Cuadro 'Caronte llevando almas a través del Estigia' de Alexander Litovchenko
Cicerón, Caronte y los Manes: cómo los romanos celebraban a sus difuntos en el mes de los muertos
Si el difunto no recibía el culto necesario, si moría trágica y violentamente, o si no se le había proporcionado el óbolo con que pagar a Caronte, su alma se transformaría en un tipo de espíritu maligno que perseguía y atormentaba a los vivos
En nuestra cultura, noviembre es el mes de los difuntos. Precedido por la celebración carnavalesca de Halloween (All Hallows’ Eve, es decir, la víspera del día de Todos los Santos), el 31 de octubre, y por el día de Todos los Santos propiamente dicho (fiesta en la que los cristianos celebran la memoria de aquellos que han alcanzado el Cielo, el 1 de noviembre, aunque originalmente era el 13 de mayo), la fiesta de Fieles Difuntos (o Día de Muertos en México) tiene lugar el día 2 del mes, momento en que se conmemora a todos aquellos miembros de la comunidad que ya no se encuentran entre los vivos, aunque se desconozca su destino.
No obstante, todo el mes de noviembre se considera tradicionalmente como aquel propicio para recordar a los seres queridos difuntos, y para visitar sus sepulturas en cementerios y llevarles ofrendas florales.
En la Antigua Roma, si bien se llevaba a cabo un considerable esfuerzo por separar los mundos de los vivos y de los muertos (desde un punto de vista material, por razones higiénicas, los cadáveres eran tratados con la mayor precaución y tanto inhumaciones como cremaciones solían llevarse a cabo fuera de los muros de la ciudad, pero también por una cuestión de creencias), se ponía en general un mayor énfasis en el disfrute de la vida presente que en la elaboración de un Más Allá muy complejo.
No obstante, mantener a los muertos alejados era un deber fundamental para salvaguardad la seguridad de los vivos, de modo que no había un único día del año dedicado a esta clase de seres, sino que los muertos, en sus distintas variantes, eran atendidos a lo largo de todo el calendario.
Antes de profundizar en la cuestión es importante tener en cuenta que la Antigua Roma es un periodo de más de un milenio de duración (si consideramos que el periodo se define entre el comienzo de la monarquía y el ocaso imperial en Occidente), de modo que cualquier afirmación del tipo «los antiguos romanos creían…», «en la Antigua Roma se hacía…» expresa prácticas o hechos documentados en algún momento y lugar de dicho periodo, pero no necesariamente es representativo del conjunto, sujeto a una enorme variabilidad cronológica y regional.
Relieve de un cortejo fúnebre
Asimismo, el politeísmo romano se caracteriza por una gran flexibilidad en lo que concierne a las creencias de sus devotos, sin dogmas teológicos definidos con precisión, lo que hace aún más difícil tratar de comprender, realmente, qué creían los romanos que les esperaba después de la muerte.
En general, y con independencia de la íntima y estrecha relación que hubiese podido haber anteriormente entre un difunto y sus allegados vivos, los lazos con los muertos estaban plagados de desconfianza y un cierto temor, el cual, en parte, motivaba los cuidados funerarios y la honra que le eran conferidos.
Al morir un miembro de una familia, esta quedaba funesta, término polisémico que se refiere tanto al duelo como a la condición impura. Tanto el día del funeral como en los sucesivos aniversarios, la familia del difunto llevaba a cabo sacrificios fúnebres y libaciones de alimentos o bebidas, como vino, leche y miel, por ello muchas tumbas romanas (sobre todo de los periodos más antiguos) presentan orificios a través de los cuales se vertían estas sustancias. También solían llevarse a cabo ofrendas florales, de violetas en las violaria y de rosas en las rosalia.
En principio, al morir una persona, su espíritu debía entrar en el inframundo, el reino de Plutón, un lugar subterráneo, al que teóricamente se podría viajar, a veces referido como el Averno o el infierno, aunque es importante distinguir esta categoría de la cristiana con el mismo nombre.
