01 de julio de 2022

Representación casi contemporánea de los guardias varegos bizantinos , en una iluminación de Skylitzes Chronicle

Representación casi contemporánea de los guardias varegos bizantinos , en una iluminación de Skylitzes Chronicle

Picotazos de historia

La astucia de Harald III Hardradi

El Rey Harald Hardradi y el general Georges Maniakes participaron juntos en la campaña de Sicilia, pero sus personalidades eran igual de fuertes y tarde o temprano acabarían chocando

Los vikingos siguen manteniendo, hasta el día de hoy, una enorme fascinación. Esos individuos violentos, borrachos, astutos, llenos de buen juicio y, al tiempo, despreocupadamente fatalistas los encontramos en series de televisión, películas, libros, cómics, etc., para consumo del gran público. Pero de todos sus reyes y caudillos hay uno que destaca por haber tenido una vida de leyenda: Harald Sigurdsson, llamado Hardradi, que se traduciría como el duro gobernante o el despiadado.
Con 15 años combatió en la batalla de Stisklestad, viendo morir a su medio hermano san Olaf y teniendo que partir al exilio. Durante ese tiempo viajó y vivió muchas aventuras. Buscando fortuna se puso al servicio de los emperadores de Bizancio, primero como miembro de la Guardia Varega (tropas de élite compuestas por guerreros de origen nórdico) y luego comandando esta misma unidad. Del año 1038 al 1040 participó en la campaña de Sicilia que mandaba el general Georges Maniakes y que conquistó toda la franja oriental de la isla, incluida la ciudad de Siracusa. Pero las personalidades del comandante de los varegos y del general bizantino eran igual de fuertes, si no explosivas. Maniakes, brillante, orgulloso y físicamente un gigante que superaba los dos metros de estatura, no estaba dispuesto a que ese bárbaro exiliado, aunque pretendiera ser Rey en sus lejanas tierras, le tomara el pelo de ninguna de las maneras.
Las tropas de Jorge Maniaces vencen a los árabes en Sicilia

Las tropas de Jorge Maniaces vencen a los árabes en Sicilia

En la maravillosa obra de Snorri Sturlusson –la Heimskringla– donde recopiló las sagas de los reyes de Noruega desde sus míticos orígenes, tenemos la saga del Rey Harald Hardradi y de ahí saco la anécdota que les relato a continuación.
Era el año de 1038 y el ejército bizantino, junto con la guardia varega y mercenarios normandos, desembarcaron en la costa oriental de Sicilia. El terreno estaba inundado debido a unas recientes lluvias y Harald se apresuró a ocupar una zona alta y seca para que pudiesen acampar las tropas varegas. Cuando desembarcó el resto del ejército, el general Georges Maniakes comprobó que el terreno estaba inundado, casi empantanado, excepto por la pequeña altura que habían ocupado los varegos. Se acercó al campamento e, imperioso, exigió a las tropas de Harald que cediesen el lugar para que él pudiese levantar allí su tienda y las del personal de su Estado mayor. Harald se negó. «Las tropas de la guardia varega no están bajo el mando de Maniakes –alegó– aunque tienen orden de ayudarle, y el privilegio de elegir el primer lugar donde levantar sus tiendas. Además –concluye Harald– ellos llegaron primero». Maniakes insistió y la discusión fue subiendo de tono. Estaban a punto de desenvainar las armas cuando los más templados alzaron la voz pidiendo calma y dejando que la suerte lo decidiera. «Que los caudillos hagan una marca, cada uno, en una tablilla y estas se introduzcan en una bolsa. La que se saque será la que dé derecho a plantar las tiendas», sentenciaron sus hombres. A regañadientes, ambos caudillos aceptaron la propuesta. Maniakes hizo una marca en una tablilla y antes de introducirla en la bolsa es interpelado por Harald:
–«Quiero ver la marca que has hecho para estar seguro de que, por una casualidad, no hacemos la misma».
Accedió Maniakes y, con ambas tablillas en la bolsa, el juez designado procedió a retirar una. Cuando la iba a alzar para que todos la vieran, Harald se la arrebató y la arrojó al mar.
–«Por qué has hecho eso. Ahora no sabemos cuál era», espetó el general bizantino. «Era mi marca –respondió Harald– yo he ganado. La prueba la tenéis en la bolsa. La tablilla que queda en la bolsa tiene la marca de Maniakes».
El general bizantino sabía que había sido burlado, pero prefirió callar para mantener la unidad del ejército. Las tropas nórdicas y normandas admiraron la astucia de Harald, virtud muy apreciada entre esas gentes, pero fueron conscientes de que ambos líderes acabarían chocando, tarde o temprano.
Comentarios
tracking