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Ivanka Trump en el museo de Tirana

Ivanka Trump en el museo de Tirana

Críticas a Ivanka Trump por comprar una isla de Albania y convertirla en un resort de lujo

La última joya virgen del Mediterráneo está a punto de convertirse en el búnker vacacional de los más ricos del planeta

Ivanka Trump y su marido, Jared Kushner, lideran a través de su firma Affinity Partners un macroproyecto de 1.400 millones de dólares (unos 1.000 millones de euros) para transformar la icónica isla de Sazan, en Albania, en un ultralujoso ecoresort privado.

Sazan no es una isla cualquiera. Estratégicamente situada entre el mar Adriático y el Jónico, a la entrada de la bahía de Vlorë, fue durante décadas el último bastión del aislamiento comunista. Antigua base militar soviética e italiana, la isla llegó a albergar búnkeres diseñados precisamente para defenderse del capitalismo occidental. Irónicamente, el lugar que antes era alto secreto militar ahora empieza a ser conocido localmente como Ishulli i Trumpëve (La Isla Trump).

Acompañada por un ejército de sesenta arquitectos, Ivanka visitó recientemente la costa de Vlora y la zona de Zvërnec. La hija de Donald Trump compartió en Instagram sugerentes vídeos de las aguas cristalinas y los paisajes verdes de la isla al son de música popular albanesa, una campaña de imagen que no ha servido para camuflar el descontento social. Durante su estancia, la empresaria mantuvo una reunión oficiosa y una cena con el primer ministro albanés, Edi Rama, quien ya ha dado su total aprobación gubernamental al proyecto.

Isla de Sazan en Albania

Isla de Sazan en Albania

A pesar de que los promotores se han asociado con la prestigiosa cadena Aman Resorts y prometen integrar los edificios en la topografía natural usando techos verdes para esconder el hormigón, las críticas en las redes sociales han sido demoledoras. El principal motivo de indignación es el cierre definitivo de un patrimonio histórico: los ciudadanos albaneses, que pasaron décadas sin poder pisar la isla por culpa del secreto militar, ven ahora cómo el territorio se privatiza por completo, vetando su acceso a cualquiera que no sea multimillonario.

El monumental desafío logístico de construir desde cero en una isla sin infraestructuras energéticas ha dividido a la opinión pública en plataformas como X, donde se mezclan el asombro por el riesgo empresarial con un profundo rechazo ético: «Lo comento porque pocos en Europa se animarían a hacer algo tan arriesgado. Es esa capacidad de tomar riesgos que parecen absurdos que distinguen a los norteamericanos de los europeos», defendía un usuario ante la magnitud de la obra.

Sin embargo, las voces de protesta e indignación son mayoritarias y cargan duramente contra los Trump y la supuesta complicidad del gobierno local bajo la tajante consigna de «Albania no está en venta». El descontento ha encendido las redes con ataques directos hacia la familia, donde un usuario exclamaba: «Si tienen éxito, seguirán siendo unos cabrones que usaron a nuestro gobierno para hacerse ricos. Que se jodan ellos y toda su familia para siempre. Ve y haz tus propias inversiones en tu país, no en el nuestro», una postura compartida por otro internauta que exigía la retirada inmediata del proyecto: «¡Aléjate de una puta vez, malditos estafadores! Esa isla pertenece a los albaneses. Están tan corruptos con el puto gobierno».

Esta ola de rechazo no solo ha cuestionado los lazos políticos del proyecto, sino que ha convertido en objeto de burla el propio relato de Ivanka Trump sobre cómo exploró el terreno. Su afirmación de que nadó descalza hasta esta isla mediterránea de 1.400 hectáreas y desconectada de la red para evaluar su próxima inversión desató de inmediato el escepticismo de los usuarios, quienes no tardaron en señalar la inverosimilitud física de su hazaña debido a la distancia real con la tierra firme: «Está a tres millas de la costa. ¿Ella nadó tres millas? Casi como si hubiera exagerado…».

El proyecto avanza a paso firme con el respaldo del ejecutivo albanés (el mismo enclave que la italiana Giorgia Meloni eligió para albergar centros de inmigrantes deportados), pero el «reto» de de levantar un destino masivo en una de las últimas costas intactas de Europa ya se ha topado con un muro de reproches que mezcla la soberanía nacional, el ecologismo y el rechazo a la especulación de su marca en el viejo continente.

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