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Cartel de Stalin en Unter den Linden en Berlín en 1945

Cartel de Stalin en Unter den Linden en Berlín en 1945

La falsa apertura de Stalin tras la Segunda Guerra Mundial que acabó en nuevas purgas

Entre 1943 y 1947, se sucedieron una serie de cambios en la URSS tendentes a facilitar una apertura política, cultural y religiosa, abriendo muchos esperanzas que finalmente fueron aplastadas

Al invadir los ejércitos alemanes la Unión Soviética en el verano de 1941, se produjo el derrumbamiento de sus fuerzas armadas, de tal manera que los invasores lograron llegar, en unos meses, a las puertas de Moscú, Leningrado y otras ciudades importantes de la Rusia central.

Para lograr elevar la moral de la población, unir a los ciudadanos en el esfuerzo de resistir a toda costa, fue necesario realizar una serie de gestos de cara al interior y al exterior. Algunos optimistas observadores los calificaron de «importantes reformas» que habrían de cerrar un capítulo de la historia soviética y abrir otro, desmantelando lentamente el Estado totalitario.

De esta manera, en 1943, Stalin normalizó las relaciones entre el Estado comunista y la Iglesia Ortodoxa rusa que, como resultado de décadas de represión, había menguado extraordinariamente. El Patriarcado de Moscú fue restaurado y la Iglesia recibió permiso para volver a organizar sus propios seminarios, ser sujeto de administración de bienes, celebrar sus fiestas religiosas…, siempre que no criticara al régimen.

Stalin quiso utilizar los sentimientos religiosos del pueblo con el fin de reforzar el patriotismo y la resistencia frente al invasor alemán. Y, lo más importante, quiso demostrar a los escépticos gobiernos occidentales su tolerancia religiosa con el fin de mejorar el desarrollo de sus relaciones internacionales, pues la Alemania de Hitler, con su política belicista, había colocado en el mismo bando a Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética. Y para ganar la guerra, había que tener cierta convergencia con los occidentales.

Ese mismo año fue disuelta la Internacional Comunista, es decir, la organización comunista mundial que había defendido la exportación de la revolución y de sus ideales por todo el mundo. ¿Por qué lo hicieron las autoridades soviéticas? Porque las circunstancias bélicas se impusieron y resultaba necesario hacer ese gesto para mejorar sus relaciones con el resto de los Aliados, recelosos de los intentos de la Unión Soviética por provocar revoluciones en sus retaguardias civiles.

'Líderes del estalinismo'. Obra de Igor Obrosov

'Líderes del estalinismo'. Obra de Igor Obrosov

Incluso en 1946 se transformó el nombre de las fuerzas armadas, pues dejaron de llamarse «Ejército Rojo» para pasar a ser «Ejército soviético», mientras los comisarios políticos —controladores de la pureza revolucionaria de los combatientes— fueron disueltos durante la guerra. Los comisarios que formaban el Gobierno central pasaron a llamarse «ministros».

Paralelamente, se difundió la imagen de una relativa suavización de la rígida censura estalinista en los campos de la literatura y el arte. Y así, las esperanzas de mejora se transparentaron en algunas obras nuevas, como en la obra de teatro Así será, de Constantin Simónov, que la dedicó a las futuras transformaciones del país.

Entre 1946 y 1947, el Sóviet Supremo de la URSS —la cámara alta legislativa— aprobó leyes que otorgaron generosamente la ciudadanía soviética a antiguos ciudadanos del Imperio ruso que se habían exiliado tras la guerra civil y la revolución, algunos de los cuales —incautos creyentes en la propaganda— decidieron volver. Así, retornó el actor Alexander Vertinski, muy popular entre los rusos exiliados en Francia y Estados Unidos, así como L. Lubímov, aristócrata y crítico de arte, entre otros. Además, se decretó la puesta en libertad de un reducido número de presos políticos, lo cual fue considerado el primer paso de una política de conciliación.

Este proceso de apertura, que algunos optimistas llamaron «liberalización política e ideológica», tuvo su final abrupto. No solo no se desarrolló, sino que, por el contrario, se cerró, desencadenando una fuerte represión en manos de agentes del Estado comunista, tanto contra sospechosos por su escaso espíritu revolucionario como contra personas leales al régimen estalinista. Y así, volvieron las purgas y los juicios amañados, como en los años anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

El proceso de Leningrado (1949-1950) provocó el encarcelamiento y fusilamiento de varias personas. Se acusó a funcionarios de traición, comportamiento contra el partido y de organizar una feria comercial no autorizada, imputándoles deslealtad a Moscú. Más de 200 funcionarios de alto rango fueron condenados a penas de prisión de entre 10 y 25 años, mientras muchas familias fueron exiliadas a Siberia.

Por aquellos años de posguerra mundial, comenzó también una nueva persecución contra escritores como Anna Ajmátova, Mijaíl Zóschenko, Yuri German…, que alcanzó también a científicos especializados en biología, genética, filosofía, lingüística, etc. La represión alcanzó igualmente a los exiliados que habían vuelto, la mayor parte de los cuales fueron engañados, siendo enviados a campos de trabajo, prisiones o, de nuevo, al destierro. No resulta sorprendente que, hasta la caída de la Unión Soviética en 1991, no volviera a retornar ningún emigrado.

Como guinda del pastel, se restauró la Internacional Comunista. En 1947 fue creado el llamado Cominform, sucesor y continuador directo de la línea de actuación de su siniestro organismo predecesor. Todo ello evidenció que Stalin y sus apoyos se negaron finalmente a desmantelar el Estado totalitario comunista, provocando la caída del prestigio que la Unión Soviética había ganado entre miles de incautos, a nivel mundial, tras la victoria sobre la Alemania nazi, aunque no de todos.

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