El antiguo zar Nicolás II en Tsárskoye Seló tras su abdicación en marzo de 1917
Dinastías y poder
Tras la Revolución, el saqueo: así desapareció la legendaria bodega de Nicolás II
El asalto que sufrió el Palacio de Invierno por parte de la multitud terminó con habitaciones devastadas, muros destruidos, orificios de bala y cristales rotos en las antaño dependencias imperiales
En julio de 1918, la familia imperial rusa fue asesinada en Ekaterimburgo. Llevaban semanas en la casa Ipatiev y meses retenidos por los revolucionarios bolcheviques. Desde su primera estancia en Tsárskoye Seló, y tras el asalto al Palacio de Invierno en octubre de 1917, los Románov habían tenido que dejar atrás sus pertenencias.
Las propiedades imperiales dejaron de serlo, incautadas por los nuevos mandos comunistas. Apenas pudieron llevar consigo parte de las joyas de la zarina y las grandes duquesas, cosidas entre los forros de sus vestidos, y algunos objetos personales. Entre ellos, la valiosa colección de sellos de Nicolás II, que competía en cotización con la de su primo, el rey Jorge V. Pero atrás quedaba la incomparable bodega de los zares, que desapareció a causa de la rapiña desmedida de quienes se hicieron con el poder en aquella fatídica revolución.
El Gobierno provisional había creado un «comité de conservación» para tratar de documentar y preservar parte del patrimonio de los zares. Pero la situación con la que se encontraron tras la toma del poder por los bolcheviques resultó desoladora.
El asalto que sufrió el Palacio de Invierno por parte de la multitud terminó con habitaciones devastadas, muros destruidos, orificios de bala y cristales rotos en las antaño dependencias imperiales. Todo había sufrido destrozos y saqueo. Hasta el uniforme del difunto Alejandro II apareció desgarrado, junto a los vestidos de la zarina y pequeños artículos domésticos desparramados por doquier. Lo que la turba no robó, quedó destrozado: los baúles de roble en los que se almacenaba la vajilla y la porcelana, o los juegos de plata con útiles de escritorio. Sobre el suelo, valiosas miniaturas, marcos de cuadros, óleos atravesados por las bayonetas de los soldados y libros quemados. Los trajes de corte y las túnicas de baile de la zarina Alejandra fueron también presa de los saqueos.
El asalto al Palacio de Invierno representado en película de 1927, Octubre, de Serguéi Eisenstein
Parece que el comité quiso proteger los regalos que Nicolás II había recibido del Estado y de algunas visitas a países extranjeros (sables, jades chinos…), aunque no siempre fue así. Algunos de los propios supervisores de conservación se apoderaron de esos artículos para su uso personal. Otros objetos de metal se fundieron para «entregar al pueblo», mientras que los restantes se guardaron en depósito, tal y como describe William Clarke en su obra La fortuna perdida de los zares, que, aunque publicada hace ya varias décadas, sigue constituyendo un trabajo de referencia. El resto quedó confiscado.
Entre todo aquel patrimonio víctima del pillaje, se encontraba la legendaria bodega del zar. Había comenzado a agruparse bajo la emperatriz Isabel en el siglo XVIII y continuó ampliándose en las décadas siguientes. Se estima que contenía unas 50.000 botellas, con las mejores añadas de vino y licores, incluyendo el Château d’Yquem 1847, favorito de Nicolás II.
Era un botín demasiado preciado para muchos de esos soldados ya fanatizados con el ideario bolchevique. Aunque la entrada a los subterráneos en los que se guardaba la bodega estaba protegida por barras de hierro, estas fueron aserradas, pese a la protección que había instalado el comité:
Saqueo en el Palacio de Invierno, pintura de Iván Vladímirov
«Pusimos una guardia… la guardia se emborrachó. Reemplazamos a los hombres… los resultados fueron los mismos. Al principio rechazaban a los invasores y después bebían todos juntos», relató uno de los testigos.
También se intentó bloquear el acceso con cemento.
Tras el saqueo, el comité quiso vender parte de las botellas salvadas e incluso recibió una oferta de millones de rublos en oro por ellas. Pero seguía siendo difícil protegerlas. Cuenta Clarke que la solución pasó por arrojar vinos, licores y champanes al río y destruir deliberadamente todas las botellas en menos de veinticuatro horas.
«El noble líquido comenzó a caer a las frías aguas del Neva».
Estas empezaron a mostrar los «matices del arcoíris» hasta que las aguas grises del río llevaron lejos de San Petersburgo —entonces Petrogrado— el alcohol.
Aquello representó el fin simbólico de los tesoros personales de la dinastía Romanov. Uno de los símbolos del poder que colapsaba con el régimen zarista. Mientras tanto, la familia imperial esperaba su fatal destino en el sótano de la casa Ipatiev, en la que todos serían asesinados.
Otra de las bodegas imperiales, más nueva y ordenada construir por el propio Nicolás II en 1894, se encontraba en un lugar llamado Massandra, cerca de Yalta. Esta sí sobrevivió al expolio. Era la encargada de suministrar vinos al Palacio de Livadia, residencia imperial veraniega en Crimea. Durante la Revolución, las entradas a los túneles de esta bodega fueron selladas y camufladas hasta que las descubrieron las tropas de Stalin. Las botellas fueron evacuadas y numeradas durante la ofensiva alemana en la Segunda Guerra Mundial.