Los miembros de la Accademia dei Pugni milanesa
De las justas a las bibliotecas: así cambió la nobleza entre los siglos XVI y XVIII para no desaparecer
Si no se formaban adecuadamente, los nobles se arriesgaban a que personas de grupos sociales inferiores lo hicieran y les arrebataran esos puestos en la construcción del Estado Moderno
Desde el siglo XVI, los nobles se vieron obligados a estudiar por exigencias de la vida política, la cual cada vez requería más conocimientos específicos y actitudes más tolerantes. Hubo una parte importante de la nobleza que intentó participar en la construcción estatal de las monarquías autoritarias, concretamente en los campos de la política y la diplomacia, donde se debía saber idiomas, leyes y técnicas retóricas.
Si un noble deseaba estar en la corte, también debía formarse en lenguaje y cuestiones morales que planteaba el compromiso cortesano. Y no olvidemos que la corte reunía dos esferas: la alta administración y la Real Casa.
'Velada ajedrecística en la Corte del Rey de España', por Luigi Mussini (1886)
Además, la educación y la cultura otorgaban un nuevo sentido a la vida privada del noble. Un novedoso tipo de ocio fue sustituyendo progresivamente a los torneos y justas: el uso personal de la experiencia estética como fuente de entendimiento, consuelo y distracción en un mundo difícil. No todo era —aunque también— la caza, la fiesta y los banquetes. Por otra parte, el noble comenzó a ser juzgado por las normas culturales que se desarrollaron en cada siglo a partir de entonces. Por ello, la nobleza debía exhibir sus conocimientos y cultura a través de sus bibliotecas, pinacotecas, donaciones de obras artísticas a iglesias, sus residencias y viajes.
El noble adquirió obras de arte, se convirtió en un mecenas de artistas y protector de escritores. De esa manera logró la persistencia de su cultura nobiliaria, lo cual reflejó la flexibilidad de la nobleza y demostró una notable receptividad a las nuevas corrientes culturales del mundo que le rodeaba.
Los aristócratas adquirieron libros y pinturas creados por artistas de clase media, escucharon música creada por otros hombres y mujeres de orígenes humildes. Muy pocos nobles pintaron, pero muchos escribieron poesía, novelas y ensayos de reflexión moral y política.
Conforme el noble atravesó los siglos de la Edad Moderna (siglos XVI al XVIII), ya no solo se trató de ser educado o de haber estudiado algo, sino de defender un ideal cultural: el de aficionado a la cultura pero de buena cuna. Hombre o mujer cuya gracia natural, ingenio y buen gusto tuviera autoridad cultural e inspirara creatividad.
Lo que contaba era el talento y la experiencia del mundo, no tanto las citas pedantes ni los títulos universitarios. No obstante, algunos pensadores señalaron que era una contradicción en el fondo, pues las virtudes que defendían eran fruto de una esmerada educación.
Lectura de la tragedia de Voltaire: «El huérfano de China», en el salón de Madame Geoffrin en 1755, Gabriel Lemonnier
En el periodo ilustrado del siglo XVIII, la nobleza más próspera de la Europa occidental se veía a sí misma como una élite acaudalada que compartía valores e intereses con otras élites sociales. La Ilustración, como movimiento intelectual, promulgó nuevas formas de pensamiento, de educación y de abordar el conocimiento.
La fe de los ilustrados en las posibilidades del Estado para mejorar la vida de los ciudadanos provocó que los futuros hombres políticos quisieran conocer otros gobiernos y recabar conocimientos para su propio país. Viajar se establecía como el mejor modo de conocer al hombre y su relación con el mundo, por lo que las familias de la aristocracia comenzaron a enviar a sus hijos a diferentes ciudades europeas, con un tutor, para ampliar su educación y cultura.
La participación cultural, si bien aumentó la distancia entre nobles ricos y pobres, estrechó los lazos entre nobles ricos y plebeyos competentes. En los escenarios culturales, la alta nobleza se mezcló con escritores, artistas y científicos, pero no con nobles anticuados o rezagados. A estos últimos dedicó Jovellanos su sátira Sobre la mala educación de la nobleza, donde describió a un noble de alta descendencia, pero ignorante, sin virtud:
«Nunca pasó del B-A, ba. Nunca sus viajes
más allá de Getafe se extendieron.
(...) Examínale ¡Oh idiota! nada sabe.
Trópicos, Era, Geografía, Historia
son para el pobre exóticos vocablos.
(...) ¡Qué mucho, Arnesto, si del padre Astete
ni aun leyó el catecismo!
(...) ¿Y es éste un noble, Arnesto? ¿Aquí se cifran
los timbres y blasones? ¿De qué sirve
la clase ilustre, una alta descendencia, sin la virtud?»
En la Edad Contemporánea, la nobleza titulada sobrevivió y prosperó únicamente por su incansable adaptación a la modernización de la sociedad, aunque no todos los nobles pudieron acomodarse a los cambios. Los menos adinerados tuvieron poco espacio para maniobrar y, poco a poco, fueron abandonando el grupo, junto a aquellos que no comprendieron las dinámicas de cada siglo.
Sobrevivieron a base de amoldarse a la sociedad de su tiempo y de ceder elementos de su identidad particular. Esto constituye una paradoja más: la nobleza se fortaleció en este proceso de renuncia al mezclarse cada vez más con una sociedad en perenne modernización.