Cisneros entrando en Orán
La gesta de Cisneros: del genio militar a perpetuar el catolicismo
Lea y escuche el relato histórico semanal de El Debate
Pocas veces se recuerda que España logró mantenerse al margen de las grandes guerras de religión que devastaron Europa durante la Edad Moderna. Y es que el luteranismo jamás arraigó en la península. Solo unos pocos predicadores intentaron difundirlo, y apenas encontraron adeptos. La Leyenda Negra insiste en culpar a la Inquisición, pero lo cierto es que el mensaje protestante no encontró tierra fértil, ¿La razón?: la obra de un hombre singular.
El principal detonante que llevó a muchos europeos a abrazar el protestantismo había sido la denuncia de la corrupción eclesiástica, la conducta inmoral de sacerdotes y prácticas abusivas como la venta de indulgencias. Pero todo ello ya había sido corregido en España durante el reinado de los Reyes Católicos. Bajo su impulso se acometió una profunda reforma del clero: se combatió el analfabetismo y la precariedad intelectual, se erradicó la barraganía y se frenó el comercio espiritual. Todo ello gracias, a la voluntad de Francisco Ximénez de Cisneros, el Cardenal reformista que transformó la Iglesia española desde sus cimientos.
Cardenal Cisneros
Mantras en saco roto y gran impulso cultural
Por ello, cuando llegaron los mantras luteranos, cayeron en saco roto en el pueblo, apenas unas élites intelectuales se sintieron atraídas por los dogmas del reformador alemán. Cisneros, además consciente de que su renovación iba pareja a la de la educación, fundaba en Alcalá de Henares una de las instituciones que más ha influido en la cultura española: la primera universidad renacentista, humanista y universal. Sería también el responsable de la publicación de la Biblia Políglota, un texto clave en la historia de la literatura y la religión y promovió un profundo giro cultural en España, que incluyó por ejemplo la profesionalización de la medicina –antes casi en manos de barberos– con criterios científicos e impulsó la recién inventada Imprenta.
Biblia Políglota
En su labor como estadista, no solo daría como confesor directrices yconsejos cruciales a la más grande reina de la Cristiandad, sino que gobernó la Corona de Castilla en dos ocasiones. Aunque hoy, historiadores afirmen sin sonrojo que pese a sus desvaríos Juana de Castilla no era una demente, es más que obvio que no estaba en condiciones de gobernar. El vacío de poder amenazaba con desestabilizar el reino y Cisneros se erigió como garante de solidez y entre 1506 y 1507 presidía el Consejo de Regencia hasta la llegada de Fernando el Católico. Y diez años después, tras la muerte de este rey volvió a asumir el gobierno en espera de la subida al trono de Carlos I.
El testamento de una reina piadosa
Isabel fallecía el 26 de noviembre de 1504. En todos los confines de sus reinos se elevaban plegarias por su curación, pero ella, fiel a su carácter pragmático y profundamente católico, pidió que cesaran las oraciones por su cuerpo y se rezara por el destino de su alma.
La escena inmortalizada por Pradilla en una de las pinturas más conmovedoras de la historia del arte narra cómo antes de morir, dictó su testamento. Entre sus disposiciones, ordenaba a Fernando el Católico y a sus herederos «la cristianización, justicia y respeto para con los indios de los pueblos de las Islas y Tierra Firme de la Mar Oceana, descubiertas e por descubrir», y que no toleren «rescivan agravio alguno en sus personas ni bienes, que sean bien e justamente tratados, e si algún agravio han rescevido lo remedien».
El testamento de Isabel La Católica
Evangelización, reconquista y expansión
Cisneros había apoyado la decisión de Isabel de patrocinar el viaje de Cristóbal Colón, logrando —nunca mejor dicho— que su empresa llegara a buen puerto y que miles y miles de indígenas fueran evangelizados y ayudó firmemente a establecer las bases para la expansión de la fe en las Indias enviando misioneros franciscanos y dominicos.
Pero tanto o más importante para Isabel había sido el haber liberado la península del dominio musulmán. Y consideraba que Granada no debía ser el final: esa misión debía continuar. En su testamento incluyó el ruego de que se cruzara el estrecho para proseguir la reconquista en el Norte de África, territorio que Castilla consideraba parte natural de Hispania. Ruego que intentaría cumplirse.
