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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Calderón de la Barca, soldado de los Tercios: la vida militar del gran dramaturgo español

La figura de Calderón de la Barca suele asociarse al teatro del Siglo de Oro, pero su vida estuvo marcada también por la guerra, los Tercios y una idea del honor que lo acompañó hasta el final de sus días

Pedro Calderón de la Barca

Pedro Calderón de la Barca

En el año 2005 formé parte de una expedición a lo que un día fue el Sáhara español. Llegamos a un lugar llamado Tifariti, controlado por el Frente Polisario, donde, además de unos impresionantes yacimientos prehistóricos, con maravillosas pinturas que dan fe de que hace unos quince mil años atrás lo que hoy es un desierto fue un vergel cruzado por ríos, salpicado de lagos y habitado por una fauna hoy impensable pensar que pudo vivir allí, dimos también con un viejo fuerte español despanzurrado, al igual que algunos blindados a su alrededor, objeto de una particular saña de las tropas marroquíes y de una defensa enconada del enclave por parte de los saharauis. En el lugar se encuentra el puesto de mando militar de la RASD de aquella zona de frente.

Nos recibió su comandante, que hablaba, como lo hacen la mayoría de ellos, un claro español, quien nos mostró la línea del muro marroquí, a cuyos soldados pudimos atisbar moviéndose sobre las fortificaciones.

Tuvo la deferencia de invitarnos a cenar y nos recibió en su humilde sala de banderas, presidida por la de su República. Me quedé perplejo al ver reproducidas en la pared algunas estrofas del famoso poema que Calderón de la Barca dedicó al soldado de los Tercios, de los que él mismo formó parte en su juventud.

Al concluir la cena y saboreando varias tazas de té en ese especial rito que las gentes del desierto celebran al ofrecértelo y degustarlo contigo. «El primero es amargo como la vida, el segundo es dulce como el amor y el tercero es suave como la muerte», me atreví a preguntarle al militar por la razón de aquel poema en su puesto de mando. Y su contestación me dejó tan emocionado como mudo, allí, en medio de la noche del inmenso Sáhara: «¿Y cuál va a tener quien un día fue cadete en la Academia de Infantería de Zaragoza?».

Sobre los Tercios

Este ejército que ves
vago al hielo y al calor,
la república mejor
y más política es
del mundo, en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda,
sino por la que adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y sin mirar cómo nace
se mira cómo procede.

Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lúcido;
porque aquí, a lo que sospecho,
no adorna el vestido el pecho,
que el pecho adorna al vestido.

Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos.

Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.

Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

He recordado muchas veces aquel momento y hoy, al escribir sobre el gran dramaturgo, he querido rendirle así homenaje, tanto a él como a aquel comandante del II Frente Polisario que me ofreció su hospitalidad en Tifariti.

No se ajusta demasiado la imagen que tenemos de Calderón de la Barca con la de un soldado de los Tercios. Y, sin embargo, en esos afanes y compañías estuvo y su impronta le duró de por vida. Ya dejada la capa militar por la sotana, no dejó por ello de tener a mano la espada y protagonizar algún asalto sonado, aunque este fuera a un convento y en Madrid.

Sargento del Tercio de Martín Idiaquez. Obra de José Ferre Clauzel

Sargento del Tercio de Martín Idiaquez. Obra de José Ferre Clauzel

Su familia era hidalga, de origen cántabro, cercana a Santillana del Mar, que luego se estableció en Toledo, donde su abuelo, del que heredó el nombre de Pedro, se casó con la hija de un rico espadero y con ella se estableció después en la corte de Madrid, donde alcanzó alto rango en su oficio de escribano en la Contaduría de Hacienda. El cargo lo heredó el padre del dramaturgo, Diego, y siguió ascendiendo en condición y dineros merced a un primer matrimonio con una hija del regidor de la capital. Con ella tuvo larga prole, pero al morir, el viudo se casó de nuevo, lo que a los hijos habidos del primero les supondría después un calvario de pleitos por la herencia con la madrastra, que les amargó largos años la vida a todos, incluido el autor, cuando su padre murió tan solo un año después de haberse casado con ella.

La camaradería con sus hermanos —él fue el segundo varón (1600)—, tanto los legítimos como con un bastardo a quien la viuda expulsó del hogar, y el apoyo a la jovencísima hermana, en buena parte forzada a tomar los hábitos, será siempre una constante en su vida y en su teatro, donde esa peripecia vital se reflejó de continuo en sus obras.

Fue un niño superdotado, ávido lector, alumno aventajado en el Colegio Imperial de los Jesuitas y luego en las Universidades de Alcalá y Salamanca. Formación no le faltó y la aprovechó bien.

Los sobresaltos venían siempre por parte de la madrastra, que los tenía acogotados, y por alguna pendencia mayor en la que se vieron implicados, con resultado de muerte para un contrario, y que obligó al trío a refugiarse en la embajada de Viena para, desde allí, lograr un acuerdo que los salvó de la cárcel, pero los arruinó aún más.

