La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz
La nueva melena de Yolanda Díaz y el plan que más le gusta hacer con su hija Carmela
La vicepresidenta segunda del Gobierno ha sorprendido en su última aparición con una nueva imagen
Hay figuras políticas que transitan por la vida pública sin despeinarse, y luego está Yolanda Díaz, una mujer que ha convertido su imagen en una extensión más de su discurso y que hoy ha vuelto a demostrar que su capacidad de metamorfosis no tiene límites. La vicepresidenta segunda del Gobierno ha sorprendido en su última aparición con un despliegue capilar que bien podría calificarse de estratégico: una melena rubia cargada de un volumen que roza lo televisivo, trabajada con tenacillas y un brushing que busca, ante todo, presencia ante la cámara. No es un cambio baladí; Díaz ha recorrido un largo camino estético desde aquella abogada laboralista de Ferrol que lucía un moreno riguroso y un corte casi militante, pasando por el rubio platino que marcó su despegue nacional y hasta aquellas trenzas de aire adolescente que tanto dieron que hablar. Lo de hoy, con capas largas y un cardado estratégico en la parte superior, parece ser el culmen de una estrategia para refinar su imagen pública, aportando un aire de autoridad y sofisticación que no deja nada al azar.
En esta misma jornada, la líder de Sumar ha querido mostrar su faceta más humana y cercana al confesar que ayer mismo salió a correr junto a su hija Carmela, de catorce años. Según su relato, durante esa sesión de running, varios ciudadanos la detuvieron, no para pedirle un autógrafo, sino para interesarse por la votación del decreto de alquileres que se celebra esta tarde. Resulta, cuanto menos, cinematográfico imaginar a la vicepresidenta en mallas, recuperando el aliento mientras explica los pormenores de la política habitacional a transeúntes que, según ella misma recalca, incluso le confesaban no haberla votado pero sí desear un alquiler razonable. Esta mezcla de vida privada y compromiso público es la que define la narrativa de una mujer que insiste en que su destino actual es el resultado de un esfuerzo titánico y unos orígenes humildes.
Y es que, bajo ese peinado perfectamente pulido, Yolanda siempre se encarga de recordar que su pasado está lejos de los salones de gala. Resulta curioso, e incluso un tanto irónico visto desde la altura de su actual cargo -con un sueldo que alcanza los 104.631,16 euros anuales-, escuchar a una de las mujeres más poderosas del país relatar cómo durante sus años de instituto tuvo que limpiar casas y poner copas en un bar para ayudar a la economía familiar. Hija y sobrina de históricos sindicalistas gallegos, creció en una casa donde el sueldo del astillero no siempre alcanzaba para todos, viendo a su propia madre limpiar hospitales para arrimar el hombro. Ese relato de la «hija de la clase obrera» que terminó fundando su propio despacho laboralista y defendiendo a trabajadores antes de saltar a la política municipal en 2003, es el que le otorga la credibilidad que intenta proyectar en cada una de sus medidas laborales.
Yolanda Díaz, con su hija Carmela, y su amiga Amparo Merino
Sin embargo, parece que este despliegue de energía y volumen tiene fecha de caducidad, pues ya ha anunciado que dejará el Congreso en 2027. Esta decisión responde a su deseo de recuperar una parcela de intimidad y dedicar más tiempo a su familia, especialmente tras su divorcio a principios de 2024 de Andrés Meizoso, el dibujante industrial gallego con quien compartió dos décadas de relación y con quien se trasladó a Madrid al inicio de su andadura ministerial. Su entorno espera que, tras su salida de la primera línea, regrese a la abogacía, aunque ella misma ha sorprendido al confesar su anhelo de matricularse en Filosofía, una disciplina que asegura que es lo que más le gusta del mundo. Hasta que llegue ese momento de retiro académico, la política seguirá navegando entre decretos de vivienda y sesiones de peluquería de alto impacto, recordándonos que se puede haber empuñado una bayeta en la juventud y, años después, manejar los hilos del Estado sin que un solo mechón de su voluminosa melena se salga de su sitio.