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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Pedro Sarmiento de Gamboa, el desdichado explorador del 'Fin del Mundo'

El rey Felipe II le encargó poblar la tierra más inhóspita del planeta y defender el paso descubierto por España entre Atlántico y Pacífico: el estrecho de Magallanes. El fin del mundo

Pedro Sarmiento de Gamboa

Pedro Sarmiento de Gamboa

Descubrí personalmente al personaje en el transcurso de la última expedición en todoterreno del mítico Camel Trophy. Fue en Tierra del Fuego (Argentina), tras haber cruzado la Patagonia, en agosto de 1998, o sea, en pleno invierno y a 22 °C bajo cero, en su extremo sur. En la bahía Lapataia, al lado de un cartel que ponía «Alaska 17.848 kilómetros», donde los cauquenes (avutardas antárticas) se dejaban fotografiar a tres metros sin asustarse del humano, Miguel de la Quadra-Salcedo, ¿quién si no?, me habló con admiración de aquel gran explorador Pedro Sarmiento de Gamboa, a quien el rey Felipe II le encargó poblar la tierra más inhóspita del planeta y defender el paso descubierto por España entre Atlántico y Pacífico: el estrecho de Magallanes. El fin del mundo.

Sarmiento de Gamboa nació, por casualidad, en Alcalá de Henares en 1532, hijo de Bartolomé Sarmiento, pontevedrés, y María Gamboa, bilbaína, pero pasó su infancia y juventud en la casa paterna de la hermosa ría gallega, aprovechando su tiempo en conseguir una potente formación intelectual, hasta que a los 18 años optó por la carrera de las armas y se alistó en los ejércitos del emperador Carlos.

Fue un buen soldado y un avezado marino; valiente y tenaz, también fue un hombre de gran cultura científica: cosmógrafo, matemático, escritor, historiador y astrólogo, humanista y librepensador, lo que le acarreó, claro, más disgustos que aprecios y, lo peor, una desdichada fortuna. Sus hazañas no obtuvieron recompensa alguna, sino que culminaron en desgracias. Pero fue grande su empuje, extraordinarios sus descubrimientos y merecido el recuerdo, que tan solo algunos estudiosos han querido rescatar, de su azarosa vida.

Tras cinco años, de 1550 a 1555, combatiendo por toda Europa y especialmente en Flandes, cruzó el Atlántico y llegó a México. Allí tuvo su primer gran tropiezo. La Inquisición le sentenció a ser azotado en la plaza de Puebla por hacer burla de un auto de fe y fue expulsado del virreinato, por lo que pasó al del Perú, donde se asentaría por muchos años, culminando allí su formación náutica y cosmográfica, que le valió una gran reputación. Pero, de nuevo, su afición a la astronomía le provocó nuevos choques con los inquisidores, que acabaron por llevarle a la cárcel y a otra condena, en 1565, al destierro.

Pero el arzobispo de Lima le levantó la pena. La razón era una gran expedición armada por los comerciantes más ricos y auspiciada por el propio presidente de la Audiencia y virrey en funciones, Lope García de Castro, que partía nada menos que a buscar unas islas que se suponían llenas de oro, donde estarían las míticas minas del rey Salomón, la tierra de Ofir, y Sarmiento de Gamboa era el único con los conocimientos y la capacidad necesaria para navegar por aquellas aguas del inmenso océano Pacífico.

Le dieron el mando de una nave y se le encomendó trazar la ruta, pero el mando de la flota recayó en Álvaro de Mendaña, con tan solo 22 años y sin apenas experiencia marinera, pero que era sobrino de García de Castro. Este varió la derrota trazada por Sarmiento, que los hubiera llevado a Australia, y con lo que se topó fue con un archipiélago que, creyendo las leyendas, bautizó como Islas Salomón. No encontraron oro, pero la rivalidad entre ambos se volvió enconada y, al retorno, quien acabó ante la Audiencia de Lima fue, de nuevo, Sarmiento de Gamboa.

