Fundado en 1910

Imagen de la fachada principal del Palacio Real de El PardoWikipedia

Del poder monárquico al poder franquista: contextualizar el Palacio Real de El Pardo

Los visitantes del Real Sitio merecemos conocer todo lo que sucedió allí: lo grandioso y lo oscuro, lo artístico y lo político, lo oficial y lo íntimo

El Palacio Real de El Pardo es un lugar pleno de Historia, de historias, leyendas populares y también de silencios. Ha sido escenario de cacerías reales, descanso de reyes, negociaciones diplomáticas…, y también del poder absoluto de un dictador. Su peso simbólico del poder en España se ha mantenido a lo largo de siglos de transformaciones.

Situado a apenas quince kilómetros de Madrid, el Palacio de El Pardo nació como coto de caza real en el siglo XV. Enrique III, Enrique IV, Carlos I…, así como Carlos III y Alfonso XII, estos últimos fallecidos en el Real Sitio, respectivamente. Cada uno dejó tras de sí una impronta gubernamental y de mecenazgo, cuyo legado perdura en los ámbitos histórico y artístico.

Fue bajo el reinado de Felipe II cuando el lugar empezó a adquirir el porte de residencia oficial, gracias a un proyecto arquitectónico que fusionó el clasicismo italiano con cubiertas de inspiración flamenca.

El Pardo se convirtió entonces en símbolo visual del orden monárquico: un espacio pensado no solo para habitar, sino para representar. Prueba de ello son sus decoraciones interiores, sus techos artesonados, sus tapices, y hasta la distribución espacial fueron diseñados para proyectar la imagen de una monarquía ordenada, jerárquica y divina.

El régimen que lo adoptó como sede

En 1939, la Jefatura del Estado se instala oficialmente allí, y el Palacio de El Pardo se convierte en residencia de Francisco Franco y sede de la Casa Civil del jefe del Estado. Allí vivió junto a su familia hasta su muerte (1975).

El edificio, transformado en símbolo del nuevo régimen, acogió reuniones ministeriales, cenas de Estado, recepciones internacionales. La figura del dictador habitaba no sólo los salones, sino asumió para el inmueble, al igual que para el régimen, una imperial y regia emblemática con reminiscencias de la Edad Moderna.

Estos símbolos iconográficos fueron colocados en su exterior: escudos, puestos en verjas, farolas y entradas: el águila imperial, el yugo y las flechas, la cruz de San Andrés. Todo un vocabulario visual que fusionaba un soberbio pasado con un presente autoritario.

Tras la muerte del dictador, el edificio fue reconfigurado como residencia para jefes de Estado en visita oficial. En definitiva, se conservaba su carácter institucional.

En la actualidad Patrimonio Nacional busca devolverle su «dignidad institucional», mediante la eliminación discreta de los vestigios franquistas que aún permanecían en él. Se basan en la Ley de Memoria Democrática (2022) que obliga a retirar símbolos que exalten la dictadura, salvo que tengan un valor artístico o arquitectónico que justifique su conservación con una reinterpretación.

Llegados a este punto, cabe plantearse una incómoda pregunta: ¿es legítimo —o incluso ético— imponer una forma de damnatio memoriae sobre el Pardo del generalísimo?

Siguiendo esa lógica, ¿debería Patrimonio Nacional haber retirado también parte de la obra de Goya? Basta recordar los cartones que el pintor aragonés realizó para decorar el Palacio de El Pardo, hoy conservados en el Museo del Prado. Lejos de ser simples escenas decorativas, muchas de estas composiciones enmascaran una crítica velada a la monarquía, la aristocracia o las desigualdades sociales de su tiempo. Aun así, nadie cuestiona su valor: forman parte indiscutible de nuestro patrimonio cultural, y nos ayudan a entender una época en toda su complejidad.

Del mismo modo, los vestigios de otras etapas de nuestra historia —incluidas las más recientes— deben abordarse desde la responsabilidad institucional y la madurez democrática.

Como establece la Ley de Patrimonio Histórico Español (1985), «los bienes que integran el patrimonio histórico han de ser conservados, enriquecidos y transmitidos a las generaciones futuras, cualquiera que sea su origen o su signo». Preservar el legado no implica asumir sus ideologías, sino comprenderlas en su contexto y desde la distancia crítica que da el paso del tiempo.

