Mula durante la Primera Guerra Mundial
Picotazos de historia
Burros bomba en España: los olvidados episodios de la Guerra Civil y la Revolución de Asturias
En la historia bélica reciente de España hubo espacio para el absurdo: burros cargados con dinamita que, lejos de cumplir su misión, regresaron a sus líneas y explotaron antes de tiempo
Hace ya bastantes años —debió de ser durante la década de los ochenta— recuerdo que quedé muy sorprendido al escuchar una noticia en el Telediario en relación con un atentado ocurrido en Perú. Lo que me impresionó de la noticia fue el medio utilizado: un burro bomba.
Picado por la curiosidad, recientemente he buscado más casos en los que se utilizó a un pobre pollino para cometer el atentado. Se han dado casos en Afganistán, Perú, Colombia, etc. En Colombia es donde he encontrado más cantidad y variedad, ya que han utilizado burros, caballos, perros, etc.
Llevado por la búsqueda misma, decidí ir un poco más allá y ver si encontraba casos de burros bomba en esta piel de toro nuestra. Encontré dos casos: uno durante la Revolución de Asturias de 1934 y otro en el frente de Irún durante la Guerra Civil. Empecemos con el de la Guerra Civil.
El burro se dio media vuelta
Mes de agosto de 1936. Nos encontramos en la línea de defensa que protege la población guipuzcoana de Irún. La línea pasa por las estribaciones de la Peña de Aya y el monte Erlaiz. En este frente existe una zona de avanzada cerca de los restos del fuerte de Pagogaña. Enfrente están los requetés, bajo el mando del coronel Beorlegi, que quieren cortar la salida a la frontera francesa y avanzar hacia San Sebastián. Las tropas republicanas que defienden la zona de Pagogaña están convencidas de que el enemigo se está reorganizando y reaprovisionando para lanzar un ataque que rompa la línea precisamente en ese punto y continuar hacia la capital guipuzcoana.
Contraataque republicano antes de la caída de Irún
En esta tesitura, a uno de los defensores se le ocurre una idea: si se envía a los facciosos una carga de dinamita que explote en medio de ellos, quedarán tan desconcertados que el ataque será aplazado. A todos la idea les pareció buena, pero ¿cómo harían para llevar hasta los boinas rojas la dinamita? Otro miembro de la guarnición recordó que conocía a un mozo de estación que trabajaba en la estación del ferrocarril de Irún. Este individuo, a quien se le conocía como «el Paisano», tiene un burro que utiliza para transportar las maletas.
Se comisionó a un grupo para que contactara con «el Paisano» y requisara el burro en nombre de la República. Así se hizo y, si puso o no pegas «el Paisano», no hay noticia.
Llevaron al pobre animal al puesto de Pagogaña. Allí lo cargaron con dinamita, prendieron una mecha y lo azuzaron para que fuera hasta una posición enemiga que dominaba a la suya. Pensaban que ese sería el punto de donde partiría el ataque y que, por lo tanto, allí se estaban concentrando las fuerzas del enemigo y allí era donde podía hacer mayor daño la explosión.
Civiles armados del bando republicano parapetados detrás de sacos de arena
Avanza el burrito. Se encuentra a una veintena de metros de la posición enemiga cuando se para. Vuelve la cabeza a un lado y a otro. Parece desconcertado. Para entonces, la sonrisa que iluminaba la cara de los defensores de Pagogaña se ha ido difuminando a medida que el burro ha dejado de hacer lo que de él se esperaba. La expresión en los rostros cambia de expectación a desconcierto y luego a espanto. Y es que el burro, por fin, se ha decidido: ha dado media vuelta y, alegre, trota hacia las líneas republicanas.
Para abreviarles los rezos: el pobre bicho quedó despedazado a unos cuarenta metros de la posición republicana, cuyos defensores se llevaron un susto morrocotudo.
La segunda historia en relación con los burros bomba fue publicada por el poeta Rafael Alberti (muy deformada y alterada) durante la Guerra Civil. La imprimieron las Ediciones del 5.º Regimiento de Madrid bajo el título El burro explosivo. Prescindiremos de lo que nos cuenta el poeta por no ser una fuente fiable.
Dinamita y panfletos contra el Ejército
El 8 de octubre de 1934, durante la Revolución de Asturias, en el frente de Campomanes están llegando los refuerzos gubernamentales. Se trata de la 16.ª Brigada, bajo el mando del comandante militar de León, general Carlos Bosch. Enfrente tiene a una fuerza de algo más de 2.000 comunistas y anarquistas que han proclamado la república obrera, a los que dirige Manuel Grossi Mier, «Manolé».
Los combates son muy violentos, en especial en la Vega del Ciego, entre Pola y Vega del Rey, en el municipio de Lena. Allí, el batallón ciclista de Palencia, mandado por el comandante Baldomero Rojo, ha tenido numerosas bajas.
El día 9 de octubre, las fuerzas del Gobierno ocupan la Vega del Ciego. Grossi tiene su puesto de mando en el Alto de la Cobertoria, en la sierra del Aramo, entre Santa Marina y Pola de Lena. Han montado el puesto en medio de una necrópolis megalítica que allí se levanta y la visión que tiene domina todo el valle.
Grossi decide llevar a cabo una acción de disuasión y, al tiempo, de propaganda. Consiguen agenciarse un burro —nadie sabe de dónde ni cómo— y lo cargan con unos pipotes (barriles pequeños) de vino cargados con dinamita y panfletos. La idea es que, tras encender la mecha de los barriles, el burro atravesara un prado —de entre cien y doscientos metros de ancho, no más— para explotar en las primeras casas de la Vega del Rey, que ocupaban las tropas del Gobierno de la República Española. Con la explosión no solo volarían por los aires los soldados, también los panfletos, para que las tropas pudieran informarse de la justa causa de los sublevados. Este hecho aportaba un cierto tono didáctico al sacrificio del pollino. O tal cosa creían, al menos.
Grupo de mineros con el puño en alto en 1934, a la entrada del Pozo Entrego de Nespral y Cía
Largaron al burro desde la casa principal de El Ronzón (poblado junto a la Vega del Rey) y este trotó alegre hacia las casas donde estaban los soldados de la República. Igual que el anterior, el pollino se paró de repente. Pareció meditar qué hacer y, de forma súbita, dio media vuelta y corrió hacia el lugar de procedencia. Y hubiera llegado si los mineros y revolucionarios no lo hubieran abatido a disparos de máuser. La explosión fue tremenda, sembrando todo el prado con los restos del pobre burro y las octavillas revolucionarias.
Termino el artículo con un pequeño comentario. Verán ustedes: a lo largo de mi vida he leído cantidad de textos, memorias, artículos —hasta he colaborado en entrevistas a veteranos de la Primera Guerra Mundial con la historiadora Lyn MacDonald— y he comprobado que hay un sentimiento común entre los participantes de los grandes conflictos del siglo XX.
A esos soldados, combatientes anónimos que están en medio de un conflicto que les desborda y deshumaniza, les molestaba y les dolía profundamente ver el sufrimiento de animales inocentes por culpa de la locura de los que llaman animales racionales; que se supone que somos nosotros.