Vargas Llosa y García Márquez
Gente
El día que Mario Vargas Llosa se hizo pasar por Gabriel García Márquez
«Su alegría era tanta que no podía decirle que no», reconoció el escritor peruano cuando suplantó a Gabo
Muchos conocerán que la amistad entre los dos genios de la literatura latinoamericana se vio dinamitada por Patricia Llosa. Fue por ella por la que su marido se enfrentó al que había sido su 'compadre' durante décadas. Fue el 12 de febrero de 1976, en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México. Hasta allí se desplazó el autor de Cien años de soledad para asistir a la proyección de un documental guionizado por Mario Vargas Llosa. Al verle, el peruano no le respondió como se esperaba con un abrazo, sino con un puñetazo directo al rostro.
En el vasto universo de las letras hispanoamericanas, donde el realismo mágico se entrelaza con los avatares personales de sus autores, este episodio tan insólito como fascinante dio a entender que el Premio Nobel peruano ya no consideraba a su coetáneo un igual, sino su rival y némesis literario. La hostilidad duró el transcurso de sus vidas, pero eso no les impidió vivir anécdotas que le recordaban al otro. Por extraño que parezca, la más significativa no es la del famoso puñetazo, sino la relacionada con un curioso engaño, ocurrido en una fecha no revelada públicamente, pero acontecida durante un viaje del escritor peruano a una universidad europea a mediados de los años 90.
La historia comienza cuando Vargas Llosa fue invitado a un coloquio universitario sobre el boom latinoamericano. Por un error administrativo —o quizás un malentendido que él nunca se preocupó en aclarar—, fue presentado en la agenda del evento como «el autor de Cien años de soledad».
Según testigos, al percatarse del error, lejos de corregirlo, Vargas Llosa habría optado por seguir la corriente, entrando en el papel del nobel colombiano con una mezcla de ironía, cinismo y un sutil toque de venganza. Se dice que, durante la charla, habló en tono nostálgico sobre Macondo, mencionó su «amistad» con Fidel Castro y hasta leyó pasajes de El otoño del patriarca, sin parpadear.
Los asistentes, entre perplejos y encantados, no supieron qué pensar. Algunos creyeron estar ante una performance conceptual; otros, que simplemente estaban presenciando la reconciliación más surrealista de la literatura contemporánea. La verdad era mucho más retorcida: Vargas Llosa, en una jugada digna de sus novelas más provocadoras, decidió convertirse por un día en el hombre al que una vez golpeó en la cara, cerrando con un puñetazo una de las amistades más célebres del siglo XX.
«No fue un acto de homenaje ni una burla», dijo años después uno de los organizadores del evento. «Fue un ejercicio de poder. Vargas Llosa demostró que podía ser García Márquez, al menos por un día, porque ambos eran mitos vivientes. Y los mitos, a veces, se confunden entre sí». Algo similar sucedió durante un vuelo entre Madrid y Las Palmas. Una azafata se acercó y le dijo que un pasajero admiraba profundamente su trabajo, «que no quería molestarme y que era muy tímido, pero deseaba darme la mano».
El premio Nobel accedió a conocerle y este le dijo: «Usted no sabe lo que este momento significa para mí, no sabe lo que han sido sus libros en mi vida». «Ahí vino la cuchillada», advirtió Vargas Llosa, porque, a continuación, reconoció que Cien años de soledad había cambiado su vida. Confesó que no tuvo el corazón para corregirlo, así que estrechó su mano y dejó que la confusión siguiera su curso. «Su alegría era tanta que no podía decirle que no era Gabo. Entonces le di la mano. Suplanté a García Márquez».