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San Marcelino de Ancona deteniendo el fuegoImagen creada con IA

Picotazos de historias

El día que un obispo medieval detuvo un incendio leyendo los Evangelios y otras tradiciones devocionales

En la Edad Media, un obispo se enfrentó a un incendio armado solo con los Evangelios, mientras otro santo sanaba enfermos con una misteriosa campana

Hoy, día 9 de enero, cuando escribo este artículo que ustedes leerán dentro de unos días, acabo de abandonar la idea original sobre la que iba a escribir —un submarino alemán; no hace falta que les dé más datos— después de echar un vistazo al santoral. Y es que es buena cosa repasar el santoral y leer, de vez en cuando, el martirologio, pues aporta un material maravilloso para los artículos que les escribo. Además, es muy entretenido.

Verán ustedes: leyendo el mencionado santoral he encontrado a una gente fantástica en este día de hoy, por lo que he decidido hablarles de dos de ellos; dos de los que seguro que no habrán oído hablar en su vida.

El primero de los santos varones es san Marcelino de Ancona. Poco se sabe de él debido a la antigüedad. Nació entre los siglos V y VI d. C. en la ciudad italiana de Ancona, donde pasaría el resto de su vida. Vino al mundo en el seno de la distinguida familia de los Boccamajori, pero renunció a lo mundano para abrazar la religión. Sus virtudes y buenos oficios pronto destacaron en la comunidad, siendo reconocido por sus conciudadanos, que lo eligieron como obispo en el año 551 d. C. El papa Vigilio I confirmó a Marcelino como obispo de Ancona.

Por cierto, esta información la encontrarán ustedes en los Diálogos del Papa san Gregorio I Magno o en La Historia de Ancona, del abad Antonio Leoni de Ancona. Los textos modernos los encontrarán en abundancia, pero siempre mencionan estas dos fuentes.

Volviendo a la historia de san Marcelino, se encontraba este en el lecho, doliente por padecer la dolorosa enfermedad de la gota (mal elegantísimo propio de personalidades muy importantes, como reyes, papas y emperadores), cuando le llegaron noticias de que un pavoroso incendio amenazaba con destruir la ciudad de Ancona. El fuego estaba descontrolado y era azuzado por un fuerte viento del norte.

Viendo lo apurado de la situación, ordenó san Marcelino que lo sentaran en un sillón y que, sobre él, lo llevasen hasta el punto donde eran más bravías las llamas. Así hicieron sus criados. Lo pusieron frente al avance del fuego y salieron corriendo para evitar quemarse.

No se amilanó san Marcelino. Sacó su libro con los santos Evangelios y empezó a leer en voz alta mientras exhortaba al incendio para que detuviera su acción destructora. Avanzaban las llamas y ya humeaba el sillón del santo —e imaginamos que este estaría algo acalorado—, pero porfiaba el santo en sus lecturas y en ordenar al incendio que frenara.

Y aquí está el milagro: el incendio empezó a extinguirse y el resto de la ciudad se salvó. Pueden ustedes imaginar cómo se pusieron los habitantes de Ancona. Hoy san Marcelino —quien falleció en el año 566—, lo mismo que san Ciriaco, es santo patrón de la ciudad, y su cuerpo está enterrado en la catedral.

Durante mucho tiempo, el libro con los Evangelios que había utilizado san Marcelino para detener el incendio estuvo custodiado en la catedral de Ancona. A finales del siglo XV, el cardenal Rodrigo Borgia (o Borja) solicitó a la catedral un informe sobre esta maravillosa reliquia. Dicho informe confirmó que se trataba de un volumen de pergamino, con escritura muy antigua y marcas de quemaduras en el exterior y en parte del interior (se supone que eran las páginas que estaba leyendo el santo en ese momento).

El otro santo varón del que quería hablarles es san Felano. Su nombre original sería Phaelán o Fillán, y nació en el condado de Munster (Irlanda) en el siglo VIII de nuestra era.

El buen santo provenía del linaje real de Leinster (antiguo reino de Irlanda que existió hasta el siglo XVI, y de cuyos reyes descienden los linajes de O’Toole, FitzDermot y O’Byrne), ya que su madre fue santa Kentigerna, hija del rey de Leinster. El muchacho tomó los votos en la ciudad irlandesa de Wexford, ingresando en el convento de san Fintán de Taghmon, en la misma ciudad. Cuando consideró que su instrucción ya estaba completa, san Fillán expuso su intención de viajar al interior de Escocia para evangelizar a los paganos que allí vivían. Esto conmocionó a su comunidad, pues lo consideraron un disparate.

Porfió el santo y consiguió la autorización de sus superiores, partiendo para Escocia en el año 717 d. C. Durante el resto de sus días evangelizaría y cuidaría de sus fieles en lo que hoy es el condado de Perth, en el interior de las Tierras Altas de Escocia. Y hay que señalar que tuvo mucho éxito en su empeño, principalmente por su bondad de carácter, su tenacidad y su habilidad para curar.

Y es que Felano había conseguido unas curaciones espectaculares. Para esta función se ayudaba de una campana de bronce que colocaba sobre la cabeza de sus pacientes. ¿Qué hacía exactamente o cómo lo lograba? Ni idea. El hecho es que debió de impresionar mucho a los aborígenes y que debió de tener una ratio de curaciones destacable.

La campana, que se conoce popularmente como La Bernane, se conservaba en la abadía de san Fillán hasta que fue robada en el siglo XIX por un turista inglés. Era una reliquia tan reverenciada que se trasladó a Scone para ser utilizada como parte de la regalía de la coronación del rey Jacobo IV, el 24 de junio de 1488. La campana pudo ser recuperada y hoy pueden ustedes contemplarla en el Museo Nacional de Escocia, en Edimburgo.

El bueno de san Fillán o Felano es venerado por todas las iglesias: luterana, católica, oriental… Se le considera el santo patrón de los enfermos mentales, y es que su mayor éxito —y el de la campana, imagino— fue curando locos. También hay otras versiones que afirman que tal patronazgo no se debió a sus curaciones, sino a su empeño en tratar con los escoceses, personas tenidas como salvajes y poco cuerdas (y que no salte nadie diciendo qué digo o dejo de decir: tal afirmación consta en cantidad de textos irlandeses y crónicas inglesas).

Para terminar, decirles que en el anteriormente mencionado museo también pueden ustedes encontrar el báculo de san Felano. Esta prestigiosa reliquia ha sido la más valiosa posesión del clan Dewar (sí, señores, los del whisky), quienes lo depositaron en el museo para su conservación.