Tras la conquista de Granada muchos de los musulmanes que se convirtieron al cristianismo, lo habían hecho solo en apariencia. Algunos actuaban de espías y colaboraban con los corsarios berberiscos norteafricanos para devastar periódicamente poblaciones costeras españolas y hacer cautivos como botín. Por ejemplo, en 1503 en el asalto a Cullera secuestraron nada menos que a 150.
Cardenal Cisneros
La Corona de Castilla, cumpliendo el deseo de la Reina de continuar la reconquista y se esforzó por establecerse en diversas plazas del norte africano, con el objetivo de expandirse hacia el sur y a la vez impedir los ataques. En 1497, las tropas del duque de Medina Sidonia, mandadas por Pedro de Estopiñán, ya habían tomado la plaza de Melilla.
Mazalquivir y el inicio de la campaña
El problema era la financiación. Fernando era reticente y alegaba que las arcas del reino estaban vacías, pero Cisneros, convencido de la justicia y necesidad de su misión, convocó a los cristianos castellanos a una cruzada, ofreció sufragar los gastos con su propio patrimonio. Costó cinco veces más que la Armada de Magallanes. Eso sí, que en caso de victoria, la Corona le reembolsara lo invertido. Todos conocían su talento como reformador y estadista, pero pocos sospechaban que bajo sus ropajes eclesiásticos se ocultaba un brillante estratega militar.
Ante la insistencia de Cisneros, Fernando le otorgaba plenos poderes, organizaba un ejército que partía desde Málaga el 11 de septiembre de 1505. El mando en la mar lo ostentaba el catalán Ramón de Cardona y el de tierra, Diego Fernández de Córdoba. El objetivo de la expedición sería Mazalquivir, al norte de Argelia.
Los espías musulmanes de la península habían alertado a la ciudad de que llegaría la flota española. Pero sufrió algunos contratiempos y se retrasó en el desembarco. Esto hizo creer a los defensores que el ataque se había desviado a otro emplazamiento y se dispersaron. Pero se equivocaban y tras solo dos días de asedio, Cisneros tomó la ciudad y liberó centenas de cautivos cristianos.
Cisneros liberando cautivos
El asalto a Orán: cruzada en el corazón del Mediterráneo
Tras la exitosa jornada de Mazalquivir en 1505, y la toma del peñón de Vélez de la Gomera, Cisneros, le propuso a Fernando el Católico conquistar de Orán, una de las principales ciudades del reino de Tremecén, que el Papa había adjudicado años ha a España.
Cisneros comenzaba los preparativos. En agosto de 1508, Fernando el Católico firmaba su nombramiento de capitán general de África, facilitaba la leva de las tropas y la formación de la armada.
En la primavera de 1509, el puerto de Cartagena se convirtió en el epicentro de una empresa audaz. Una flota de 90 navíos transportaba a un ejército de 20.000 hombres. Cisneros dejaba sorprendidos a los hombres de armas tomando decisiones que serían capitales en la conquista de la plaza.
Tras desembarcar en Mazalquivir, las tropas iniciaron la marcha hacia Orán, plaza, fortificada y rodeada de gruesos muros. El sitio comenzó de inmediato, acompañado por un furioso bombardeo naval que sacudía las defensas de la ciudad. Fue entonces cuando Cisneros, austero in extremis –como correspondía a los de su orden– en lugar de en brioso caballo, se presentó ante sus tropas montadas en una mula, vestido con sus hábitos franciscanos y con una gran espada ceñida al cinto. A su lado, un fraile cabalgaba sobre un corcel blanco y portaba el estandarte del arzobispo.
Conquista de Orán
Desde su montura, Cisneros se dirigió a los soldados con palabras que resonaron como un clarín de guerra:
«¡Soldados! Combatid con valor. Aquellos son los enemigos de la cristiandad, que no contentos con haber avasallado nuestros reinos durante tantos años, piensan en volver a dominarlos. Recordad a los corsarios que asolan nuestras costas. ¿Cuántos hermanos cautivos tendrán en las mazmorras de Orán? Son nuestros hermanos y ¡vamos a liberarlos! Yo iré el primero, me sobra aliento para plantar en medio de las huestes enemigas mi estandarte. Tendré por dichoso de pelear y morir entre vosotros».
