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En ocasiones, las comidas en familia son momentos de tensión por la actitud de los niños

En ocasiones, las comidas en familia son momentos de tensión por la actitud de los niñosGetty Images / iStockphoto

El consejo de una experta en disciplina infantil cuando los niños pelean y protestan en cada comida

Las discusiones por la comida, los malos modales y las protestas constantes pueden convertir la mesa familiar en un campo de batalla, al que la célebre psicopedagoga Lynn Lott propone una solución

No hay manual de convivencia familiar que no recomiende cuidar la comida en familia como uno de los momentos más importantes para la convivencia del hogar. Incluso hay informes y estudios académicos que lo avalan, con un sinfín de razones y datos psico-sociológicos.

Y aunque no les falte razón, la experiencia cotidiana para miles de padres es radicalmente contraria: gritos y peleas entre hermanos, rabietas por platos que no gustan, malos modales, vasos que se derraman accidentalmente, y cenas o comidas que parecen no terminar nunca aunque al día siguiente haya que madrugar para ir al colegio.

Para quien se encuentre en esta situación, tenemos dos buenas noticias.

La primera es que su casa y su caso no son una excepción: el número de padres que combaten con sus hijos en torno a la mesa es enorme. Tanto, como para que el problema aparezca en uno de los libros sobre disciplina más vendidos.

La segunda noticia es, precisamente, que en ese mismo libro, Disciplina positiva de la A a la Z (1001 soluciones para los problemas cotidianos en la educación de los hijos), la psicoterapeuta y divulgadora educativa Lyn Lott, junto al filósofo Stephen Glenn y a la terapeuta familiar Jane Nelsen, da una serie de consejos prácticos y precisos para corregir tan molesta situación y enmendar el ambiente familiar.

«¿No se suponía que era agradable?»

«Mis hijos –dice una de las preguntas que un padre envió a Lott– tienen unos modales atroces en la mesa». Y describe unas escena que muchos reconocerán: «Se levantan y se vuelven a sentar varias veces durante la comida, alargan los brazos para coger con las manos comida del otro lado de la mesa, y se quejan de cómo cocino. Una de mis hijas está permanentemente a dieta y otro sólo come salchichas. ¿No se suponía que la hora de la comida era un momento familiar agradable?».

Lott recoge el guante y recuerda que, en efecto, «la hora de la comida debería proporcionar alimento al cuerpo y al espíritu» aunque «muchas familias se olvidan de ello y convierten la hora de la comida en una pesadilla de reprimendas, regañinas, amenazas y peleas».

Y el problema, explica, se agrava cuando los adultos convierten cada cucharada en una negociación: o bien ceden a los caprichos del hijo, o insisten en que terminen todo el plato, coman todos los alimentos o consuman cantidades concretas.

Así, Lott y sus coautores recomiendan que los adultos estén presentes en la mesa, que preparen la comida con ánimo de disfrutar, que involucren a los niños en la confección del menú, y que comiencen con cantidades pequeñas para que se pueda repetir (o dejar poca cantidad), en lugar de enfrentarlos a una montaña de comida.

Qué hacer cuando protestan por el menú

Una de las sugerencias más llamativas es que los adultos «no presten demasiada atención» a las quejas de los niños o a su negativa a comérselo todo.

Al contrario, en lugar de insistir, discutir o preparar inmediatamente otra alternativa, proponen responder con tranquilidad, retirándoles el plato: «Está bien, no tienes que comértelo».

Cuando los niños son pequeños, «esto suele acabar con las quejas rápidamente». Cuando son mayores, es más eficaz recordarles que ese tipo de comentarios daña a quien ha cocinado para ellos con tanto cariño.

Pero luego, ¿qué hay que hacer? En primer lugar, «deje que sus hijos se sirvan lo que quieran y no discuta por lo que comen o dejan de comer. Limítese a retirarles los platos cuando termine la hora de la comida (quince o veinte minutos es más que suficiente)», apuntan.

Sólo snacks saludables

Y en segundo lugar, algo tan evidente (y tan poco común) como «dejar de comprar comida basura». Porque «es obvio que los niños no comerán alimentos normales si se han atiborrado antes con aperitivos o comida basura».

Al contrario, lo mejor es tener «tentempiés saludables» y reconocer que «no pasa nada si sus hijos no cenan porque se han saciado con queso, palitos de zanahoria, fruta u otros tentempiés apropiados: ¿Quién dijo que sólo se puede comer bien a la hora de la comida?»

También aconsejan enseñar los buenos modales en otros momentos del día, mediante juegos y representaciones incluso exageradas, en lugar de aprovechar cada comida para corregir continuamente a los hijos.

La verdadera lección en la mesa

Para prevenir los conflictos, los especialistas proponen involucrar a los niños en la elección del menú, la preparación de los alimentos y las tareas domésticas como poner o quitar la mesa.

También examinar las propias actitudes del adulto ante el peso, la comida y las pautas alimenticias. Y recomiendan organizar reuniones familiares en las que todos puedan aportar ideas para mejorar la convivencia.

Con el tiempo, señala Lynn, «los niños aprenden que no tendrán problemas en la mesa, por lo que no necesitarán despistar a sus padres con malos modales» y también «aprenden que pueden ir adaptando el paladar a distintas comidas a su propio ritmo; que no se les presionará para comer lo que ya no quieran, y que tampoco se les servirá nada especial». Algo esencial para prevenir futuros trastornos alimenticios, de forma especial cuando no hay a su alcance otras alternativas poco saludable.

Pero, sobre todo, insisten en recuperar el verdadero sentido de comer en familia: conversar, compartir el día y disfrutar de la compañía mutua, sin convertir cada cena en un examen de comportamiento.

Y concluyen: «Si considera que la hora de la comida es el momento de hacer que los niños coman y de darles sermones sobre modales, lo más probable es que respondan con malos modales. Pero si su actitud es que la hora de la comida es uno de esos momentos especiales que las familias pueden compartir, lo más probable es que los niños reflejen esa manera de pensar».

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