Madrid durante la Guerra Civil
Cuando la embajada de Suiza protegió a refugiados en el Madrid republicano durante la Guerra Civil
La victoria del Frente Popular en febrero de 1936 alarmó al embajador suizo Karl Egger, que advirtió a su gobierno del riesgo de una nueva «noche de San Bartolomé» si la izquierda actuaba sin control
Al estallar la Guerra Civil, Egger se encontraba de vacaciones en Austria y sus superiores en Berna le desaconsejaron su vuelta a Madrid, por lo que fue reemplazado por su encargado de negocios, Émile Fontanel. El 23 de julio de 1936, éste describió la situación en Madrid a su gobierno como caótica, donde la autoridad había sido sobrepasada por las organizaciones revolucionarias de izquierda y no existía más que oficialmente.
A los siete días, en sucesivos comunicados, Fontanel no dudó en advertir a Berna del progresivo establecimiento de un sistema soviético en España, ante el proceso socializador de los medios de producción, hecho que haría peligrar con el tiempo los intereses y las inversiones suizas, especialmente en Cataluña.
En Barcelona, el vicecónsul Adolf Gonzenbach afirmó que la situación semejaba la existente en Rusia tras la Revolución bolchevique de octubre de 1917, con la diferencia de que aquellos que detentaban el poder en el capital catalana tenían miedo de perjudicar los intereses extranjeros, ya que éstos podrían indisponer a ciertos países europeos contra ellos.
La representación suiza se encargó, como el resto de Embajadas, de organizar expediciones de evacuación de tal manera que, a comienzos del mes de diciembre de 1936, unos 2.151 ciudadanos suizos habían abandonado el territorio español, la mayoría de los cuales se instalaron en la Confederación Helvética y sólo una minoría –180 personas– decidió residir en otros países, especialmente Francia. La socialización fue el motivo principal de la salida de los ciudadanos helvéticos.
Pero los diplomáticos suizos no sólo tuvo que defender, auxiliar y organizar la evacuación de sus ciudadanos sino también de un importante número de refugiados españoles. Efectivamente, al igual que la mayoría de las Embajadas, se procedió a la defensa y ejercicio del derecho de asilo diplomático debido a la intensa represión política, social y religiosa de los republicanos.
Debido a la escasez de espacio, la representación helvética en Madrid amparó sólo a 85 refugiados bajo su bandera, que fue izada en el Círculo Helvético y en dos pisos situados en las calles Príncipe de Vergara, número 41, y Marqués de Riscal, número 11. También se puso bajo protección diplomática el Hogar Suizo, situado en una finca cercana a lo actualmente es la calle López de Hoyos, propiedad de un empresario suizo, Jean Girod, afincando en España.
En un primer momento lograron ampararse numerosas familias suizas, ligadas al negocio de la relojería, pero también españolas como la familia Seco Ródenas; numerosos oficiales y trabajadores de los talleres de Jean Girod, como Fernando Zehr y Pedro Montes Muñoz; el general Borbón, que con el tiempo sería trasladado a otra Legación; el dentista doctor Frey y la familia Olona Armenteros, entre otras. Girod se encargó personalmente de procurar provisiones, ropa, mantas y colchones a los asilados.
Un año más tarde, los diplomáticos suizos defenderían, ante las autoridades del Frente Popular, que no había organizado «anexos» tardíos sino que, desde el mismo 18 de julio, se habían habilitado varios locales para el alojamiento y protección de ciudadanos suizos. Lógicamente, el número oficial de asilados en 1937 no se correspondía con el flotante que, durante el año anterior, se habían encontrado los diplomáticos suizos. Por ello, el número real de asilados siempre fue mayor.
Los refugiados españoles tuvieron que convivir, bajo pabellón suizo, en unas condiciones muy duras de existencia: con el temor constante a un asalto de las milicias revolucionarias, a un registro indiscriminado de la policía, a la llegada de noticias sobre el alcance de la represión en sus círculos familiares y de amistades, el temor a la incautación de alimentos, el hacinamiento y el miedo al estallido de enfermedades… situaciones que se produjeron, desgraciadamente, en algunas Embajadas durante la guerra.
A partir de 1937, se logró la evacuación de la mayor parte de los asilados, aunque unos 29 hombres que, por estar en edad militar, tuvieron que permanecer refugiados con consecuencias físicas y psicológicas importantes.
Tras la derrota republicana en la batalla de El Ebro y la superación de la crisis europea del mes de septiembre de 1938, el final del conflicto español fue vaticinado por la mayor parte de cancillerías. Por ello, el Gobierno Federal suizo decidió, finalmente, colocar a sus refugiados varones bajo la protección del consulado de Francia, el cual les amparó en distintas instituciones en Madrid hasta el final de la guerra. No obstante, algunos asilados ya habían sido trasladados a otros centros, como la antigua maternidad de la calle O´Donnell, con la ayuda del médico cirujano Julio Criado.
El 14 de febrero de 1939, dos semanas antes del reconocimiento francés y británico, Suiza dio el último paso, convirtiéndose en el decimocuarto país en reconocer de jure al régimen de Franco. Su Gobierno no sólo esperó a que los intereses económicos suizos en Cataluña fueran garantizados y recuperados, tras la toma de Barcelona por las tropas nacionales, sino también tuvo que dilatar el reconocimiento de jure hasta asegurarse un final digno a los asilados que continuaban en Madrid en diversas Legaciones.