Le salvó el virrey recién llegado, Francisco Álvarez de Toledo, impresionado por sus argumentos y clara exposición de lo sucedido. No solo ello: lo nombró cosmógrafo general de los reinos del Perú, viajando juntos por todo el virreinato entre los años 1570 y 1572, y que culminó en una magna obra de Sarmiento titulada Historia índica, que, tras describir geográficamente el territorio, relata la historia de los incas y la conquista española.

Descubrimiento del estrecho de Magallanes

Ilustración del siglo XIX mostrando a Magallanes cruzando el estrecho

El ataque del pirata Drake a las colonias indefensas del Pacífico, tras atravesar el estrecho de Magallanes –hasta aquel momento, 1578, más de medio siglo tan solo conocido por los españoles–, hizo saltar todas las alarmas. Sarmiento persiguió a la única nave que quedaba a flote de la flotilla pirata, pero no pudo darle caza, pues ya había abandonado la zona y logrado llegar con un inmenso tesoro a Londres. La decisión del virrey, aprobada por Felipe II, fue entonces la de poblar el estrecho y bloquear con un potente fuerte su paso.

Se encomendó esa tarea a Sarmiento de Gamboa, que retornó a España, fue nombrado gobernador y capitán general del Estrecho, y se armó una expedición de 23 naves para acometer la empresa. Pero se dio el mando de la flota al inepto Diego Flores Valdés. En la expedición también embarcó Alonso de Sotomayor, nombrado gobernador de Chile, que se dirigía allá con sus tropas.

La primera salida a mar abierto ya fue desastrosa: una primera tormenta les hizo volver a puerto tras perder cuatro naves. Lo intentaron otra vez dos meses después, en diciembre de 1581, con 16 navíos, pero Flores se detuvo en Cabo Verde hasta febrero, donde perdieron gente por muertes y deserciones. Finalmente, logró llegar a Río de Janeiro en marzo, pero allí se demoró otros seis meses esperando mejor tiempo.

Llegados al fin al Río de la Plata, Sotomayor, harto, desembarcó con sus tropas y emprendió por tierra su camino a Chile. Bien hizo. El inútil Flores Valdés, ya solo con cinco naves y, una vez llegado al estrecho, no fue capaz de entrar por el mal tiempo y desistió de hacerlo. Dejó a Sarmiento de Gamboa con una sola nave y 338 personas, de las que 13 eran mujeres y 10 niños, y él, con las otras cuatro, regresó a España. Da prueba de su calaña esta frase de despedida al serle reprochado su acto cobarde: «Me da un cuarto que se mueran todos y todas. No sé para qué quiere el rey poblar las Indias».

Sarmiento de Gamboa logró penetrar en el estrecho, pero en la Segunda Angostura el mar lo «escupió» de nuevo fuera, por lo que desembarcó en cabo Vírgenes, donde fundó un primer enclave: Nombre de Jesús. Al poco, la falta de recursos del entorno le aconsejó dividir el grupo, por lo que 150 partieron y, a 80 leguas, fundaron ya en el estrecho la ciudad Rey Felipe. Se construyeron casas, cuatro fortines, se emplazaron cañones y se prepararon para afrontar el terrible invierno austral.

Presentación de Sarmiento a la reina Isabel I de Inglaterra estando prisionero de los ingleses en 1585

Presentación de Sarmiento a la reina Isabel I de Inglaterra estando prisionero de los ingleses en 1585Wikimedia Commons

La escasez de víveres hizo que Gamboa saliera con el barco a buscar suministros, logrando llegar a Río de Janeiro. Desde allí, y por dos veces, intentó regresar con vituallas, pero no pudo lograrlo por las tempestades. En una se fue a pique, salvándose milagrosamente y llegando a la costa aferrado a un madero.

