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Grandes gestas españolas

La gesta de Simancas: el día en que el sol se oscureció y un reino cambió su destino

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Las Navas de Tolosa fue la mayor batalla de la historia de la Reconquista, en la que los reinos hispanos se jugaron el todo por el todo ante el poder musulmán. La victoria frenó para siempre el avance islámico en la península y libramos a Europa de un destino político y cultural diametralmente opuesto a nuestra civilización.

Pero existe otra contienda que, pese a su gran magnitud, pasa casi desapercibida. Y cuando uno se detiene en ella comprende que allí también se decidió el pulso de un mundo. Ocurrió tres siglos antes: la Batalla de Simancas, exactamente en el año 939.

Vista aérea de Simancas

El ejército más grande de al-Ándalus

León era entonces el reino cristiano más extenso y poderoso de la península. Su rey Ramiro II el Grande (931-951), no solo había estabilizado la frontera en el Duero, sino que sus exitosas correrías por territorio musulmán habían herido el prestigio y el orgullo de Abderramán III, primer califa de Córdoba.

El califa era de ascendencia mestiza, hijo de una cautiva cristiana emparentada con la reina de Navarra, y tenía tanta o más sangre hispanogoda que árabe. Las crónicas lo describen como alto, de tez clara, ojos azules y el cabello pelirrojo, aunque solía teñírselo de negro. Se le atribuyen aficiones poco ortodoxas, como el alcohol, y episodios pedófilos, entre ellos el martirio de un niño cautivo gallego que murió por no rendirse a sus deseos y que más tarde sería santificado como San Pelayo.

Abd al Rahman III se enfrentaba a una oposición dentro del gobierno, su autoridad se debilitaba y sus costumbres eran utilizadas por sus adversarios como arma política. Por estos dos motivos, año 939, decidió lanzar una campaña para arrasar el reino leonés. Jugaba con ventaja: se había proclamado califa, lo que convertía su llamamiento en una Yihad o guerra santa

La Campaña del Poder Supremo

Los cronistas musulmanes afirman que reclutó más de 100.000 hombres, cifra imposible para la Alta Edad Media europea. La historiografía moderna lo reduce a 30.000, pero aun así se trataba del mayor ejército jamás reunido en al Ándalus. Una auténtica marea humana avanzaría hacia el norte con la seguridad de quien se cree invencible. No se trataba de una simple razzia para obtener botín, la expedición fue un proyecto militar sin precedentes bautizada con un nombre tan poderoso como su ejército: Gazat al kudra, la Campaña del Poder Supremo, o la Campaña de la Omnipotencia. Su objetivo era someter al Reino de León y convertirlo en un estado satélite o vasallo que reafirmaría el poder de Abderramán, silenciaría a sus enemigos y demostraría que el califato era una fuerza irresistible.

Movilizó sus fuerzas con rapidez, con tropas de todos los rincones de al Ándalus: el ejército profesional, yunds árabes, huestes de linajes fronterizos, voluntarios de Córdoba y de las provincias, e incluso mercenarios del Magreb.

Tan convencido estaba de su victoria que ordenó a los almuédanos de Córdoba cantar la victoria por adelantado. Un gesto de soberbia, sí, pero también de absoluta confianza en su destino. El califa marcharía en persona al frente de sus tropas.

Ramiro II: el rey que no podía ganar

Muy poco antes de que la campaña comenzara, ocurrieron en tierras cristianas ciertos sucesos inquietantes como peñascos calcinados dentro del mar; incendios repentinos en zonas de Zamora, Carrión, Castrogeriz y Burgos que abrasaron hombres y bestias… Los cristianos los interpretaron como un aviso: algo extraordinario estaba a punto de suceder. Lo que no sabían es que espías ya habían confirmado que el ataque musulmán era inminente y que se dirigían a Simancas.

Ramiro II

A finales de junio, el ingente ejército partía de Córdoba. Tardaron quince días en llegar a Toledo. Era Ramadán, el calor resultaba insoportable y la columna semejaba una serpiente humana interminable que avanzaba. Eran 20 Kilómetros de imponente comitiva militar de soldados y pertrechos Nada detenía al califa, que arrasaba cuanto encontraba a su paso.

