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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

El soldado que fue poeta: la vida de armas de Lope entre galeones y derrotas

Antes de consagrarse como el gran dramaturgo del Siglo de Oro, Lope de Vega vivió bajo pabellones de guerra. Combatió en Terceira, sobrevivió a la Armada Invencible y rindió con sus versos el mejor homenaje a Álvaro de Bazán

Retrato de Lope de Vega

Retrato de Lope de VegaMuseo Lázaro Galdiano

Quién fue Lope de Vega y en qué consiguió fama imperecedera es bien sabido. Que fue soldado, muy pocos. Pero, como bastantes escritores españoles de enorme talla –principiando por Cervantes–, también tuvo durante un tiempo, y por dos veces, el oficio de las armas.

Lo llevó a él, todo hay que decirlo, su mala cabeza, sus desparrames amorosos –de eso no se quitó nunca–, y el que ambas cosas concluyeran en que no consiguió el título de bachiller y perdiera el apoyo de sus protectores, desalentados por su vida disoluta y el desperdicio de su talento. Así que, tras algún efímero empleo como secretario de un aristócrata, decidió probar suerte en la milicia y se alistó en la Marina.

Felipe II estaba entonces en guerra por el trono de Portugal, que entendía le correspondía por derecho tras la muerte en Alcazarquivir de su sobrino, el rey don Sebastián, y la del tío abuelo de este, Enrique I, también sin descendencia, con los partidarios del otro pretendiente, el prior de Crato, al que apoyaban franceses e ingleses. La batalla decisiva y ya determinante –pues por tierra poco podían hacer contra los tercios españoles– tuvo lugar en el mar, en las aguas cercanas a la isla llamada Terceira, en las Azores, enclave de mucha importancia por estar en la ruta de las Indias.

Los coaligados contra el Austria intentaron apoderarse del archipiélago y, alentados por la reina madre francesa, la florentina Catalina de Médicis, enviaron una potente escuadra de 64 naves al mando del almirante Strozzi. Su desdicha fue tener enfrente a Álvaro de Bazán, quien, con solo 25 naves, los derrotó por completo, demostrando su enorme talento militar y la superioridad de los galeones españoles en la que se considera la primera batalla naval de la historia librada en mar abierto.

Álvaro de Bazán

Álvaro de Bazán

Lope de Vega tuvo en ella su bautismo como soldado, y a ella le debió la que sería luego una firme amistad con el marqués de Santa Cruz. Iba a durar muchos años, hasta la muerte del invicto marino, cuando estaba ya enfrascado en los preparativos para poner rumbo a Inglaterra con la Gran Armada, en la que sí estuvo embarcado Lope de Vega, después de varias vicisitudes en la vida civil, a la que había retornado. Había logrado ya cierta fama como autor, pero otro lío amoroso, una cárcel y un autoexilio –tuvo que salir por patas– lo hicieron alistarse de nuevo como soldado para salir del atolladero y meterse en este otro, que pudo costarle aún más caro.

Lope participó en el desdichado intento de invasión que –no se sabe quién, pero seguro que enemigo– bautizó como Armada Invencible, y de la que logró volver vivo. Su barco, el San Juan, fue de los que retornaron a los puertos españoles. Bastantes más de lo que se cree, pues las bajas se exageraron enormemente por parte inglesa. Tras retornar con vida, dejó ya de por vida el peligroso oficio. Incluso acabaría por profesar como sacerdote, aunque siguió siendo en todo Lope, y además de otras, gustaba de la compañía de las gentes de armas. Su amigo, el capitán Alonso de Contreras, siempre tenía en su casa una habitación donde hospedarse. Pueden ir a comprobarlo a su restaurada casa madrileña si suben a la planta más alta y abuhardillada.

A su admirado protector, Álvaro de Bazán, le rindió el mejor de los homenajes, y que solo él podía hacer: esos versos que han pasado a la posteridad, grabados en la parte posterior del pedestal de su estatua –obra de Benlliure– en la Plaza de la Villa de Madrid, y que resumen, como nadie supo hacer jamás, las hazañas de quien se considera uno de los mejores –si no el mejor– de los marinos de la historia de España, que tan grandes los ha tenido.

Versos grabados en la estatua

El fiero turco en Lepanto
en la tercera el francés
en todo el mar el inglés
tuvieron de verme espanto.

Rey servido y patria honrada
dirán mejor quién he sido
por la cruz de mi apellido
y con la cruz de mi espada.
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