No cejó en su intento. Emprendió viaje a España para armar otra flota y regresar en auxilio de los que habían quedado en la terrible desolación patagónica. La mala suerte se cebó en él. El barco en el que iba fue apresado por el pirata inglés Walter Raleigh y llevado a Inglaterra. Allí pareció enderezarse el asunto: la reina Isabel lo liberó con un mensaje para Felipe II, pero cuando estaba a punto de atravesar la frontera, tras ser desembarcado en Calais, de Francia con España, fue apresado por un noble bearnés, un hugonote, que exigió rescate. La Corona, ante la desesperación de Sarmiento de Gamboa, que no dejaba de clamar al rey que socorriera a su gente, tardó cuatro años en pagarlo.

Puesto en libertad, aún intentó una vez más, pero su mal hado acabó definitivamente por vencer su tenacidad. En 1591, nombrado almirante de una de las flotas para proteger a las naves de las flotas de Indias, se dispuso a una nueva travesía, pero murió en la mar al poco de salir desde Lisboa, y sus restos fueron sepultados en el océano.

Para entonces, los pobladores del estrecho habían perecido hacía ya tiempo. Tres meses después de su partida, los casi 200 habitantes de Nombre de Jesús, desesperados, se trasladaron a pie hasta Rey Felipe. Pero solo encontraron mayor desolación allí y, viendo que morirían todos, emprendieron de nuevo el camino de vuelta hasta su punto de partida. No llegó ninguno.

Cuando, meses después, los de Rey Felipe —tras mucha mortandad, famélicos y desesperados— pensaron en ser ellos quienes se llegaran hasta Nombre de Jesús, lo que encontraron, a no mucho de iniciar la marcha, fueron las osamentas descarnadas de los otros. Solo quedaban ya 18 vivos, tres mujeres y quince hombres, cuando la salvación pareció llegar hasta ellos. Avistaron, cuando deambulaban por la costa buscando comida, en enero de 1587, tres barcos en la bahía Posesión. Era la flotilla pirata de Cavendish.

Tres subieron a bordo, pero solo uno, Tomé Hernández, se quedó en la nave mientras los otros dos iban a avisar a los demás. Tomé sería, a la postre, el único superviviente. Cavendish, al notar viento favorable para cruzar el estrecho, levó anclas de inmediato y dejó abandonados a los desgraciados que gritaban desesperados en la playa.

El pirata, sin embargo, sí ancló después en Rey Felipe, donde solo halló muertos «como perros en sus casas», en palabras de un poco compasivo contramaestre inglés, y aprovechó para aprovisionarse de leña y agua, y llevarse los cañones. Luego le prendió fuego al lugar y lo bautizó como Puerto Hambre.

Ese fue el fin del primer intento de poblar el estrecho de Magallanes y el fin trágico del empeño de Pedro Sarmiento de Gamboa. Al poco, además, el paso dejó de tener tanta importancia, pues los barcos optaron cada vez más por bordear el cabo de Hornos. De Sarmiento de Gamboa ha quedado una magnífica descripción cartográfica del estrecho y de los canales patagónicos. Sus recomendaciones de navegación por esas aguas fueron elogiadas por ya modernos navegantes, como por ejemplo el vicealmirante Fitz Roy, cuando, a bordo del Beagle, atravesó por el canal que ahora lleva ese nombre, en compañía del naturalista Charles Darwin.

Mapa Marítimo del Estrecho de Magallanes, Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, 1769

Mapa Marítimo del Estrecho de Magallanes, Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, 1769

Y fue cruzando el Beagle, ya en Tierra del Fuego, no lejos de la ciudad del Fin del Mundo, Ushuaia («bahía que se adentra hacia el poniente» en lengua ona), cuando supe de este gran, desdichado y olvidado descubridor, y de aquellos hombres que perecieron de frío y hambre. Conocí entonces también a la última india ona que aún vivía, única superviviente de los aborígenes de la zona, que fueron exterminados por los pastores galeses que se establecieron en la Patagonia. De esto hace bien poco, ya entrado el siglo XX. Pagaban una libra esterlina por ona muerto.

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