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El rey Titu Cusi Yupanqui

Fray Juan de Vivero, el misionero extremeño que convirtió al último Inca en el siglo XVI

Tras recorrer todo el territorio de América Central, se adentró en tierras peruanas, acompañado de su sobrino Gonzalo Pérez de Vivero. Se instaló en Cuzco y fue el fundador y primer prior del convento de san Agustín

Tras el nombramiento del Papa León XIV, el pasado 8 de mayo, en la persona del sacerdote norteamericano Robert Francis Prevost, la orden religiosa de san Agustín ha sido objeto de interés y atención por parte de la totalidad de la comunidad cristiana. El Papa Prevost realizó gran parte de su labor evangelizadora en Perú durante varias décadas. Es justo recordar a los primeros agustinos que llegaron al virreinato español para iniciar la labor misionera dentro del carisma agustiniano.

Llerena, aquella villa de la Baja Extremadura que alcanzó su máximo esplendor a partir de la entrada de la Edad Moderna, vivió durante los siglos XVI y XVII el fenómeno de la emigración al Nuevo Mundo de muchos de sus vecinos. Uno de ellos fue fray Juan de Vivero, de la orden de san Agustín, nacido hacia el año 1525.

Fue el mayor de los siete hijos del platero Alonso Pérez de Vivero y de Isabel de Valencia. Nuestro personaje, desde muy joven, se interesó por la religión. Sus padres lo enviaron a formarse a Salamanca y allí tomó el hábito de fraile agustino, instruyéndose tanto en la virtud como en las letras.

Decidió ejercer su apostolado en el Nuevo Mundo, siendo ya un eminente y famoso predicador. Se inscribió como pasajero en la Casa de Contratación de Indias de Sevilla y partió desde Sanlúcar de Barrameda el 13 de enero de 1560 con destino a Perú, por Nueva España, en la segunda misión organizada por el padre Pedro de Cepeda. El asiento practicado en los libros de pasajeros decía:

«Juan de Vivero, clérigo, natural de Llerena, hijo de Alonso Pérez de Vivero y de Isabel de Valencia, se despachó a las provincias de Perú, por la Nueva España, por cédula de su majestad, en la nao nombrada de Juan de Palencia».

Tras recorrer todo el territorio de América Central, se adentró en tierras peruanas, acompañado de su sobrino Gonzalo Pérez de Vivero. Se instaló en Cuzco y fue el fundador y primer prior del convento de san Agustín.

Una de las más importantes conversiones al cristianismo que hizo nuestro fraile agustino en Perú fue la del rey Titu Cusi Yupanqui, hijo natural de su antecesor Manco Inca. Titu fue el último señor que ocupó el trono de aquel imperio. Recibió el bautismo el 28 de agosto de 1568, según relató el mismo Titu Cusi en uno de sus escritos, recogidos en el siglo XVII por el cronista y fraile agustino Antonio de Calancha en su Crónica moralizada de los agustinos del Perú. En ella decía:

«Habiendo recibido carta de vuestra señoría, en las cuales se me pide que me convierta al cristianismo y diciéndome que eso conduciría a la seguridad del país, inquirí a Diego Rodríguez y a Martín de Pando respecto a quién era el monje principal entre aquéllos que se encontraban en el Cuzco y cuál la orden religiosa más aprobada y de más peso que allí hubiese. Me replicaron que el más floreciente era de san Agustín, y su prior, el sacerdote más importante del Cuzco. Oyendo esto me sentí más atraído hacia la orden de san Agustín que a ninguna otra. Escribí al prior rogándole que viniera en persona a bautizarme, porque prefería recibir el sacramento de él antes que de ningún otro. Se dio la molestia de venir a mi país y bautizarme, llegando acompañado de otro religioso, de Gonzalo Pérez de Vivero y de Atilano de Anaya, que llegaron a Rayangalla el 12 de agosto de 1568, hasta donde yo me dirigí desde Vilcapampa para recibir el bautismo. En esa aldea de Rayangalla estaba el dicho prior llamado Juan de Vivero y sus compañeros. Se me instruyó en las cosas de la fe durante quince días y, al término de ese tiempo, en el día de san Agustín, el prior me bautizó».

Adoptó el nombre de Diego y, como apellido, el del gobernador Castro. Actuó como padrino su sobrino Gonzalo Pérez de Vivero y, como madrina, doña Angelina Cica Ocllo. Después del bautizo, el prior Juan de Vivero permaneció durante ocho días más junto a Titu Cusi para educarlo en la Santa Iglesia Católica e iniciarlo en sus misterios.

Desde Quito, fray Juan volvió a España como delegado de la orden de san Agustín para rendir cuentas al rey, haciendo escala en Santafé de Bogotá, en el Nuevo Reino de Granada. Allí se entrevistó el 15 de abril de 1578 con el segundo arzobispo, el franciscano fray Luis Zapata de Cárdenas, también natural de Llerena, quien en una carta de esa misma fecha, dirigida a Felipe II, le decía:

«...y porque se le ofreció pasar de pasado por este reino y ciudad de Santafé, fray Juan de Vivero, de la orden de san Agustín, fraile muy antiguo de estas partes y que siempre ha servido a V. M. en ellas con muy buen ejemplo y respeto y ha hecho mucho provecho, me pareció escribir a V. M. portándola porque me prometió darla a V. M. en sus reales manos».

Ya de vuelta en España, Vivero entregó la carta de Zapata de Cárdenas a Felipe II, y este lo propuso para obispo de Cartagena de Indias y también para el obispado peruano de Charcas, pero no llegó a ocupar tales cargos. Se retiró a la ciudad de Toledo, donde falleció, sin saber exactamente la fecha de su óbito.