Toca elegir extraescolares: qué cosas debes tener en cuenta antes de apuntar a tu hijo a un deporte
En un contexto en el que niños y adolescentes pasan cada vez más horas ante una pantalla y con un ritmo de vida sedentario, elegir bien un deporte «no debe ser sólo un modo de ocupar una tarde a la semana», alerta Gema Sáez, profesora de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte en la Universidad Francisco de Vitoria.
Un adolescente practicando baloncesto junto a sus compañeros de equipo
Septiembre vuelve a llenar las agendas familiares de horarios, reuniones y decisiones. Y, entre libros, uniformes y vuelta a las rutinas, aparece una pregunta que se repite en muchas casas: ¿a qué actividad extraescolar apuntamos este año a nuestros hijos?
Idiomas, música, tecnología… La oferta es cada vez mayor. Pero quizá, entre tantas posibilidades, convenga reivindicar el lugar que merece el deporte. No simplemente como una forma de ocupar una tarde o conseguir que los niños se muevan, sino como una verdadera herramienta educativa.
Porque, cuando apuntamos a un niño a hacer deporte no estamos únicamente ayudándole a estar físicamente activo. Le estamos ofreciendo un espacio privilegiado para crecer.
En una sociedad en la que nuestros niños pasan cada vez más tiempo delante de una pantalla, recuperar el movimiento, el juego y la relación con los demás resulta especialmente necesario. El deporte contribuye a desarrollar hábitos saludables y favorece el bienestar. Pero sus beneficios van mucho más allá del cuerpo.
En una pista, una piscina o un campo suceden cosas difíciles de aprender únicamente en un aula. Un niño descubre que mejorar requiere constancia. Que no siempre se gana. Que formar parte de un equipo implica renunciar a veces al propio protagonismo. Que existen reglas que respetar. Que el rival no es un enemigo. Que equivocarse forma parte del aprendizaje y que después de perder hay que volver a entrenar.
Son pequeñas experiencias que, repetidas semana tras semana, van educando el carácter. El esfuerzo, el compañerismo, la responsabilidad, la perseverancia, el respeto o el juego limpio no se aprenden únicamente como conceptos: se viven.
Qué deporte elegimos
¿Y qué deporte elegimos? Quizá no deberíamos obsesionarnos demasiado pronto con encontrar «su deporte». Durante la infancia, probar distintas disciplinas puede enriquecer su desarrollo, ampliar sus habilidades motrices, evitar una especialización demasiado temprana y ayudarles a descubrir con qué disfrutan realmente.
Pero probar no significa abandonar cuando algo cuesta. Tan importante es permitirles descubrir como enseñarles a permanecer. La constancia y el compromiso también se entrenan.
Tampoco existe necesariamente un «deporte perfecto» para cada niño. Los colectivos ofrecen oportunidades para aprender a cooperar, asumir roles y sentirse parte de un grupo; los individuales favorecen especialmente la autonomía, la responsabilidad y el conocimiento de uno mismo. Ambos pueden ser profundamente formativos.
Pero hay otra elección quizá todavía más importante que decidir qué deporte practicará nuestro hijo: dónde y con quién va a practicarlo.
Hay otra elección quizá todavía más importante que decidir qué deporte practicará nuestro hijo: dónde y con quién va a practicarlo.
Si entendemos el deporte como parte de su educación, no debería convertirse en un compartimento aislado. Las familias dedicamos tiempo a conocer el proyecto educativo de un colegio, sus valores y su manera de entender a la persona. Deberíamos mirar con una atención parecida el club, la escuela deportiva o la actividad extraescolar a la que confiamos a nuestros hijos. Familia, colegio y deporte deberían caminar, en la medida de lo posible, en una misma dirección. De lo contrario, corremos el riesgo de ofrecer una educación fragmentada: unos valores en el aula y otros cuando comienza el entrenamiento.
La figura del entrenador, fundamental
Y ahí la figura del entrenador resulta fundamental. En edades formativas, entrenar significa mucho más que enseñar técnica o táctica. El entrenador acompaña, escucha, corrige, exige, anima y se convierte muchas veces en un referente. Su manera de gestionar una derrota, tratar al que juega menos, corregir un error o relacionarse con el rival también educa.
No todos nuestros hijos llegarán a competir al máximo nivel. Ni falta que hace. Algunos cambiarán de deporte. Otros nunca ganarán una medalla. Y probablemente, dentro de veinte años, pocos recuerden el resultado de aquellos partidos.
Pero quizá sí permanezca lo aprendido mientras entrenaban: levantarse después de caer, esforzarse cuando cuesta, convivir con otros, respetar unas reglas, aceptar una derrota, celebrar el éxito de un compañero, descubrir los propios límites y comprobar que también pueden superarse.
Ahora que comienza el curso y volvemos a organizar las tardes de nuestros hijos, quizá merezca la pena hacerle un hueco al deporte.
No solo porque queremos niños más activos.
También porque queremos ayudarles a crecer.
* Gema Sáez Rodríguez es profesora titular del Grado en CAFyD de la Universidad Francisco de Vitoria y directora del Grupo de Investigación Deporte y Hecho Religioso-UFV