El 221B de Baker Street

El 221B de Baker Street

Esta fue la primera ciudad de Europa que numeró sus casas con pintura negra y huesos molidos

Aunque la numeración de las viviendas es un aspecto del urbanismo que damos por hecho, antes del siglo XVIII, aunque las calles tenían nombre, las casas no tenían números

La numeración de viviendas está tan arraigada en nuestra vida cotidiana que cuesta imaginar una ciudad sin ella. Sin embargo, este aspecto del urbanismo que tanto damos por hecho es una invención relativamente moderna: antes del siglo XVIII, aunque las calles tenían nombre, las casas no tenían números.

Los nombres de las calles, inicialmente, los asignaba el vulgo. Muchas tomaban el nombre de los oficios que en ellas se practicaban, como Cuchilleros, Bordadores o Botoneras, en Madrid, o dels Sombrerers o de l’Argenteria, en Barcelona. La portuaria ciudad de Valencia acumula hasta cincuenta y cinco calles con nombres de oficios en su casco histórico.

Un edificio destacado también podía dar nombre a toda una calle, y pocos son los pueblos españoles que no cuentan en su callejero con una «calle de la Iglesia».

La identificación de casas individuales, sin embargo, fue un proceso más complejo. Algunas casas tenían nombres propios, que tomaban de sus habitantes o de algún rasgo significativo. Estos nombres solo serían conocidos por quienes habitaran en la zona y, con frecuencia, estaban repetidos: por ejemplo, el historiador Anton Tantner indica que en la Viena del XVIII había hasta seis casas llamadas «del Águila de Oro», y la indicación en el correo postal «junto al Águila de Oro» podía hacer referencia a un total de veintitrés edificios distintos.

La necesidad de identificar cada edificio no vino, sin embargo, del deseo de hacer la vida más fácil a los carteros, sino, como sucede con frecuencia, del deseo de cobrar impuestos. Fue en el siglo XVIII, con el auge de los Estados centralizados y la racionalización administrativa ilustrada, cuando la numeración empezó a ganar terreno. En España, las reformas de Carlos III llevaron a la numeración de Madrid en 1750: la laboriosa realización del Catastro del marqués de la Ensenada mostró la conveniencia de tal medida. Los números se asignaban no por calles, como hoy, sino por manzanas.

En 1769 se procedió a la numeración de otras ciudades, utilizando en muchas ocasiones los llamados «azulejos de censo», algunos de los cuales aún sobreviven a día de hoy.

Por la misma época, en Francia, un decreto de 1768 ordenó numerar casas, pero con otro propósito de fondo más allá del catastral: las tropas no se hospedaban en cuarteles, sino que los vecinos eran obligados a acogerlas en sus casas. Los números de las casas facilitaban la asignación de soldados. París, que sí contaba con barracones, no se numeró.

La motivación militar también fue la que numeró Viena. Corría el año 1770. Prusia, que a principios de siglo era un Estado de segunda, se había mostrado capaz de enfrentar y derrotar al gigantesco Imperio austrohúngaro, y la emperatriz María Teresa se veía en la necesidad de potenciar su ejército con un censo de todos los hombres en edad militar.

Una hueste de mil setecientos funcionarios, armados con una pintura negra hecha a base de aceite y huesos molidos, recorrieron el país pintando números en las casas y anotándolos en sus cuadernos. Más de un millón cien mil casas y siete millones de censados fueron el resultado de sus esfuerzos.

Con el final del siglo XVIII llegó la Revolución francesa y su exaltación de la Ilustración, estirando lo racional hasta el absurdo. Los revolucionarios decidieron que había llegado el momento de numerar la capital, y la Comuna de París delegó esta tarea en las administraciones de los 48 distritos, cada una aplicando sus propios criterios. El resultado fue una numeración confusa, inconsistente, con calles en las que unos números se duplicaban al cambiar de distrito y otros no se usaban. Algunas casas incluso conservaban al mismo tiempo los rótulos de intentos de numeración previos, mostrando varios números en sus fachadas.

Durante más de una década se acumularon protestas de los vecinos y propuestas de soluciones, pero fue Napoleón quien, en 1805, implantó en París un sistema único, con pares e impares en lados opuestos de la calle, con orden creciente desde el río Sena. Este modelo fue exportado a muchas ciudades, y gracias a la influencia francesa, se convirtió en el más común en Europa.

Este sistema napoleónico, sin embargo, no es universal. En muchas ciudades de América se desarrolló un sistema por bloques, en el que cada cuadra aumenta en cien números (así, como en los pisos de un hotel, sabremos que la casa 312 está en la tercera manzana de la calle). En Venecia, las casas siguen numerándose por barrio, no por calle, alcanzando números en los millares, y en Florencia o Génova existen dos numeraciones paralelas: una para viviendas (en negro) y otra para comercios (en rojo).

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