Aún siendo el más extenso y poderoso de la Hispania cristiana, frente al colosal poder del califato omeya, el Reino de León era pequeño. Pero su rey, Ramiro II, no era un monarca cortesano, sino un hombre de hierro, cincelado para la guerra. Ninguna fuente precisa el número de las tropas con las que combatió, pero todo indica que su contingente era modesto, casi simbólico, formado por los suyos y las huestes de Fernán González, Asur Fernández y la reina Toda de Navarra.

El choque de Simancas: cuando el cielo se oscureció

Era 19 de julio del 939, pleno sol y pleno verano, cuando algo extraño sucedió: el día se oscureció y se cubrió de sombras. Miles de hombres, cristianos y musulmanes detuvieron el paso, alzando la vista hacia un cielo que se oscurecía en pleno día. Llegó el desconcierto y la superstición. ¿A quién favorecía aquel augurio?

Los musulmanes, sensibles a los signos celestes, lo recibieron con inquietud. Los cristianos vieron la señal de que Dios inclinaba la balanza a su favor, que como veremos no sólo les mandaría aquel eclipse. Ramiro II, profundamente religioso, supo aprovechar el impacto psicológico y elevó la moral leonesa. Pero ambos ejércitos siguieron avanzando. La batalla no se detendría.

Batalla de Simancas

Ramiro II, concentró sus fuerzas en la plaza fortificada de Simancas que formaba parte, junto a Zamora, Toro y Dueñas, de la línea defensiva del Duero. La fortaleza se elevaba sobre un cerro que se llenó de pendones, y allí apostó la caballería pesada, orgullo de la aristocracia cristiana.

La expedición cordobesa cruzaba la sierra de Guadarrama y llegaba a Tordesillas. Vadeaban el río Pisuerga a unos cinco kilómetros de Simancas y clavaron sus tiendas. Alea jacta est.

La batalla encarnizada y la traición

El 6 de agosto, la lucha comenzó con una ferocidad que pocas veces se había visto. En los dos días siguientes el ejército cristiano aumentó sus efectivos con refuerzos de Pamplona, Álava, Castilla y Coímbra. Ramiro II había dispuesto sus fuerzas con inteligencia: situó a la infantería pesada en posiciones elevadas, protegió los flancos con contingentes gallegos y castellanos, y reservó a su caballería para golpear en el momento decisivo.

Los musulmanes, superiores en número, lanzaban repetidos ataques frontales. Pero el terreno, quebrado y favorable a la defensa, anuló parte de su ventaja. La batalla se convirtió en un desgaste brutal.

San Millán en Simancas

Las tropas califales lograron abrir brechas, pero fueron rechazadas por contraataques coordinados. Abd al Rahman III, que dirigía la campaña en persona, vio cómo su ejército, acostumbrado a victorias rápidas, comenzaba a perder cohesión.

Y entonces, llegó el milagro: Santiago se apareció, algo que ya había sucedido en otras lides, pero esta vez venía acompañado de un ermitaño a caballo ¡San Millán! En este caso, lo importante no es si estuvieron o no, sino que los cristianos así lo creyeron y actuaron en consecuencia.

Y así llegó el golpe maestro de Ramiro II. Dicen las crónicas que «se dieron valor unos a otros» y acometieron un contraataque feroz. «Con la ayuda de Dios se lanzaron contra los moros, matando con la espada a casi tres mil o más de ellos». La caballería árabe fue arrinconada contra un foso «donde fueron cayendo los hombres hasta cubrirlo de borde a borde».

Abd al-Rahman III tuvo que levantar el campamento, o desconcertado por la eficacia cristiana, o porque carecía ya de alimentos para abastecer a su inmenso ejército. Ordenó una digna retirada por Castilla con la intención de causar destrucción, capturar provisiones y botín.

El Apóstol Santiago a caballo, de Francisco Camilo

Pero Ramiro persiguió a las fuerzas musulmanas durante días, y el 21 de agosto lograron emboscarlas en unos barrancos llamados la Alhándega adonde llegaron dirigidos por unos «cándidos» pastores.

