rencor puede parecer protector porque ofrece una certeza cómoda: «yo tengo razón y el otro se equivocó». Sin embargo, esa lógica, sostenida en el tiempo, tiene un alto coste que, según Simon-Thomas, vincula la falta de perdón con una sobrecarga de estrés capaz de afectar a la presión arterial, la hipertensión, la respuesta inmune, el riesgo cardiovascular y las alteraciones crónicas del sueño.

Además, la autora cita incluso investigaciones en pacientes con lesión medular que muestran cómo el perdón puede ayudar a adaptarse a cambios graves de vida, y recoge una revisión sistemática sobre envejecimiento y enfermedad avanzada, que recomienda tener en cuenta el perdón en la atención integral por su papel en la resolución del estrés asociado a conflictos prolongados.

Mejor vida social y familiar

Otros estudios publicados en los últimos cinco años citados por la experta apuntan en la misma dirección, con un añadido: las personas que perdonan tiene una mejor vida social y mejores relaciones en sus entornos.

Así, los estudios citados por la experta demuestran que las personas más dispuestas a perdonar presentan mejores indicadores de integración social, menos síntomas depresivos, menos ansiedad, menos soledad y más bienestar emocional. Incluso se ha observado una relación entre perdón –tanto hacia otros como hacia uno mismo– y una mejor calidad del sueño.

En clave familiar, la investigación concluye que perdonar (tanto practicar el perdón en el matrimonio, como enseñar a los hijos a perdonar) no convierte un hogar en una situación idílica, pero sí lo hace más habitable... y saludable.

E insiste en que enseñar a los hijos a perdonar no les debilita, sino todo lo contrario: les da herramientas para no vivir encadenados a cada agravio.

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