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Patricia Llosa Mario Vargas Llosa

Patricia Llosa, junto a su difunto marido Mario Vargas Llosa, en una imagen de archivoGTRES

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Así es la vida de Patricia Llosa cuando se cumple un año de la muerte de Mario Vargas Llosa

Durante décadas ejerció como el sostén invisible de una de las trayectorias literarias más influyentes en lengua española

Ha pasado un año de la muerte de Mario Vargas Llosa y, mientras el mundo literario continúa revisando su legado –de hecho, este mismo 13 de abril tendrá lugar en Madrid un homenaje impulsado por su hijo Álvaro Vargas Llosa, que reunirá a escritores, artistas e intelectuales–, hay una figura que ha elegido mantenerse exactamente en el mismo lugar discreto que ocupó durante más de medio siglo: Patricia Llosa, la mujer que lo acompañó hasta el final y que, tras su fallecimiento en Lima, ha construido una vida marcada por el silencio, la rutina y una forma de resistencia íntima que ayuda a entender, quizá mejor que nada, la biografía del Nobel.

A sus 81 años, Patricia sigue siendo, como él mismo dijo en Estocolmo, «la mujer que administra la economía y pone orden en el caos», solo que ahora ese orden ya no gira en torno a la vida pública del escritor, sino a la memoria compartida y a una cotidianidad mucho más recogida. Vive en la casa familiar del barrio limeño de Barranco, frente al mar, un lugar tranquilo donde sus días transcurren sin grandes cambios: madruga, lee, escribe, pasea por el malecón y mantiene el contacto con un círculo muy reducido de amigas de siempre.

En esa casa permanece intacta la biblioteca del autor, con manuscritos, primeras ediciones y objetos personales que no son solo recuerdos, sino parte de una vida construida durante décadas, desde los años en que todo empezaba hasta el reconocimiento internacional y también los momentos más difíciles.

Porque la historia de Patricia con el autor de La ciudad y los perros no se entiende solo desde el final, sino desde un vínculo que viene de mucho antes, casi desde la adolescencia. Prima del escritor y sobrina de Julia Urquidi, su primera esposa, se enamoró de él siendo muy joven, en un entorno familiar donde lo personal y lo literario siempre estuvieron entrelazados.

En 1965, un año después del divorcio de Vargas Llosa, se casaron y empezaron una vida en común muy definida: él, volcado en escribir y en su proyección pública; ella, ocupándose de todo lo demás, organizando, sosteniendo y dando estabilidad a un proyecto de vida que también era una obra. Tuvieron tres hijos (Álvaro Vargas Llosa, Gonzalo Vargas Llosa y Morgana Vargas Llosa) y formaron lo que llamaban «La Tribu», una familia muy unida que funcionó durante años como un bloque sólido.

Álvaro y su madre Patricia Llosa

Álvaro y su madre Patricia Llosa

Ese equilibrio se rompió en 2015, cuando el escritor inició su relación con Isabel Preysler, lo que supuso una ruptura personal y también una exposición mediática inédita en su vida privada. Patricia gestionó aquel momento sin declaraciones, sin malos gestos públicos, manteniéndose al margen pese al ruido. Hubo divorcio, reparto de bienes y casi siete años en los que desapareció de la escena, aunque nunca del todo del vínculo familiar.

El regreso del literato a Lima en 2022, tras su ruptura con Preysler, marcó un punto de inflexión. Patricia volvió a estar a su lado en un momento especialmente delicado, acompañándolo en sus últimos actos y, sobre todo, en la enfermedad que precedió a su muerte. Ese final compartido, lejos del foco, reforzó una idea que ha ido ganando peso con el tiempo: que su papel no fue circunstancial, sino constante, incluso cuando todo parecía haberse roto.

Mario Vargas Llosa y Patricia Llosa, en una imagen de archivo

Mario Vargas Llosa y Patricia Llosa, inseparables desde su juventudGTRES

Desde entonces, su vida se ha mantenido en un perfil muy bajo. Apenas ha hecho apariciones públicas, más allá de momentos muy concretos, como su visita al buque escuela Juan Sebastián Elcano durante la escala en Lima, donde coincidió con Leonor de Borbón, o su presencia en algún acto cultural puntual. Ha evitado homenajes masivos y ha optado por centrarse en lo esencial: sus hijos, sus nietos y su entorno más cercano.

También viaja a España de vez en cuando, especialmente a Marbella, donde pasa temporadas junto a su hijo Álvaro. Allí se la ha visto paseando con discreción e incluso en la clínica Buchinger Wilhelmi, un centro de bienestar al que acude para cuidarse.

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