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La firma del tratado de cesión de Alaska el 30 de marzo de 1867

La firma del tratado de cesión de Alaska el 30 de marzo de 1867

Todos los territorios que Estados Unidos compró (o forzó a vender): de Luisiana a Alaska

La imparable expansión norteamericana comenzó muy pronto, cuando su república tenía menos de 30 años. Como buenos mercaderes, los americanos estaban siempre atentos a las oportunidades que surgían a su alrededor

Pocas naciones en la historia han demostrado tanto virtuosismo para adueñarse de territorios ajenos mediante compra, presiones o indemnización como los Estados Unidos de Norteamérica. Unas adquisiciones que solo en algunos casos fueron libremente pactadas. En otros casos, utilizaron amenazas, intimidaciones e incluso imposiciones por la fuerza.

Tras la independencia, la joven nación solo ocupaba una cuarta parte de lo que constituye su territorio actual, constreñida al oeste y al sur por las posesiones españolas y al norte por el Imperio británico. En ambos casos se trataba de fronteras imprecisas en zonas casi inexploradas.

La imparable expansión norteamericana comenzó muy pronto, cuando su república tenía menos de 30 años. Como buenos mercaderes, los americanos estaban siempre atentos a las oportunidades que surgían a su alrededor. La Luisiana, originalmente francesa, había sido cedida a España en 1763. En 1803, Carlos IV se la cedió a Napoleón para beneficiar en Italia a algunos de sus parientes borbónicos, con el compromiso de reversión a España.

'Transferencia de Luisiana' por Ford P. Kaiser para la Exposición Universal de Luisiana

'Transferencia de Luisiana' por Ford P. Kaiser para la Exposición Universal de Luisiana

Napoleón aprovechó la paz de Amiens, de 1802, para intentar reconstruir el Imperio francés en América. Envió un gran ejército a Haití, que fracasó en el intento de recuperar la colonia independizada por esclavos sublevados. El fracaso dejó a los franceses sin fuerzas para realizar una ocupación efectiva de Luisiana. Los americanos, que seguían los acontecimientos con atención, aprovecharon para realizar una oferta de compra, que fue aceptada con rapidez por el corso, necesitado de fondos para sus objetivos bélicos.

Sin respetar el derecho de reversión de España pactado en el Tratado de San Ildefonso, se fijó un precio de 15 millones de dólares por una extensión de territorio de 2,15 millones y medio de kilómetros cuadrados. Un precio aproximado de 7 dólares por km², la compra más barata de la historia. Prácticamente dobló la superficie norteamericana y abrió camino a sucesivas ampliaciones que fatalmente recaerían sobre territorios hispánicos.

La compra de Florida fue un ejemplo de libro de oportunismo agresivo. En 1819, España atravesaba uno de los momentos más dramáticos de su larga y complicada historia. Norteamérica, en cambio, estaba llena de dinamismo, orientado en gran parte a la expansión territorial.

Florida, escasamente poblada y descuidada por los poderes públicos, constituía un refugio para los esclavos negros que escapaban del duro trato sufrido en las plantaciones de Georgia, y que no eran nunca devueltos por las autoridades españolas. También encontraban refugio en Florida las tribus indígenas, como los semínolas, despojados de sus tierras por los colonos americanos.

En 1817, el general Jackson, futuro presidente, había ocupado por su cuenta una gran parte de Florida, sin que el gobierno español hubiese reaccionado contra tan flagrante agresión. El golpe de Estado liberal de 1820 debilitó aún más la posición española. Finalmente, el Gobierno de Fernando VII no tuvo más remedio que aceptar la oferta de compra del resto de Florida por la ridícula cantidad de cinco millones de pesos de oro.

Después le tocó el turno a México. Tras la guerra de 1846-1848, los mexicanos se encontraban en una situación desesperada. Los negociadores impusieron unas durísimas condiciones para firmar el Tratado de Guadalupe-Hidalgo. Pero, con su característica hipocresía calvinista, disfrazaron su imposición como un acuerdo financiero, «beneficioso para ambas partes». México tuvo que ceder el 55 % de su territorio a cambio de una indemnización de 15.000.000 $, que sirvieron para tranquilizar las conciencias de los moralistas electores yanquis.

«Mapa de los Estados Unidos de México, de John Disturnell, el mapa de 1847 utilizado durante las negociaciones»

«Mapa de los Estados Unidos de México, de John Disturnell, el mapa de 1847 utilizado durante las negociaciones»

Posteriormente, mediante la «compra de Gadsden», en 1857, el Gobierno americano obligó al general Santa Anna a vender otros 80.000 km² a cambio de 10.000.000 $ para redondear sus adquisiciones.

La compra de Alaska se realizó en 1867. El Imperio ruso se encontraba en una complicada situación financiera y militar. El mantenimiento de aquellas lejanas posesiones resultaba muy oneroso por su mala administración. El zar Alejandro II consideraba imposible su defensa en caso de un posible conflicto armado con Inglaterra.

El secretario de Estado Seward, un imperialista convencido, vislumbró la oportunidad de una nueva expansión y negoció la compra de otros 1,5 millones de hectáreas por 7.200.000 $. Otra ganga.

Por último, vinieron las Islas Vírgenes danesas, un archipiélago vecino a Puerto Rico. Tenían considerable importancia estratégica para los EE. UU., por cerrar uno de los accesos al canal de Panamá desde el Caribe. En 1917, el interés se agudizó como consecuencia de la entrada de los EE. UU. en la Primera Guerra Mundial. Se pretextó que las islas pudiesen servir de base para los submarinos alemanes, un temor claramente excesivo.

Las islas, en permanente crisis económica, suponían una carga gravosa para Dinamarca, por lo que el gobierno convenció fácilmente a su electorado para que aceptase en referéndum la transacción. Finalmente, se realizó por el precio de 25 millones de dólares. Los EE. UU. se comprometieron también a respetar la soberanía danesa sobre Groenlandia. Las presiones actuales para que Dinamarca ceda la soberanía sobre la gigantesca isla hablan del respeto de los poderosos a sus propias promesas.

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