El acceso a este lugar variaba según tradiciones: una afirmaba que debían franquearse sus puertas tras enfrentarse a las fauces de Cerbero, el gigante perro guardián de tres cabezas. La otra versión, algo más conocida, es la que afirma que el acceso al mundo de los muertos se llevaba a cabo mediante la travesía por las aguas de la laguna Estigia, para la cual había que pagar el óbolo al barquero, Caronte, sin cuya ayuda el difunto no podría proseguir su camino.
Mosaico gnothi seauton de Roma
Los romanos creían en los dioses Manes, divinidades infernales menores de variado tipo, y, si a un difunto se le rendía el culto adecuado, su alma pasaría a unirse a estos dioses Manes (en otros textos se habla de los dii patrum). No obstante, si el difunto no recibía el culto necesario, si moría trágica y violentamente, o si no se le había proporcionado el óbolo con que pagar a Caronte, su alma se transformaría en un tipo de espíritu maligno que perseguía y atormentaba a los vivos: los lemures o larvae, que conocemos por medio de autores tan variados como Horacio, Ovidio o Agustín. Estos espectros vengativos inspiraron a Linneo a la hora de dar nombre a la especie animal característica de Madagascar, fruto de sus hábitos nocturnos.
Con el fin de aplacar a estas temibles y vengativas criaturas se instituyó la festividad de las Lemuralia, los días 9, 11 y 13 de mayo. El hogar era purificado durante estas jornadas, y se llevaban a cabo numerosos rituales apotropaicos. El más conocido, recogido por Ovidio, era llevado a cabo por el paterfamilias a medianoche. Descalzo y con las manos limpias, debía tomar un puñado de frijoles negros y arrojarlos tras de sí, percutiendo una olla de bronce y exclamando: «¡salid, espíritus de los ancestros!».
Eran días considerados de mal augurio, no se realizaban bodas y se cerraban todos los templos. El reverso de esta festividad era la fiesta de Larentalia, el 23 de diciembre, durante la cual se honraba a los Lares, genios domésticos que protegían y guardaban a las familias, y que en origen habrían sido ancestros heroicos.
No obstante, si tenemos que definir un «mes de los difuntos» en la Antigua Roma este habría sido, sin lugar a duda, febrero. Durante nueve días, del 13 al 21 del mes, tenía lugar el festival de Parentalia. Si bien era una festividad eminentemente doméstica y familiar, tenía un considerable peso en la vida pública.
Fresco romano del Larararium de la casa de Julio Polibio (IX 13.3) en Pompeya
El primer día, idus de febrero, una Vestal encabezaba los rituales en honor de todos los dii parentes de Roma en la tumba de Tarpeya. Se llevaban a cabo ofrendas de guirnaldas de flores, trigo, sal, pan empapado en vino, etc., en las tumbas familiares, fuera del pomerium. El último día, el 21 de febrero, tenía lugar la fiesta de Feralia, durante la cual se celebraban especialmente a los Manes.
Otro gran festival que conectaba a los romanos con el inframundo era el Mundus patet, que tenía lugar los días 24 de agosto, 5 de octubre y 8 de noviembre. Durante estas jornadas, se abría el Mundus Cereris, el ombligo de la urbe, un edificio situado en el foro que conectaba el mundo de los vivos con el de los dioses infernales, a los que se buscaba aplacar con el fin de evitar desastres de toda clase, y conocido a menudo (y muy erróneamente) como «el Halloween romano».
No obstante, por mucho que nos afanemos, no es posible recuperar la cosmovisión romana acerca de la muerte y el Más Allá desde nuestra contemporaneidad posmoderna y secular. Sí que podemos, sin embargo, disfrutar de lo que nos dejaron algunas de sus mentes más lúcidas al respecto, como este texto de Cicerón, que nos recuerda que la vida siempre es un regalo inmerecido:
«Ahuyentemos de una vez por todas esas necedades de viejas: que el morir antes de tiempo es una desgracia. ¿Antes de qué tiempo? ¿Del que establece la naturaleza? Pero ella nos ha dado la vida como si de una cantidad de dinero prestado se tratara, sin determinar anticipadamente el día de su vencimiento. ¿Qué motivos tienes tú, pues, para quejarte de que ella nos lo reclame cuando quiere? En realidad lo habías recibido con esa condición» (Cic. Tusc. I. 39. 93).