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Nieves Fernández instruye a un soldado estadounidense en tácticas guerrilleras

Nieves Fernández instruye a un soldado estadounidense en tácticas guerrillerasWikipedia

Picotazos de historia

Nieves Fernández: la guerrillera filipina que aterrorizó a los japoneses en la Segunda Guerra Mundial

Maestra de profesión, Nieves Fernández creó una eficaz red de guerrilleros durante la invasión japonesa de Filipinas

En las islas Filipinas la denominada Región VIII es una división administrativa que engloba a tres islas principales (las de mayor tamaño): Samar, Leyte y Biliran.

A su vez la región se subdivide en seis provincias: Biliran, Leyte, Samar del sur, Samar, Samar del este y Leyte del sur. A estas provincias hay que sumarle dos ciudades con autonomía administrativa: Ormoc y Tacloban.

La ciudad de Tacloban es el mayor núcleo urbano de la Región VIII y prueba de su importancia es el hecho de que desde el 20 de octubre de 1944 hasta el 27 de febrero de 1945 fue sede del gobierno de la Mancomunidad de Filipinas.

El origen del municipio hay que situarlo en torno al año de 1780, cincuenta años después es declarado capital de la isla de Leyte, lo que prueba la importancia de su situación estratégica y de su puerto. Se desarrollará como un importante centro comercial.

Esta prosperidad se basará en el comercio y exportación de la copra y del abacá o cáñamo de Filipinas. Y así trascurrió la vida en la isla hasta el 25 de mayo de 1942. Ese día fuerzas japonesas desembarcaron en Leyte, hollando su suelo e iniciando una sangrienta pesadilla para los habitantes de la isla.

Ahora me gustaría hablarles de una personita –apenas media 1,60 metros de estatura, pero es una prueba de que el valor no tiene raza, ni tamaño, ni sexo– que fue muy importante para la isla de Leyte y para las Filipinas durante los duros años de la guerra. Para empezar apenas se sabe casi nada sobre ella, tanto antes como después de la Segunda Guerra Mundial.

Se llamaba Nieves Fernández y se cree que nació en torno al año de 1906, en alguna parte de la isla de Leyte. Ella decía que la bautizaron como Nieves por el tono claro de su piel. También se piensa que debió fallecer en torno al año de 1997 en la isla. Como pueden ver es una persona que jamás abandonó su isla de nacimiento, pero prácticamente todo acerca de ella es un misterio.

Se sabe que pertenecía al pueblo waray. Dentro del grupo de los leyteños (habitantes de Leyte), la etnia predominante en la parte norte de la isla era mayoritariamente perteneciente al pueblo waray, quienes son un subgrupo del pueblo Bisaya que forma el cuarto grupo etnolingüistico en importancia de las Filipinas.

Volviendo a la protagonista de nuestra historia. Hay bien fundadas sospechas de que debió casarse y que su marido murió joven. Cuando los japoneses desembarcan en Leyte, Nieves está trabajando como maestra en una modesta escuela de Tacloban. Según ella misma declaró a un periodista, en noviembre de 1944.

«Cuando llegaron los japoneses tomaron todo cuanto les apeteció». La pequeña maestra perdió todo cuanto tenía. Aquello que no le robaron, fue destruido. Quemaron la escuela y amenazaron con llevarse a los niños. Desde ese momento sabemos más sobre Nieves Fernández, para desdicha de los japoneses.

La señora se internó en la selva –equivalente filipino a nuestro castizo «echarse o hacerse al monte»– y organizó un grupo de resistencia. Al principio ella misma se encargó de buscar por la ciudad voluntarios y nuevos reclutas. En poco tiempo la unidad que había formado contaba con más de cien combatientes, pero apenas tenían tres fusiles. Pronto cambiarían las cosas.

Nieves se instaló en la selva al sur de la ciudad de Tacloban. Instruyó a sus seguidores en la fabricación de armas improvisadas, supliendo carencia con ingenio –ella misma utilizaba al principio una escopeta casera construida a partir de una cañería–, y de artefactos explosivos.

La dulce señorita Fernández que los niños obedecían se transformó en una peligrosísima experta en el manejo del bolo (ancho cuchillo de forma característica capaz de decapitar a una persona) y en una tiradora consumada. Decían que había matado personalmente a más de doscientos japoneses

Vestida de negro, atacaba por las noches a los puestos de guardia japoneses, a sus líneas de comunicación y de transporte, a sus depósitos. Daba igual que fueran de municiones, combustible o suministros para el ejército, ninguna unidad ni estructura de los invasores japoneses, al sur de la isla, estaba libre del zarpazo de la resistencia.

A Nieves empezaron a conocerla como «la muerte silenciosa» debido a su habilidad con el sigilo y a que su arma favorita era el bolo. Poco a poco fue controlando el sur de la ciudad, después el sur de la isla.

Sus soldados la llamaba capitana Fernández, pero ella jamás alcanzó un grado superior al de sargento y eso porque a efectos de colaboración la encuadraron en una compañía norteamericana de intendencia, en el estado mayor del batallón en el 95º regimiento de infantería de los EE.UU.

Para entonces, el desembarco norteamericano en la isla de Leyte fue el 20 de octubre de 1944, los combates en la isla eran intensos. Nieves Fernández fue inmediatamente contactada por los aliados. Era famosa. Los japoneses había puesto precio a su cabeza. Estaban dispuestos a pagar 10.000 rupias a quien la denunciara. Nadie lo hizo jamás.

En noviembre de 1944 el fotógrafo Stanley Troutman sacó una histórica fotografía a la feroz jefa de la guerrilla. Nieves, que lleva en bandolera un fusil M1 Garand, esa instruyendo sobre el uso del bolo al soldado Andrew Lupiba, quien tiene cara de apreciar la profesionalidad de la señora.

Nieves Fernández fue desmovilizada, fue licenciada del ejército norteamericano, el 31 de mayo de 1945. Desde ese momento volvió a desaparecer. Tal vez volvió a ejercer su profesión de maestra en alguna pequeña población de Leyte. Probablemente debió de pensar que el tiempo de matar había terminado y de que debía instalarse en algún otro lugar para empezar una nueva vida.

La más famosa comandante de guerrillas en las islas Filipinas, y la única mujer comandante de unidades de guerrilleros durante la Segunda Guerra Mundial, desapareció sin dejar rastro. La guerra la había obligado a salir de su apacible vida. Solo espero que, una vez que la guerra terminó, haya encontrado esa paz de nuevo.

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