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Iñaki Gabilondo con su mujer Lola

Iñaki Gabilondo con su mujer Lola CarreteroGTRES

El cáncer que Iñaki Gabilondo superó en silencio junto a Lola, su mujer

El periodista afrontó en secreto un cáncer de colon mientras lideraba las mañanas de la SER

No todo el mundo lo supo entonces, pero mientras medio país despertaba cada mañana con su voz, Iñaki Gabilondo estaba librando otra batalla en silencio: una contra el cáncer y con un pronóstico que lo situaba más cerca del riesgo que de la salida. Solo una persona conocía la verdad: su esposa, Lola Carretero, con quien lleva más de treinta años de relación, y que fue quien sostuvo el secreto y, en buena parte, su vida.

Iñaki Gabilondo y Lola Carretero

Iñaki Gabilondo y Lola CarreteroGTRES

Para entender la magnitud de aquel silencio hay que recordar quién era y qué papel ocupaba entonces. Nacido en San Sebastián en 1942, no solo se convirtió en un periodista de éxito, sino en la voz de referencia de la radio española. Su nombre quedó ligado para siempre a Hoy por Hoy, el matinal que dirigió durante más de dos décadas en la Cadena SER y con el que logró arrebatar a Luis del Olmo el liderazgo de las mañanas. Fue en pleno apogeo profesional cuando llegó el golpe. En 2004 le diagnosticaron un cáncer de colon «muy malo». Lo ocultó por completo: ni el equipo, ni los oyentes ni los directivos sabían nada. Solo Lola. Y se ha sabido ahora, porque lo ha relatado por primera vez en el programa En Primicia (La 2), donde explicó el alcance real de la enfermedad. Los médicos fueron claros con su mujer: «A mi mujer le dijeron que tenía un 70% de posibilidades de no salir».

Al estudio con dolor

El tratamiento fue largo y contundente: quimioterapia, radioterapia y una operación de por medio. Aun así, el locutor no dejó la antena. Cuando superó la fase más incapacitante, retomó el programa y siguió el resto del tratamiento trabajando en directo. No era una forma de hablar: durante meses acudió al estudio con dolor, agotamiento extremo y los efectos secundarios propios de la quimio y la radio. Él mismo admitió que necesitaba fuertes analgésicos para poder sentarse ante el micrófono: «Me iba con cinco nolotiles encima y aun así seguía.» Para el veterano comunicador, la radio funcionó como refugio psicológico: lo mantenía en rutina y le impedía hundirse en el miedo. Como él mismo resumió: «El micrófono me daba fuerza.»

Durante aquel periodo, Carretero no solo estuvo a su lado: se ocupó de mantener la vida cotidiana en pie. Su objetivo era que en casa no todo girara en torno a la enfermedad. Usaron el humor como vía de escape y organizaban pequeñas «óperas» caseras o escenas improvisadas en el salón para conseguir que hubiera risa incluso en los días más duros. Además, ella controlaba la alimentación, los horarios y procuraba que la vivienda no se convirtiera en un hospital permanente. Con el tiempo, él mismo ha reconocido que su mujer fue mucho más que un apoyo emocional: llevó la parte práctica, la parte anímica y la parte doméstica. En palabras del propio periodista, Lola se convirtió en su brújula y en la persona que lo sostuvo cuando el cuerpo y la moral estaban en su punto más bajo.

Dos amores

Ese papel cobra aún más sentido cuando se observa el recorrido personal completo. Antes de Lola, su vida estuvo marcada por su primer matrimonio con Maite Egaña, su amor de juventud y madre de sus tres hijos: Iñaki, Urko y Ainhoa. Se casaron en mayo de 1967 y formaron su familia justo cuando su trayectoria comenzaba a despegar. Muy pronto llegó la enfermedad: Maite sufrió una insuficiencia renal severa que derivó en años de tratamiento, diálisis, un trasplante y, finalmente, un coma irreversible. Falleció en 1981, con solo 36 años, en plena etapa de despegue profesional del periodista.

Fue después de esa pérdida -y en un contexto personal y familiar muy frágil- cuando apareció en su vida Lola Carretero, entonces una periodista joven y sin hijos. La relación no comenzó en un terreno fácil: él era viudo y padre de tres niños pequeños, y ella entró en ese núcleo familiar cuando todavía pesaba el duelo y la reorganización doméstica. No solo inició una relación afectiva, sino que asumió también la convivencia y la responsabilidad cotidiana con los hijos del periodista, algo que él siempre ha señalado como decisivo en su reconstrucción personal. Con el paso del tiempo esa relación se consolidó y, finalmente, la pareja se casó en 1993, iniciando una segunda etapa vital mucho más estable, tanto en lo familiar como en lo emocional.

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