La sorpresa no quedó ahí. Igual que Rodrigo fue abandonado en Guadalete por los hijos de Witiza, Abd al-Rahman sufrió la traición y la defección de sus más altos oficiales. Rompieron filas e iniciaron la desbandada, precipitando la derrota musulmana. Abandonaron a los soldados voluntarios, que fueron masacrados sin piedad, y al propio califa, que se quedó solo con su guardia personal de cuarenta y nueve hombres. Pudo salvarse a duras penas y Ramiro II se ganó el apodo de El Diablo.

¿Y por qué pasó? La traición había sido provocada por la indignación de la nobleza árabe ante la presencia en el ejército regular de indignos beréberes y muladíes y que se otorgara el mando a Nadjda, un eslavo, y juraron que por ello, el califa debía ser castigado.

Las funestas consecuencias

Cuando las diezmadas tropas regresaron a Córdoba, se erigió una plataforma con diez cruces frente al Bab al Sudda del alcázar omeya, puerta símbolo del Infierno. Los generales y oficiales musulmanes acusados de traición fueron capturados, se les cortó la lengua. y acabaron crucificados. El mensaje era claro: Quien desobedecía al califa, el castigo del infierno lo esperaba.

El resultado había sido devastador: varios miles de musulmanes muertos o prisioneros, y enormes pérdidas materiales en oro, plata, vestidos y pertrechos. El mismo Abd al Rahman III, cuando huyó de su tienda, dejó atrás dos piezas de leyenda: la cota de malla de hilo de oro, símbolo de su rango y poder y la segunda, aún más valiosa, su Corán personal: una pieza de lujo incalculable a la que se atribuía un poder mágico. Escrito por la propia mano del califa Utmán, estaba manchado con gotas de su sangre. Procedente de Damasco, había llegado a Córdoba y venerado durante siglos permaneciendo allí cuatrocientos años… hasta que se perdió en esta batalla de Simancas en 939.

Ramiro II, consciente del significado de aquel botín, no lo destruyó, pero arrancó sus páginas y las distribuyó entre sus nobles y soldados más destacados a los que convirtió en hombres ricos. Durante años, el recuperarlo se convertiría en una obsesión del califa y lo contaremos en una próxima entrega.

Tras la victoria, León vivió un tiempo de euforia. Parecía que el destino sonreía al reino, que la Reconquista avanzaba con paso firme, que Simancas había marcado un antes y un después. Y así fue… durante un tiempo.

Porque la historia, tenía reservado otro nombre que volvería a desbaratar el equilibrio peninsular: ¿Su nombre? El Azote de Dios. Almanzor, que irrumpiría en escena en el año 977 para volver a inclinar la balanza.

Hoy los investigadores, ajenos a intervenciones sobrenaturales, intentan explicar la sorprendente derrota. Que si se debió a que las fuerzas musulmanas entraron en Simancas demasiado seguras, que no tuvieron tiempo para estudiar el terreno ni conocer el dispositivo enemigo, o que no dieron descanso a unas tropas agotadas tras el largo recorrido desde Córdoba. A ello habría que sumar la traición en la huida.

La frontera, un territorio de posiblidades

Fuera por lo que fuera, la victoria de Simancas no fue solo un triunfo militar, fue un giro inesperado en la historia peninsular, un avance en la extensión del reino leonés que rebasó la mítica línea del Duero. Desde aquel día, la frontera dejó de ser únicamente un espacio de miedo para convertirse en un territorio de posibilidades. Las fortalezas se alzaron con mayor firmeza, Salamanca, emergió como centro de una acción repobladora aproximándose a la línea del Tajo y San Millán se ganó el ser copatrón de España junto a Santiago, hasta que fue desposeído de esta condición por el Concilio Vaticano II.

Abd al Rahman III se retiró a Medina Azahara y se vio obligado a replantear su política militar. Aunque el califato seguiría siendo una potencia formidable, nunca volvería a intentar una campaña tan ambiciosa contra el norte cristiano.

Sin duda Simancas fue una de las más importantes victorias de la historia medieval. Aquel rey que no podía ganar, ganó y el reino que parecía condenado a retroceder, avanzó. El leonés Ramiro II había logrado lo impensable: derrotar al ejército más poderoso de al Ándalus y el convencimiento de que la Hispania Cristiana generación tras generación, podría recuperarse paso a paso, y batalla a batalla.