El gusto por las letras lo tuvo siempre y, a los 22 años, obtuvo su primer galardón, siendo tercero en un concurso lírico convocado con motivo de santa Teresa de Jesús, san Isidro Labrador, san Ignacio de Loyola y san Felipe Neri, cuatro santos a la vez y de mucho relumbrón. El ganador fue, ¿cómo no?, Lope de Vega, que andaba ya por los 60 años de edad.

Empezaba ahí una carrera que sería muy larga y extensa, pero que se entreveró con la de militar, pues a poco vamos a encontrarlo ya alistado en los Tercios y siendo testigo nada menos que de la rendición de Breda y estando bajo el mando supremo del gran Ambrosio de Spinola (1625). Su vida militar había comenzado en Italia, en Milán, para pasar luego a Flandes y «en cuyo noble ejercicio supo hermanar con excelencia las armas y las letras», según su biógrafo y amigo Juan de Vera, y a cuyo oficio cantó por siempre y hasta el final de sus días con entusiasmo y devoción.

De hecho, de su pluma salió precisamente su obra El sitio de Breda, de la que se dice que inspiró a Velázquez su famosísimo cuadro de Las lanzas, inspirado en la última escena, donde se trata con elegancia y respeto a los vencidos.

Rendición de Breda, cuadro de Velazquez que represenra la toma de la ciudad holandesa por el ejército español en 1625, durante la Guerra de los 80 Años

Rendición de Breda, cuadro de Velazquez que represenra la toma de la ciudad holandesa por el ejército español en 1625, durante la Guerra de los 80 AñosOtero Herranz, Alberto

Vuelto a Madrid, se dedicó de pleno al teatro, plantando cara a un cada vez más envejecido, pero siempre triunfante, Lope de Vega, que, sin embargo, no dejaba de sentir el influjo creciente de los jóvenes, encabezados por Pedro, que contraponía la hondura trágica de sus obras a la ligereza de las del Fénix. Fueron cerca de tres lustros en los que escribió cerca de sesenta obras, a razón de una al trimestre, pero en los que no faltaron todo tipo de lances amorosos, altercados, duelos, mala vida y trasiego por mancebías, que fueron, eso también, y quizás debido a la creciente consideración del público hacia su obra y persona, sosegándose y él adoptando una compostura algo mayor en sus comportamientos, pero lejos aún de cómo nos lo imaginamos ahora, casi un paradigma de seriedad y contención.

El más llamativo de sus incidentes fue el famoso asalto al convento de las Trinitarias, donde profesaba la única hija que aún vivía de Lope, Marcela, como venganza por la prédica del entonces famoso fray Hortensio en su sermón ante el Rey, donde había puesto a caer de un burro a las «gentes del teatro», acusándolas de desórdenes, abusos y todo tipo de vicios y maldades. Calderón contestó con versos hirientes, pero fue a más y urdió el asalto al convento, donde cometieron todo tipo de tropelías, la más mentada, el levantamiento de los velos a las monjas, que causó la general, pero no exenta de jocosidad, indignación entre las gentes de bien.

El clérigo le señaló directamente, exigiendo castigo ejemplar, pero la cosa no fue a mucho más, excepto la supresión del fragmento de la comedia donde el autor le había aludido con mofa. Los reyes Felipe e Isabel eran grandes aficionados al teatro y les gustaba el de Calderón.

Es más, no mucho tiempo después y al cabo de largo proceso, y para todavía mayor disgusto de fray Hortensio, al ya muy prestigiado autor le fue concedido el hábito de la Orden de Santiago (1637), que eran palabras mayores. Calderón había alcanzado además la condición y cercanía como «caballerizo mayor» con el duque de Frías, poseedor de una de las mejores bibliotecas. Para entonces Calderón ya había dado a luz a una de sus más grandes y celebradas composiciones, La vida es sueño, así como algunas importantes comedias como Casa con dos puertas, mala es de guarda o La dama duende.

Por entonces fue cuando, y con la colaboración de su hermano José, prestigioso oficial de los Tercios y con afición por la edición, se recopilaron y editaron buena parte de sus obras para así intentar frenar la piratería intelectual, que, como se ve, no es solo cosa de hoy.

La situación militar del Imperio comenzó a estar difícil. Por tierra las victorias eran contundentes, en particular la de Nördlingen, pero en el mar las derrotas fueron importantes (Las Dunas, donde murió el hermano de Cervantes, Rodrigo) y se produjeron numerosos levantamientos, incluido el de Cataluña en la propia España, que urgieron a la movilización. Calderón, a pesar de tener 40 años, no se hurtó, como muchos hicieron, de lo que consideró su deber, aunque bien hubiera podido dada su notoriedad y situación.