Al grito de ¡Santiago!, las tropas se lanzaron a un asalto fulminante. El rey de Tremecén había acudido con un ejército en auxilio de Orán, pero ante la magnitud del ataque optó por retirarse jurando por su honor que en breve la recuperaría.
Cisneros entrando en Orán
Orán, ya cristiana
Las defensas de Orán, debilitadas por el incesante fuego de la artillería naval, acabaron cediendo. Los castellanos colgaban sus escalas sobre los muros horadados, y al fin, las puertas de la ciudad se abrieron, dando paso a un combate en las calles que culminó con la toma de la plaza dejando más de 4.000 muertos. Cisneros, no pudo participar directamente en el combate por su avanzada edad —73 años—, pero pudo ver con orgullo desde la distancia cómo los estandartes y banderas cristianas sobrevolaban sobre los alminares de las mezquitas. Entre vítores entraba en la ciudad y colocaba una gran cruz en las murallas de la ciudadela. Todo había durado menos de dos horas y Orán ya era cristiana.
Puerta de España en Orán
Rendidos los musulmanes, a Cisneros le entregaron las llaves de la ciudad y el botín. Rechazó su recompensa y ordenó reservar la parte correspondiente al rey y repartir el resto entre los soldados. Su primer gesto fue pedir ser conducido a las mazmorras para liberar personalmente a más de 300 cautivos cristianos y se mezcló con ellos, tocando sus manos y dándoles palabras de aliento tras el horrible cautiverio. Tras ello, recorrió la ciudad a caballo, inspeccionó las murallas y purificó dos mezquitas que consagró a Santiago Apóstol y a la Virgen de la Victoria. Pacificada la urbe, envió mensajeros a la corte para informar del éxito de la empresa.
En Granada Isabel había erigido el primer hospital de campaña del planeta y aquí Cisneros, en la misma línea, ordenaba la construcción de un hospital para los heridos, así como varios conventos.
Felipe II
Un botín, también de libros para la Universidad
No solo regresó a Castilla con el botín real, sino que organizó una gran reata con decenas de camellos cargados de libros y pergaminos en árabe sobre medicina y astronomía, destinados a la biblioteca de Alcalá de Henares. Fernando, en justo agradecimiento por su inquebrantable lealtad, consiguió que el Papa Julio II en 1507 le otorgara el capelo Cardenalicio, e intentó no pagar su deuda, pero al final lo hizo. Y tras Orán entre los años 1509 y 1511 vendría Bugía, Trípoli y Argel.
Cisneros que durante décadas había sido el alma reformadora, política y espiritual de la monarquía hispánica, tras la toma de Orán fue recibido como un héroe. La sorpresa era general: el franciscano había demostrado que escondía también el genio de un estratega militar y encarnó en aquel momento la unión de cruzada y estrategia, de fe y pragmatismo.
Tumba de Cisneros en Alcalá de Henares
300 años de Orán español
Orán se convirtió en un importante enclave español y se le dotó de nuevas estructuras defensivas. Se le dio el privilegio de poder redimir por méritos de guerra a nobles caídos en desgracia ante la Corona. Y los habitantes de Orán serían formados en las armas desde niños y muchos de ellos se integraron en los victoriosos Tercios. El juramento del rey de Tremecén nunca se hizo realidad y permanecería ininterrumpidamente durante cerca de trescientos años bajo dominio español.
Cardenal Cisneros por Salvador Amaya
Un Cardenal que lo fue « casi todo»
Francisco Ximénez de Cisneros no solo fue un Cardenal franciscano. Fue Arzobispo de Toledo, primado de España, inquisidor general de Castilla, confesor de Isabel la Católica, gran erudito, mecenas cultural extraordinario militar y regente de los reinos. Su influencia se extendió desde los púlpitos hasta los despachos del poder y las instituciones más humildes. En España hay un dicho: «no se puede tener todo», pues Cisneros, como vemos, casi lo tuvo. Aunque sin duda a la luz de la gran historia, su gran gesta fue su legado: que el catolicismo continuara indemne durante más de medio milenio y se afianzara como elemento identitario de la nación española.