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Merece la penaPaloma Fernández de Mesa

La trampa del «Tiempo de calidad» o por qué en familia lo que hace falta es tiempo, sin más.

«¿Qué tiempo es exactamente el de calidad? ¿Cuenta una excursión juntos y no llevarlos cada mañana al colegio? ¿Vale una conversación importante y no la cena de un martes cualquiera?» se pregunta Paloma Fernández de Mesa, madre de cinco hijos y creadora de contenido en Instagram

Act. 10 sep. 2026 - 04:58

Fotografía tomada por la autora, que reflexiona sobre en qué consiste el tiempo de calidad

Fotografía tomada por la autora, que reflexiona sobre en qué consiste el tiempo de calidad

Otra vez en el coche, todos juntos. Esta vez vamos a dejar a las mayores en la universidad.

Ahora mismo suena Bohemian Rhapsody, esa canción de Queen que nos encanta a todos, y la cantamos a voz en grito, como si nos fuera la vida en ello. Es un gran momento. Pero llevamos ya varias horas de viaje y en varias horas cabe de todo: peleas, risas, canciones, alguno mirando el móvil y largos ratos en los que nadie dice nada.

Ese momento cantando seguramente entra en eso que llamamos «tiempo de calidad». Los silencios de después, no lo tengo tan claro.

Nunca me ha terminado de convencer esa expresión. Entiendo lo que quiere decir y también el consuelo que supone cuando la vida no nos permite pasar con nuestros hijos todo el tiempo que nos gustaría. Pero siempre me deja la misma duda: ¿Qué tiempo es exactamente el de calidad? ¿Cuenta una excursión juntos y no llevarlos cada mañana al colegio? ¿Vale una conversación importante y no la cena de un martes cualquiera?

Recuerdo especialmente a uno de mis hijos cuando era pequeño. Podía jugar solo durante muchísimo tiempo mientras yo leía o hacía cualquier otra cosa. Pero si me levantaba del cuarto de estar para ir a la cocina y tardaba demasiado, aparecía. A veces se traía los juguetes. Otras solo venía, comprobaba que yo seguía allí y volvía a lo suyo.

Una vez me levanté a propósito solo para comprobarlo. Y sí, al rato apareció. No necesitaba que jugara con él. Le bastaba con saber que yo estaba cerca.

Ahora, cuando pienso en mi propia infancia, muchos de los recuerdos que me vienen son precisamente esos: cosas absolutamente normales que se han quedado conmigo. Estar estudiando y oler desde mi cuarto que mi madre ya preparaba la cena. El ruido de las llaves de mi padre llegando a casa. Escuchar que ya habían empezado las duchas de los pequeños o, desde la cama, la conversación tranquila de mis padres.

Cuando pienso en mi propia infancia, muchos de los recuerdos que me vienen son precisamente esos: cosas absolutamente normales que se han quedado conmigo.

Nadie estaba intentando crear un recuerdo. Era simplemente estar en casa.

Y estar en casa tampoco significa estar siempre bien. Hay días estupendos y otros en los que esa palabra tan bonita, «mamáááá», no apetece nada escucharla. Perdemos la paciencia, discutimos y hacemos exactamente lo contrario de lo que llevamos años diciendo a nuestros hijos que hagan. No sé cuántas veces habré dicho «¡que no grites!» en un tono nada ejemplar.

Supongo que también hace falta todo ese tiempo. En casa nos ven contentos y de mal humor, cansados, preocupados, cariñosos e insoportables. Nos enfadamos, metemos la pata, pedimos perdón y seguimos.

Para que una relación sea buena no hace falta que todos sus momentos también lo sean.

Y tampoco hace falta que ocurra algo importante. A veces un hijo puede llevar dos horas contigo sin decir nada y, cuando menos lo esperas, empezar a contarte algo. Otras veces lleva dos horas contigo y no te cuenta absolutamente nada.

Hemos estado juntos. Ya está.

Son ya muchos años con hijos entrando y saliendo de habitaciones, haciendo deberes cerca, preguntando qué había de cena, peleándose, riéndose, interrumpiendo, simplemente estando. Un ruido del que, lo reconozco, muchas veces quiero escapar.

Ahora algunas empiezan la universidad y ese ruido comienza a cambiar. Ya no van a estar siempre en la habitación de al lado. Y, no sé por qué, me acuerdo de aquel hijo pequeño que venía a buscarme a la cocina solo para saber que yo seguía allí.

Mientras hacemos estas horas de coche, no necesito que tengamos una conversación maravillosa ni que aprovechemos especialmente el viaje. Dentro de un rato puede que vuelva a sonar una canción y volvamos a cantar todos. O puede que cada uno siga a lo suyo.

Me da igual. Hoy me basta con saber que estamos juntos.

Pasando el tiempo, sin más.

* Paloma Fernández de Mesa es madre de cinco hijos y creadora de contenido en Instagram.

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