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Catedral de León

Catedral de León

El misterioso boicot nocturno que sufrió la construcción de la catedral de León en el siglo XIII

Cuenta la tradición que, durante las fases críticas de la construcción del templo, en el siglo XIII, las obras sufrían un boicot inexplicable. Lo que los canteros levantaban con esfuerzo durante el día aparecía destruido al amanecer

Durante siglos, los leoneses culparon a una bestia maligna de los derrumbes del templo. La ciencia moderna y la arqueología han revelado qué cuelga realmente sobre la Puerta de San Juan.

Quien se acerque a la majestuosa catedral de León, la Pulchra Leonina, cumbre del gótico español y relicario de luz gracias a sus vidrieras, encontrará en su interior un objeto que desafía la lógica sacra. Sobre la Puerta de San Juan, en el interior del templo, cuelga un extraño resto oscuro, de aspecto coriáceo y dimensiones considerables, que la tradición local ha bautizado desde tiempos inmemoriales como «el pellejo del topo».

El "pellejo del topo" que cuelga en la catedral de León

El «pellejo del topo» que cuelga en la catedral de León

La leyenda del enemigo nocturno

Cuenta la tradición que, durante las fases críticas de la construcción del templo, en el siglo XIII, las obras sufrían un boicot inexplicable. Lo que los canteros levantaban con esfuerzo durante el día aparecía destruido al amanecer. Los cimientos cedían, los muros se agrietaban y el avance era imposible. Ante el temor de que fuera obra del Maligno para impedir que León tuviera su sede episcopal, los ciudadanos organizaron guardias nocturnas.

Fue así como descubrieron al culpable: un topo gigantesco, una bestia de fuerza descomunal que, amparada en la oscuridad, socavaba las galerías subterráneas y destrozaba los pilares. Algunos valientes leoneses dieron caza al animal, lo mataron y, como advertencia y trofeo, colgaron su piel en la puerta de la catedral. Allí ha permanecido, como testigo mudo de la victoria de la fe sobre la bestia.

Cimientos romanos y piedra débil

Sin embargo, el rigor histórico nos obliga a mirar debajo del suelo y no al animal. La leyenda del topo no fue más que una metáfora poética para explicar un problema estructural gravísimo. La catedral de León se asienta sobre un terreno inestable, concretamente sobre las ruinas de las termas y el hipocausto (sistema de calefacción subterránea) del campamento de la Legio VII Gemina.

Los maestros de obra medievales cimentaron los pilares góticos sobre bóvedas romanas huecas y no sobre roca firme. Esto, sumado a la mala calidad de la piedra utilizada en los primeros momentos —caliza de Boñar, muy bella pero frágil ante la intemperie—, provocó que el edificio sufriera movimientos y grietas constantes desde sus inicios. El «topo» no era un animal, sino el propio subsuelo de León, que se tragaba el edificio. De hecho, la catedral estuvo a punto de colapsar totalmente en el siglo XIX, salvándose gracias a la intervención in extremis de arquitectos como Juan de Madrazo.

El veredicto de la ciencia: ni topo ni monstruo

Pero, si el topo era una metáfora, ¿qué es el objeto que cuelga sobre la puerta? Durante siglos se especuló con todo tipo de teorías. No fue hasta la década de los noventa del siglo pasado cuando el Cabildo permitió un análisis científico exhaustivo de la pieza. El dictamen biológico fue contundente: no es un topo ni un animal mitológico. Se trata del caparazón de una tortuga laúd (Dermochelys coriacea), la tortuga marina más grande del mundo. La pieza tiene una antigüedad estimada que la sitúa entre los siglos XV y XVI.

Descartada la bestia subterránea, surge la historia fascinante del coleccionismo y la ofrenda. Es muy probable que el caparazón fuera un regalo de algún noble o personaje influyente, quizá un indiano retornado o un viajero, que lo entregó a la catedral como exvoto o curiosidad. No es un caso único en España. En la época de los grandes descubrimientos y la expansión imperial, era común que las catedrales —que actuaban como museos de facto para el pueblo— exhibieran objetos exóticos traídos de ultramar u hallazgos naturales extraordinarios. Un ejemplo similar es el famoso cocodrilo de la catedral de Sevilla, regalo de un sultán egipcio a Alfonso X el Sabio.

Hoy, desvelado el misterio, el «topo» de León no ha perdido su valor. Ya no representa el miedo a un monstruo destructor, sino la memoria de un pueblo que luchó durante siglos para mantener en pie su templo contra la gravedad y la geología. La tortuga laúd sigue vigilando la puerta, recordándonos que, a veces, las leyendas son la forma más hermosa que tiene la historia de proteger sus verdades más incómodas.

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