Aun así, en marzo 2024, Patrimonio Nacional retiró finalmente el escudo de la verja principal. No hubo comunicado solemne ni contextualización pública. Se hizo rápido, sin ceremonia. Como quien quiere que no se note que alguna vez estuvo ahí. Esto se debió a que en febrero de 2024 la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) denunció ante la Fiscalía la persistencia de símbolos franquistas visibles en El Pardo.

¿Qué sucederá con los símbolos del interior del inmueble?

Los criterios de preservación o conservación de los Bienes Históricos-artísticos no son solo tema de lo legal. Son simbólicos. El Palacio de El Pardo sigue siendo un espacio institucional.

Cada vez que se recibe allí a un jefe de Estado extranjero, se escenifica una idea de continuidad histórica. Por eso importa tanto cómo se lee ese lugar. Porque no es lo mismo presentarlo como legado de la monarquía ilustrada que como centro de decisiones de un régimen autoritario.

La arquitectura no es neutra. La decoración tampoco. ¿Qué se dice —o se omite— en las visitas oficiales? ¿Qué se conserva? ¿Qué se borra?

Maxime si no existe aún un catálogo oficial completo de los vestigios franquistas en el palacio. Ni se conoce si los emblemas o insignias interiores han sido catalogados, reinterpretados o simplemente olvidados.

España ha optado durante décadas por un tipo de gestión del pasado que roza la amnesia. Paradójicamente, durante la democracia los sucesivos gobiernos no construyeron una narrativa analítica sobre El Pardo. No se transformó en museo de la memoria ni en espacio de interpretación. Se mantuvo su función protocolaria sin demasiadas explicaciones.

Pero hoy, bajo la presión social, las leyes y una conciencia histórica más exigente, eso está empezando a cambiar.

Aunque los gobernantes actuales pretendan hacer un «lavado de cara» del Palacio de El Pardo tanto desde lo ético como estético. Mientras no exista un catálogo completo de símbolos franquistas de su interior, mientras no se reinterpreten los espacios que usó la dictadura, mientras no se integre esa historia en las visitas públicas, seguirá siendo un lugar que oculta más de lo que enseña.

Epílogo: lo que queda por hacer

Tal vez haya llegado el momento de que El Pardo deje de ser únicamente un lugar de representación institucional, para convertirse también en un espacio museístico donde se exponga y se reflexione sobre la verdad histórica.

A nuestro juicio, se trata de decir: esto sucedió aquí. Y, esa es la tarea pendiente que debe asumir Patrimonio Nacional.

Se trata de abrir las habitaciones que siguen cerradas. De explicar por qué estuvieron tanto tiempo clausuradas. Y de entender que la memoria no se construye con silencio, sino con palabras.

La historia no se puede borrar con un solo gesto, ni con una retirada apresurada de símbolos tanto in situ como en la página web de la Institución responsable. El pasado no desaparece porque dejemos de nombrarlo.

Y es precisamente por eso que los visitantes del Real Sitio —todos nosotros, en realidad— merecemos conocer todo lo que sucedió allí: lo grandioso y lo oscuro, lo artístico y lo político, lo oficial y lo íntimo.

Negar es infantilizar la memoria

En consecuencia y siguiendo la Ley, ¿qué debe conservarse en El Pardo? Objetos o decoraciones que tienen valor artístico, arquitectónico o histórico, de todas las épocas incluida la franquista. Pero deben ser contextualizados, es decir, explicados (por ejemplo, en una sala museográfica o con carteles informativos, publicaciones, página web…).

Esto permitirá preservar el patrimonio, sin rendir culto a la dictadura. Ya que recordar no es hacer propaganda: es asumir la complejidad de ser humanos, con nuestras distintas formas de vivir la política, mirar el poder y asumir el pasado.

Al igual que Goya, nunca cerremos los ojos. Solo cuando nos atrevamos a mirar de frente cualquier vestigio de nuestra historia nacional —sin maquillaje— podremos hablar de una memoria democrática, y no solo decorativa.