25 de septiembre de 2022

<i>La última batalla</i>, de William Barnes Wollen (1898)

La última batalla, de William Barnes Wollen (1898)

Historia negra de Gran Bretaña: cuando el Ejército de Castigo arrasó hasta sus cimientos Afganistán

Para seguir con sus negocios en India, los ingleses nombraron a un nuevo rey, saquearon el país, subieron el precio de los alimentos y descargaron su ira contra los afganos en un acto de venganza por «un momento excepcional de absoluta humillación colonial»

Los afganos son los mejores guerreros del mundo. Han vencido en tres ocasiones a tres grandes imperios y cuando han sido aparentemente derrotados, han terminado por lograr la victoria como consecuencia de su resistencia indomable ante la adversidad.
Gran Bretaña tiene una casi inagotable historia de barbarie, rapiña, saqueo, matanzas sin cuento y explotación de otros pueblos y naciones que les debería hacer tratar a otras naciones de la tierra con enorme modestia.
En 1842, la Compañía de las Indias Orientales, empresa inglesa que explotaba casi todo el subcontinente indio para beneficio de sus accionistas, decidió enviar por segunda vez un ejército a Afganistán ahora bajo el nombre de ejército de castigo, una fuerza militar organizada para vengar la derrota que unos meses antes habían sufrido a manos de las tribus afganas.
En 1839, el emir de Afganistán fue depuesto por la Compañía para reponer a un Rey que hacía 23 años que vivía en el exilio del subsidio de los ingleses. El nuevo Rey se llamaba Shah Shuja. Los comerciantes británicos de las Indias tomaron esta decisión por miedo a que la Rusia de los grandes zares ocupase Afganistán, logrando así acercar sus fronteras a la India.

De no haber sido por nuestras actuaciones, habría habido abundancia de todo

La Compañía de las Indias Occidentales era una empresa sin escrúpulos y carente de todo principio. En su política para lograr riqueza, más riqueza y seguridad para sus negocios no tuvo ningún reparo durante la gran hambruna que asoló el norte de la India, a comienzos del siglo XIX, en impulsar el cultivo rentabilísimo del opio para cubrir la demanda del mercado chino en detrimento del cultivo de alimentos, lo que provocó varios cientos de miles de muertos en la India.
En 1839 en Afganistán volvía a gobernar Shah Shuja, sustentado por el dinero y un ejército inglés acantonado en Kabul. El ejército de la Compañía de las Indias Occidentales invadió Afganistán para imponer a este emir «inglés» contra la voluntad de buena parte del pueblo afgano. Las razones para marchar sobre Kabul eran, exclusivamente, estratégicas. Querían garantizar sus negocios en la India. La Compañía no defendían la legitimidad de Shah Shuja, ni quería ayudar a construir una nación como luego señalaría el propagandista colonial Kipling en su poema La Carga del Hombre Blanco, ni tampoco para introducir reformas de género que beneficiasen a las mujeres y niñas afganas. ¡Solo les preocupaba continuar su saqueo de la India! El delegado de la Compañía Macnaghten se convirtió en el gobernante del país afgano a la sombra de Shah Shuja.
Desde un principio, la convivencia entre afganos y soldados de su Graciosa Majestad provocaron enormes tensiones al no respetar estos las costumbres afganas, en especial en relación con su trato con las mujeres del país. Además, la presencia de su ejército provocó que el precio del grano y otros productos básicos subiesen un 500 %, lo que generó una importante hambruna entre la población más humilde de Kabul y tierras aledañas. El inglés Burnes escribía desde Kabul: «El grito del hambre se extendía por todos lados. Muchos no podían mendigar un pedazo de pan en un país donde, de no haber sido por nuestras actuaciones, habría habido abundancia de todo».
Todo esto provocó una rebelión que aniquiló al numeroso y poderoso ejército que había impuesto al nuevo emir y que garantizaba su continuidad en el trono. Los 4.500 soldados del general Elphinstone y los 12.000 civiles que los acompañaban fueron masacrados en su inmensa mayoría. Solo unos pocos salvaron la vida, quedando muchos de estos en manos de los afganos.
Si los ingleses fueron muertos o presos en Kabul, sus soldados nativos corrieron una suerte infinitamente peor. Los afganos se cebaron especialmente en ellos. Esta derrota y sus consecuencias causaron una profunda impresión en las tropas nativas, en los cipayos, que se vieron abandonados por sus oficiales ingleses en las nieves de los pasos y montañas de Afganistán, donde fueron diezmados hasta casi su desaparición. Estos regimientos serían los que se sublevarían en 1857 en la India contra la dominación inglesa.
Señala el historiador británico William Dalrymple que «los ejércitos coloniales modernos, más industrializados, estaban aniquilando a los ejércitos tradicionales de todo el mundo. Este constituye (la derrota de Afganistán) un caso único, fue un momento excepcional de absoluta humillación colonial». Esto los comerciantes ingleses no lo iban a perdonar.

Una venganza a cargo del Ejército del Castigo

Para vengar esta derrota enviaron al Ejército de Castigo mandado por el general Pollock, una fuerza que no hacía prisioneros ni daba tregua. Sus tropas nativas, los cipayos, a los afganos heridos les prendían fuego aprovechando sus ropas de algodón. En Istalif, recuerda Neville Chamberlain, «(...) no necesito decirte que no se salvó ningún varón mayor de 14 años. (...) Muchos fueron asesinados delante de mí; a veces no morían con el primer disparo y necesitaba un segundo (...) Algunos (de nuestros hombres) querían descargar su ira contra las mujeres. (...) Los actos de pillaje fueron terribles (...) Durante todo el día, los zapadores se dedicaron a quemar la ciudad».
El avance del ejército de Pollock era metódico, implacable y violento. Sus cipayos comenzaron a vengar las atrocidades que antes habían cometido los afganos con sus camaradas de forma sistemática. Decapitaban los cadáveres de los afridis y «llevaban sus cabezas, clavadas en las puntas de sus bayonetas, al campamento como señal de victoria». Pollock no tenían intención alguna de frenar este tipo de actuaciones. Un poblado en el que se habían descubierto bienes robados de británicos y uniformes de soldados asesinados fue reducido a escombros. Los ingleses arrancaron todos los tejados de las casas que encontraban y quemaron todo lo que podía arder. Arrancaron las vides y talaron todos los árboles, pues esta «eran la única medida para que los afganos sintieran el peso de nuestro poder, ya que ellos se deleitaban en sus sombras» .
El imperio más poderoso del siglo XIX se construyó a base del saqueo, la muerte y la injusticia. Gran Bretaña no necesita que nadie invente una leyenda negra: basta con leer su verdadera historia.
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