Cuando un hijo dice «Yo no he sido» o por qué una mentira no se convierte en verdad por más que la maquillemos
Decir una mentira no es algo exclusivo de la infancia, pero «lo inquietante empieza cuando encuentras a alguien dispuesto a sostenerla contigo. Y después a otro», alerta Paloma Fernández de Mesa. Porque cuando se instalan las excusas en la familia, y en la sociedad, «llega un momento en el que hasta lo evidente se discute».
«Este verano, el hijo pequeño de unos amigos se tiró desde un puente al agua», cuenta Fernández de Mesa.
Este verano, el hijo pequeño de unos amigos se tiró desde un puente al agua. Una de esas gracias que a ellos les parecen divertidísimas y a sus padres, bastante menos. Esta vez apareció la policía y llamó a casa. Cuando llegaron, se encontraron a su hijo diciendo muy serio que él no había sido.
Era el único empapado de toda la pandilla.
Nos reímos muchísimo cuando nos lo contaron. De pequeños mentimos bastante mal. Por miedo a una bronca, por vergüenza o simplemente confiando en que, si lo negamos con suficiente seguridad, a lo mejor cuela.
De mayores tenemos más recursos. Podemos buscar otra palabra, contar solo una parte, cambiar el foco, encontrar una explicación estupenda. Pero sigue mojado.
Lo que ya no hace tanta gracia es cuando él sabe que tú lo estás viendo. Y aun así lo niega.
En casa lo veo cuando dos de mis hijos discuten. A veces queda bastante claro quién tenía razón, y llega el típico «siempre lo defiendes a él» o «ella nunca hace nada». Y cuesta muchísimo escuchar un sencillo «vale, me he equivocado». A mí también me cuesta más de lo que me gustaría.
Una mentira se puede maquillar, matizar, repetir muchas veces y hasta defender con indignación cuando alguien la señala. Pero sigue siendo mentira.
Y tampoco miro siempre las cosas con la misma medida. Si miente alguien de los nuestros, le encontramos motivos. Si miente el de enfrente, ya sabíamos que iba a hacerlo. Depende demasiado de quién sea.
Una mentira se puede maquillar, matizar, repetir muchas veces y hasta defender con indignación cuando alguien la señala. Pero sigue siendo mentira.
Lo inquietante empieza cuando encuentras a alguien dispuesto a sostenerla contigo. Y después a otro.
Entonces quien la cuenta ya no está solo delante del bañador mojado. Tiene alrededor a personas capaces de explicar que no está tan mojado, que habría que ver cómo se mojó o que el otro tampoco está tan seco como creemos. No deja de ser mentira. Pero llega un momento en el que hasta lo evidente se discute.
El niño de nuestros amigos lo tenía más difícil. Era el único empapado.
A los adultos se nos da mucho mejor explicar la cantidad de agua que tiene o no el bañador mojado.
Pero sigue mojado.
* Paloma Fernández de Mesa es madre de cinco hijos y creadora de contenido en Instagram.