El anti-recetario para el matrimonio que recomienda una especialista en pareja y madre de familia
Marichu Suárez, escritora, divulgadora y madre de tres, desmonta con humor los consejos y tips virales para parejas, y reivindica los gestos cotidianos que más han ayudado a su propio hogar.
La autora, junto a su marido y padre de sus tres hijos
Sobre el matrimonio circula un recetario universal, repetido en libros, en sobremesas y últimamente en cualquier red social con letra bonita sobre fondo beige, que todo el mundo cita y casi nadie revisa. Nosotros, obedientes, lo fuimos probando entero, y después de todos estos años puedo ofrecer lo que se nos rompió en las manos y lo que, contra todo pronóstico, sostiene nuestro hogar.
La primera baja fue la famosa cita semanal obligatoria. La agendamos con la solemnidad de quien firma una hipoteca y en tres meses se había convertido exactamente en eso, un trámite más, entre la ITV y la reunión del colegio.
Ahí sentados, mirándonos con cara de examen y las ojeras hasta los pies. Descubrimos que lo que nos une no es reservar mesa un jueves, sino que a uno le apetezca de pronto y el otro deje lo que está haciendo. También nos sienta de lujo una serie mala y una pizza a pachas, que no es desidia sino la paz en su estado más genuino. El romanticismo por calendario rinde lo que rinde todo lo obligatorio… más bien poco.
Después cayó el célebre «no os vayáis nunca a dormir enfadados». Lo intentamos con bastante fe durante años, y el resultado eran cumbres diplomáticas a la una de la madrugada en las que nadie decía lo que quería decir, porque a esas horas no hay ser humano que diga nada sensato.
Un día hicimos lo prohibido y nos dormimos enfadados; tan ricamente, cada uno en su trinchera. Por la mañana, la mitad del enfado había desaparecido y la otra mitad se resolvió en dos frases con el café arbitrando.
Desde entonces sostengo que el sueño ha salvado más matrimonios que muchas conversaciones trascendentes, y que hay verdades que necesitan reposar una noche para salir sin metralla. Porque ese es el otro consejo que jubilamos «decir lo que molesta en el momento exacto». Lo siento en el alma, pero en caliente no sale lo que una quiere decir. Sale otra cosa, y viene armada.
Mención aparte merecen los proyectos de casa «hechos juntos, que une mucho». Mirad, ninguna pareja sale indemne de una llave Allen. Nosotros hemos superado problemas de salud, duelos, mudanzas, recién nacidos y cuñados de temporada completa, pero una estantería con instrucciones en sueco estuvo a punto de conseguir lo que no había conseguido nada de lo anterior. Siempre sobra un tornillo, ¿por qué? Pero nunca sobra paciencia.
Ahora los muebles los monta uno solo, en paz, mientras el otro pone la merienda. El matrimonio sale ganando y la estantería también.
Mención aparte merecen los proyectos de casa «hechos juntos, que une mucho». Mirad, ninguna pareja sale indemne de una llave Allen.
Y la baja más seria, el reparto de tareas «mitad-mitad». Suena justo, pero esa es su trampa. La vida real no viene en mitades, viene en temporadas y circunstancias, hay meses en que uno carga el ochenta porque el otro no puede con su alma, y meses en que el reparto se invierte sin que nadie firme nada. Y con los años –y utilizo el concepto de «años» con todo mi respeto a los matrimonios que nos llevan años luz, valga la redundancia, porque no dejamos de ser unos novatos– he entendido que en el momento en que uno de los dos empieza a llevar la cuenta, ya ha perdido.
La contabilidad es para los socios, pero los que se quieren funcionan con un sistema muy diferente, que se parece muy mucho a eso de dar sin medir.
¿Y qué nos funciona, entonces? Pues cosas que el recetario desaconseja.
Una sola cuenta bancaria, por ejemplo, ahora que lo moderno es que cada uno guarde lo suyo «por si acaso». Ya sé que hoy esta confesión escandaliza más que cualquier otra, pero nosotros no discutimos por dinero, y no por virtud, sino porque donde no hay tuyo y mío hay poco pleito posible. Casarse fue, exactamente, poner todo en el mismo sitio.
También sostienen diez minutos de silencio al llegar a casa, cada uno por su lado, antes de contarnos el día. Parece frialdad y es cortesía, porque nadie merece conversar con la extenuación con zapatos, ni es realista pretender mucho cariño ahí.
Sostiene haber renunciado a la telepatía; me he pasado años esperando que adivinara y ofendiéndome cuando fallaba, hasta que descubrí que pedir las cosas claramente no es menos romántico, solo es menos frustrante.
Por el mismo camino se fueron las sorpresas, que en esta casa nunca nos han gustado, somos de planificar, y lo disfrutamos el doble.
Y sostiene, sobre todo, reírnos. Reírnos mucho y de lo mismo, que importa bastante más que llegar siempre a un acuerdo. Hemos discrepado en asuntos serios sin que tiemble nada; sin embargo, el día que no nos haga gracia el mismo disparate, ese día sí me preocuparé.
Aunque si tuviera que quedarme con una sola cosa, sería que aquí los regalos cotizan poco y los actos lo son todo. El café preparado sin necesidad de pedirlo, el recado odioso que aparece hecho, el madrugón cedido sin cuento. San Ignacio dejó dicho que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras, y dudo que exista laboratorio que lo compruebe mejor que un matrimonio con hijos. En esta casa las declaraciones solemnes se tasan a la baja y un lavavajillas vaciado a las siete de la mañana vale por un soneto.
En esta casa las declaraciones solemnes se tasan a la baja y un lavavajillas vaciado a las siete de la mañana vale por un soneto.
Al final, el inventario nos ha dicho siempre lo mismo. Se nos han roto los consejos que querían convertir nuestro matrimonio en un sistema: citas programadas, plazos para el enfado, porcentajes...
Y nos ha ayudado lo que se parece más a un oficio –y es que es una vocación–, mirar a la persona concreta con la que una se casó, no al marido genérico de los manuales, y aprenderla cada año, porque esa persona cambia. Nadie se casa una sola vez. Nos casamos, sin ceremonia, todos los días.
Y si el año que viene se nos vuelve a olvidar el aniversario, no será ningún drama. Ya nos encontrará un martes.