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Contra Abd el-Krim: entre el mito nacionalista y la tragedia de un pueblo

Las naciones necesitan mitos fundacionales y alimentar la llama común de pertenencia. Se convirtió en un adalid de la libertad, aunque su legado fue de destrucción y sangre por haber sobrevalorado su poder y su fuerza

Abd el-Krim en una entrevista con Luis de Oteyza para el diario 'La Libertad'

Abd el-Krim en una entrevista con Luis de Oteyza para el diario 'La Libertad'

No se puede negar que Abd el-Krim el Khattabi fue siempre un nacionalista. Reducir su actuación a la simple circunstancia de ponerse al frente de una rebelión de éxito fulminante, es simplificar los hechos. Desde la época de formación como estudiante, abrazó el nacionalismo. En su etapa melillense, cuando se llevaba bien con los españoles, estaba madurando sus ideas.

Pensaba que el enemigo de Marruecos era Francia y no España. Que los españoles se iban a contentar con mantener el dominio en la zona de Melilla y en la parte occidental Larache-Tetuán-Ceuta.

Para él, el colonialismo español consistiría en desarrollar las comunicaciones, sanidad, educación, etc., pero sin intervenir en la política del Rif. Gastar dinero renunciando al dominio político que quedaría en manos de los jefes tradicionales, garantes del orden a cambio de pensiones. Sostener indefinidamente la primera fase de lo que se llamó la penetración pacífica.

Cuando comprobó que la realidad difería de su diseño ideal, optó por la lucha armada. Por liderar un movimiento de rebeldía armada frente al español, por la guerra. En todos los supuestos de lucha por la independencia de un territorio, y el modelo americano estaba próximo, el líder ha de tener un valor y una osadía vanidosas. Tiene que sentirse capaz de encabezar un movimiento de resultados inciertos, confiar en sus posibilidades y creer que debe hacerlo antes de que otros se le anticipen.

Es la lógica del ideal que tiene que materializarse. Pero, el líder debe tener asimismo la capacidad de analizar las posibilidades de éxito y, por lo tanto, la probabilidad de que lo buscado se realice. En todas estas hazañas hay un coste, un sufrimiento compensando con el éxito. Si el éxito no tiene posibilidades de realizarse, el líder solo causará sufrimiento y destrucción.

Guerreros con Abd el-Krim, en el Rif oriental 1922

Guerreros con Abd el-Krim, en el Rif oriental 1922Real Academia de la Historia

Abd el-Krim se lanzó a la lucha y, gracias a una serie de factores de fortuna, se impuso a un Ejército español mal dirigido y presa del pánico y la desmoralización. En unos días se vio dueño de casi todo el Rif y pudo iniciar unas reformas tendentes a la creación de un Estado. Impuso el poder único, la cheraa aplicada por cadíes como ley en un país de caos sometido a la ley consuetudinaria aplicada por los jefes de tribu consistente en fuerza y venganza, el embrión de un ejército permanente, la asamblea política y la organización administrativa.

Todo ello siempre en estado de guerra. Había tenido suerte, los suyos le seguían sin críticas y eliminó a enemigos internos y rivales en el poder como El Raisuni. En ese estado de cosas, cayó en la sobrestimación y el desprecio al enemigo. Creyó que su proyecto era irreversible. Y no supo analizar la situación y el momento.

El Rif, aun uniendo Yebala y Gomara, era un país pobre de pequeños agricultores y ganaderos de muy difícil viabilidad económica. Sus primeros años se mantuvo gracias a los botines tomados a los españoles, a una nueva manera de exacción fiscal y a contratos de futuro sobre unas ricas minas que luego se descubrieron inexistentes. Sus apoyos externos fueron muy escasos: algunos comunistas europeos y un puñado de aventureros dispuestos a enriquecerse intermediando. La Sociedad de Naciones le volvió la espalda a un Rif que creía que debía ser independiente porque nunca había estado sometido al sultán.

Previamente, sus intentos de llegar a Fez fueron parados en seco por los propios marroquíes urbanos que desconfiaban más del rifeño que de los franceses. Francia dejaba riqueza, comercio, estabilidad; Abd el-Krim solo autoridad y guerra. Después se enfrentó a la misma Francia por el control de Beni Zerual. Cuando vio que sus posibilidades de expansión eran reducidas, se quedó como líder rifeño, nunca marroquí.

Abd el Krim tuvo un éxito inicial inesperado por sus dimensiones, se vio jefe de una república no reconocida y mantuvo un estado de independencia de facto. En esa situación, cabe preguntarse si no tuvo dudas acerca de la estabilidad del proyecto, si no pensó nunca que los países europeos a los que se enfrentó reaccionarían con dureza hasta acabar con él y su proyecto con una consecuencia de dolor, destrucción y muerte en su país.

Era cuestión de tiempo que España reorganizara un ejército más potente y se enfrentara a los rifeños. Cabe pues preguntarse si Abd el-Krim excluyó temerariamente una reflexión acerca de la fuerza que tenía para sostenerse y si era el momento para hacerlo. Como otros nacionalistas burgueses, pudo aprovechar los beneficios inmediatos de la protección extranjera y postergar la lucha por la independencia a un momento en que fuera posible hacerlo sin derramar la sangre de miles de personas arrastradas a la lucha o convencidas del valor de la empresa. Es decir, hasta que madurara la ocasión.

Cuando vio todo perdido, pactó la entrega a los franceses para iniciar un exilio dorado mientras sus seguidores tuvieron que afrontar la represión de los vencedores. No tuvo la grandeza de asumir la responsabilidad de la derrota al frente de los partidarios.

Al final, Abd el-Krim se convirtió en un mito nacionalista porque uno de los legados coloniales fue la creación del Estado nación en Marruecos. Las naciones necesitan mitos fundacionales y alimentar la llama común de pertenencia. Se convirtió en un adalid de la libertad, aunque su legado fue de destrucción y sangre por haber sobrevalorado su poder y su fuerza. La rebeldía frente a los españoles que administraban temporalmente el territorio, aunque vana, es el motivo de admiración.

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