Se presentó voluntario y se incorporó al regimiento de las Órdenes Militares. Participó, «cumpliendo con las obligaciones de su sangre» y con valor y arrojo certificado por sus generales, durante dos años en los sitios y combates de Tarragona y Lérida, para luego incorporarse a la caballería pesada coracera, hasta su licenciamiento.

Herido en una mano, Calderón fue siempre un admirador de Cervantes y pareció emularle hasta en esto: retornó a Madrid a finales del año 1641. Pero retornó después para poder, al cabo, participar en su última acción de guerra, la temeraria carga de 300 jinetes contra la artillería francesa, logrando arrebatarle sus cañones.

Vinieron después años sombríos en España y para Calderón: murió la reina Isabel y, a nada, el heredero Carlos; se suspendieron las representaciones teatrales en señal de duelo y a él se le murieron también sus hermanos y camaradas: José, ya maestre de campo, que pereció en combate defendiendo el puente de Camarasa sobre el Segre, y dos años después, Diego, el mayor.

Retrato de Don Pedro Calderón de la Barca. Obra de Juan de Alfaro

Retrato de Don Pedro Calderón de la Barca. Obra de Juan de Alfaro

Calderón, triste y sin apenas recursos, tuvo la fortuna de la protección del sexto duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, quien lo acogió y hospedó en su palacio de Alba de Tormes, trabajando como secretario para el noble. Allí vivió hasta el año 1649, cuando retornó a Madrid, encontrando esta vez en la capital el que sería su amor ya otoñal, que definió como «sabio, solo, solícito y secreto», y del que nacería Pedro José, que no llegó a la mocedad, pero a quien Calderón, aun ya habiendo profesado como sacerdote, atendió y cuidó hasta su fallecimiento.

La decisión del dramaturgo no fue algo repentino, sino que llevaba largo tiempo meditando dar el paso y, cuando lo hizo al fin, optando además a una capellanía que había quedado en suspendida herencia de su padre, lo hizo con gran convicción. Aunque no fue fácil. Se le negó de inicio el hábito, por sus antecedentes y actividades teatrales, pero lo siguió intentando y con un valedor de mucho peso, nada menor que el pintor Diego Velázquez. Lo consiguió, profesando en el año 1651 y obteniendo el cargo de capellán también en el año 1653.

Las cosas habían mejorado además para el Imperio español en los campos de batalla, con algunos sonoros triunfos, pero también con alguna dolorosa pérdida. Se concluyó en la Paz de Westfalia, que consolidó el papel inglés en detrimento del español, pero que aún mantenía su condición de potencia de primer orden. En el camino se habían perdido muchos hombres, muchos navíos, territorios varios y Portugal.

La falta de heredero tenía en zozobra a la corte; a la postre vino a nacer, muy endeble, Carlos II. Calderón viviría como sacerdote treinta años más, pero nunca abandonó su condición de autor y cada año estrenaba obras. Al poco de su inicio sacerdotal había estrenado El alcalde de Zalamea y se encargaba de organizar grandes y, en ocasiones, fastuosas representaciones en el Palacio del Buen Retiro, llegando a utilizar en alguna ocasión como fondo el propio lago.

Fue en estos años de su vida referente máximo de la escena española y gozó del respeto y admiración de sus contemporáneos. Lejos había quedado su juventud y sus pendencias, pero sus tiempos de soldado los tuvo siempre presentes. Llevó dentro de lo que cabía en una corte ciertamente convulsa una vida tranquila, pues, aun siendo parte de ella, buscó tener una cierta distancia a las mil intrigas y sobresaltos del final de la dinastía de los Austrias.

Representación del auto de Calderón de la Barca La Divina Filotea, ante la casa consistorial de Madrid en 1681, obra de Joaquín Muñoz Morillejo (1918)

Representación del auto de Calderón de la Barca La Divina Filotea, ante la casa consistorial de Madrid en 1681, obra de Joaquín Muñoz Morillejo (1918)

Treinta años después de su ordenación sacerdotal, a los 81 años, un domingo 25 de mayo, a las 12 del día, sintió una gran «congoja» y media hora después falleció. El propio Calderón había previsto y organizado, como si fuera su última representación, su traslado y entierro a la parroquia de San Salvador, donde hubo carrozas, estandartes, paso y todo tipo de aderezos teatrales. Un auto que fue, sin duda, un gran triunfo póstumo del autor y que mereció las mayores muestras de consideración y afecto por parte del pueblo de Madrid.

Sus restos reposaron allí durante ciento sesenta años. Luego fueron siendo trasladados con mucho respeto a varios otros lugares hasta quedar en la iglesia de San Pedro, por el barrio de San Bernardo, donde en los vandálicos y destructivos desmanes del año 1936 fueron profanados y no se supo ya más de ellos. Su obra queda y sigue representándose incluso hoy. Y ese es el mejor homenaje que un autor puede tener.

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