Churchill (primero por la derecha) se muestra desafiante a su llegada al campo de prisioneros de Pretoria tras ser capturado por los bóers
La fuga de Winston Churchill de una prisión en Pretoria que lo lanzó a la fama mundial
En 1899, durante la Segunda Guerra de los Bóers, un corresponsal de guerra británico de 24 años había sido hecho prisionero en la ciudad sudafricana de Pretoria. Narraría su huida, digna de una película, en el periódico 'The Morning Post', ganando reconocimiento en todo el Reino Unido
El 24 de enero de 1965, Winston Churchill fallecía a los 90 años. El que fuera primer ministro del Reino Unido y firme opositor de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial dejaba multitud de escritos autobiográficos sobre su tiempo como corresponsal de guerra. Pese a que era hijo de un lord de la Cámara de los Comunes y de una socialité estadounidense, el joven Winston no quiso una vida tranquila en Inglaterra, sino que se unió al ejército británico en 1895, acreditándose como corresponsal para The Morning Post.
La Segunda Guerra Bóer (1899–1902) fue un conflicto colonial en el sur de África entre el Imperio británico y dos repúblicas fundadas por colonos de origen neerlandés (los bóeres; en neerlandés, boer significa ‘granjero’ o ‘campesino’): el Transvaal y el Estado Libre de Orange. El descubrimiento de oro y diamantes en sus territorios aumentó el interés británico y tensó la convivencia. Aunque los bóeres, agricultores y jinetes expertos, lograron importantes victorias iniciales, Gran Bretaña respondió con una guerra total: campos de concentración para civiles, destrucción de granjas y superioridad numérica. La derrota bóer consolidó el dominio británico en Sudáfrica.
Con el conflicto recién empezado, en octubre de 1899, Winston Churchill embarcó en Southampton rumbo a Sudáfrica a bordo del Dumottar Castle. Desde Ciudad del Cabo viajó a Durban y de allí a Estcourt, una pequeña localidad estratégica amenazada por el avance de las fuerzas bóeres, que corría el riesgo de quedar aislada. En ese trayecto, acompañando a una expedición militar dirigida por Aylmer Haldane, el joven Winston vivió el episodio que cambiaría su vida.
Winston Churchill en Sudáfrica
El tren blindado en el que viajaba fue atacado por los bóeres y acabó descarrilando bajo un intenso fuego enemigo. Churchill describe los agónicos setenta minutos en los que temió que un proyectil alcanzara la caldera e hiciera volar todo por los aires.
Churchill ayudó a organizar a los soldados, intentó despejar la vía y logró que parte del convoy, incluida la locomotora, cargada de heridos, pudiera continuar su marcha. Después, tomó el fusil de un soldado herido y regresó al combate, donde fue capturado por los bóeres.
Una vez prisionero, Churchill intentó por todos los medios recuperar la libertad y volver al frente. Alegó ser corresponsal, ya que en otras ocasiones los bóeres habían liberado a civiles. Sin embargo, cuando supo que se iba a hacer un intercambio de prisioneros militares, intentó que lo reclasificaran como tal.
Para los bóeres, Churchill no era un cautivo cualquiera: había demostrado iniciativa en combate, gozaba de cierta fama como corresponsal y pertenecía a la aristocracia británica, ya que su padre había sido ministro del Gobierno del Reino Unido.
Churchill decidió entonces planificar su fuga con otros dos compañeros. El plan consistía en escapar por el techo de la letrina de la prisión, saltar el muro y recorrer unos 450 kilómetros de territorio hostil hasta alcanzar la frontera del África Oriental portuguesa. La noche del 12 de diciembre de 1899, aprovechando un descuido de los centinelas, saltó la valla y se ocultó entre los arbustos. Sus compañeros, al comprobar el aumento de la vigilancia, desistieron, y Churchill siguió solo.
Sin conocer las lenguas locales y con apenas 75 libras esterlinas en el bolsillo, caminó hasta encontrar una línea ferroviaria. Se subió clandestinamente a un tren de carga y, al amanecer, saltó cerca de una zona minera. Durante días avanzó a pie, escondiéndose en bosques y evitando estaciones vigiladas, hasta que, exhausto y muerto de sed, llamó a la puerta de John Howard, un ingeniero británico que administraba una mina de carbón. Este lo ocultó y organizó su salida.
Gracias a su ayuda, Churchill logró subirse a otro tren de carga que lo llevó hasta la colonia portuguesa de Lourenço Marques (la actual Maputo, en Mozambique). Allí se presentó en el consulado británico cubierto de hollín, ante la sorpresa del personal diplomático.
Su fuga causó sensación en la prensa internacional. Libre de peligro, regresó a Sudáfrica y se reincorporó al conflicto, esta vez como oficial. Churchill narró esta experiencia en London to Ladysmith via Pretoria (1900), un libro que combina crónica bélica, memoria personal y épica de aventuras. Aquella huida no solo lo convirtió en un héroe mediático, sino que impulsó decisivamente su carrera política, permitiéndole entrar en el Parlamento al año siguiente.
Churchill tuvo una prolífica carrera literaria que comenzó narrando sus vivencias como corresponsal de guerra. Sus escritos históricos y autobiográficos le valdrían el Premio Nobel de Literatura en 1953.