la Puerta del Sol en la mañana del 29 de septiembre de 1868, de Urrabieta, en El Museo Universal
Amable Escalante, el general olvidado que luchó en Cuba y protagonista de la Revolución de 1868
Su vida, marcada por la lealtad a sus ideales y un espíritu indomable, ofrece una perspectiva única de los turbulentos años del siglo XIX en España
La historia española a menudo olvida a figuras clave, eclipsadas por nombres más relevantes. Amable Escalante Vera, brigadier y caballero de San Fernando, es una de ellas. Su vida, marcada por la lealtad a sus ideales y un espíritu indomable, ofrece una perspectiva única de los turbulentos años del siglo XIX en España.
Amable Escalante Vera, nacido en el seno de una familia donde las ideas liberales no eran ajenas a la mesa del hogar, heredó de su padre, Juan Escalante, un férreo compromiso con la libertad. En un tiempo en que la sombra de Fernando VII aún planeaba sobre España y la persecución a los liberales era una cruda realidad, la temprana vida de Amable estuvo marcada por la disidencia. No es de extrañar, por tanto, que la juventud de Amable no discurriera por los cauces más tradicionales de la tranquilidad y el orden.
Retrato de Amable Escalante por Landaluze
Su ingreso en el Colegio General Militar de Madrid en 1843, institución destinada a forjar los pilares del Ejército de la nación, parecía augurar una carrera castrense de impecable ortodoxia. Sin embargo, el destino, o quizás el temperamento intrínseco de Escalante, tenía otros planes.
La efervescencia política y social de la época era un caldo de cultivo para la insurrección, y el joven Amable no fue ajeno a los vientos de cambio. Dejó los claustros militares para sumarse a la causa del general Baldomero Espartero, figura polarizadora pero de gran ascendencia entre amplios sectores de la sociedad española. Esta decisión le cerraría temporalmente las puertas de la formación militar formal.
Carrera militar
Tras los disturbios que siguieron a su adhesión esparterista, y demostrando una notable perseverancia, consiguió ser admitido en la Escuela de Estado Mayor. Este giro en su formación no solo habla de su capacidad de adaptación, sino también de una profunda vocación militar que, a pesar de los contratiempos, buscaba su cauce. En julio de 1846, su esfuerzo se vio recompensado con la promoción a subteniente, con destino en el Regimiento de Infantería de Zamora.
El verdadero bautismo de fuego de Amable Escalante Vera llegaría poco después, en noviembre de 1847, cuando fue trasladado al Batallón de Cazadores de Tarifa. España se encontraba inmersa en las postrimerías de la Segunda Guerra Carlista, un conflicto que asolaba Cataluña y ponía a prueba la lealtad y el coraje de las tropas. Escalante se sumergió de lleno en la cruenta realidad de la guerra.
Durante 1849, participó en combates en las provincias de Gerona y Barcelona, en lugares como Cassà de la Selva, Amer, San Boy y Guissona, y se enfrentó a Cabrera en Cambrils. Su arrojo y determinación en el campo de batalla no pasaron desapercibidos, siendo reconocido con la prestigiosa Cruz de San Fernando de 1.ª clase por Real Cédula el 14 de junio de 1849.
Boceto de Amable Escalante en el periódico El Nuevo Siglo
Tras la intensidad de la campaña carlista, Escalante continuó su servicio militar en guarniciones como Manresa, Barcelona y Hostalric.
Sin embargo, su carácter, marcado por una independencia de criterio y una dosis de impetuosidad, le traería algunas desavenencias con la estricta disciplina castrense. No una, sino dos veces fue arrestado: la primera, por una ausencia sin permiso de su destino; la segunda, en 1850, por una más grave desobediencia a su coronel y por faltas de respeto a sus superiores.
Años después fue arrestado por desafiar al capitán de su batallón, pero logró huir de la prisión en la que se encontraba. El 17 y 18 de julio de 1854 acompañó al general Garrigó en la toma de la Plaza Mayor de Madrid, por lo que obtuvo el empleo de teniente. En 1855 fue destinado a la isla de Cuba con el rango de comandante.
En La Habana fue el encargado de dirigir el Regimiento de Cataluña y, después, el de la Reina. Volvió a España en 1859 y fue nombrado ayudante de campo del general Prim. Un año después combatió en la batalla de los Castillejos, hecho por el que recibió su segunda Cruz de San Fernando de 1.ª clase, tras la victoria en la batalla de Tetuán, combatiendo en Samsa y Wad Ras.
El ocaso del brigadier
El estallido de la Revolución de 1868 lo encontró en una situación comprometida: era ya teniente coronel, pero se hallaba en prisión desde el 17 de septiembre por su rebeldía. Fue la fuerza del pueblo la que lo liberó, abriéndole las puertas de su celda y devolviéndolo a la primera línea de la acción política. La noche del 29 de septiembre, en un acto que se convirtió en leyenda, escaló la fachada del Ministerio de la Gobernación y, una vez dentro, logró que los guardias depusieran sus armas.
Tras estos acontecimientos fue proclamado general y entró a formar parte de una Junta Interina de Gobierno y de la Junta Revolucionaria de Madrid. En octubre de ese año, el general Prim le nombró brigadier.
En enero de 1869 anunció su retirada de la política, buscando quizás un respiro de las constantes intrigas y cambios de rumbo. En febrero recibió un nuevo destino militar en el Ejército de operaciones de la isla de Cuba. Lamentablemente, su salud no le acompañaría en esta última aventura.
Fue en Santander, el 15 de agosto, donde su viaje llegó a su fin. Desembarcó gravemente enfermo de disentería, una dolencia que minó sus fuerzas y que le arrebataría la vida a los pocos días.