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La Infanta Cristina de Borbón y su hija Irene Urdangarin, de comprasGTRES

El motivo por el que la Infanta Cristina ha decidido no rehacer su vida sentimental (y tampoco mudarse)

A sus 60 años, que cumple este viernes, ha encontrado la paz y el equilibrio en su trabajo y su familia

Este 13 de junio, la Infanta Cristina entra en una nueva década: cumple 60 años, una cifra que invita al balance, aunque no precisamente a celebraciones con champán en Zarzuela. No se espera ni gran fiesta ni posado familiar. Nada que ver con el aniversario de su hermana Elena, que, al alcanzar la misma edad, logró reunir en Madrid a toda la familia Borbón —Letizia, Felipe VI y el Rey Juan Carlos I incluidos— para una cena institucional disfrazada de encuentro íntimo.

Cristina ha optado por lo contrario: silencio, discreción y perfil bajo. Según ha revelado ¡Hola!, su cumpleaños ya se celebró por adelantado, en un entorno íntimo y familiar, junto a su hija Irene, que sopló las velas el pasado 5 de junio. Ni siquiera se contempla que su padre la felicite en persona; el emérito tiene otros planes: su próximo destino, si acaso, será Galicia, donde participará en la regata de 6 metros. El mar, al parecer, sigue siendo lo único que le hace volver a España con regularidad.

Lo cierto es que lleva tiempo instalada en una nueva normalidad emocional. Una etapa en la que el amor, entendido como relación de pareja, ya no tiene sitio. Su entorno lo resume sin rodeos: «No quiere saber nada de hombres», al menos por ahora. Y razones no le faltan.

Iñaki Urdangarin y la Infanta Cristina se enamoraron en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92GTRES

La historia de la Infanta Cristina e Iñaki Urdangarin fue, durante años, la versión oficial del «y vivieron felices...» con sello institucional. Se conocieron en los Juegos Olímpicos de Atlanta, se casaron en Barcelona en 1997, y se convirtieron en el matrimonio moderno que parecía renovar la imagen de una monarquía encorsetada. Joven, deportista, profesional, europea. Todo parecía encajar.

Durante más de dos décadas compartieron vida y también familia: tuvieron cuatro hijos —Juan (nacido en 1999), Pablo (2000), Miguel (2002) e Irene (2005)— a los que criaron entre Barcelona, Washington y más tarde Ginebra. La imagen de familia real contemporánea funcionó… hasta que llegó el caso Nóos. Él fue condenado a cinco años y diez meses de prisión, ella, sentada en el banquillo. El ducado de Palma —regalo de boda— fue retirado por orden de su propio hermano, el Rey Felipe VI. Y, a pesar de todo, ella nunca le soltó la mano. Le visitaba en la prisión de Brieva con puntualidad, soportó la humillación pública y el juicio mediático. Calló, esperó y sostuvo. Hasta el final. O eso creía ella.

La Infanta Cristina y Pablo UrdangarinGtres

Porque cuando la tormenta mediática parecía haber amainado, llegó el golpe más íntimo: las imágenes de Urdangarin paseando por la playa de Bidart con Ainhoa Armentia, su nueva pareja. Manos entrelazadas, gestos de complicidad... y un detalle insoslayable: todo ocurrió antes de que el matrimonio anunciara oficialmente su separación. Las fotos circularon como dinamita y marcaron el punto final —desleal y doloroso— a una historia que empezó como cuento de hadas y acabó como drama de sobremesa.

Desde entonces, cerró la puerta del corazón con doble vuelta de llave. Según recoge la revista y confirman fuentes cercanas al citado medio, «sigue diciendo que no rehará su vida sentimental; que le gusta su soledad porque está rodeada de mucho amor». Y no parece una pose: es una convicción. Nadie habla de tristeza, sino de paz. De haber aprendido —con sangre, tabloides y paciencia— que a veces el amor no es refugio, sino ruina.

En Ginebra

Desde 2013, Cristina vive en Ginebra, una ciudad donde se puede pasear sin que nadie te señale con el dedo. Allí trabaja desde hace más de una década en la Fundación La Caixa como directora de programas internacionales y, sobre todo, ha encontrado una libertad emocional que no parece dispuesta a negociar. Aunque ha adquirido recientemente un piso en Barcelona —ciudad de sus recuerdos matrimoniales y de su círculo más estable—, no tiene intención de volver a España de forma permanente. Según fuentes cercanas citadas, valora su independencia, su trabajo y su anonimato. Es esa mujer que «va con una tablet en la mano y una maleta en la puerta».